LA PAGODA ESCARLATA

 

LA PAGODA ESCARLATA

 

Los culitos de las modelos desfilaban por la estridente pasarela iluminando los ojos del público asistente. Todos los bikinis eran un canto a la Divinidad de los cuerpos femeninos, que ahora, caminaban en fila india con desparpajo, en una danza de senos, muslos y glúteos libidinosa más que estética, que no hacía sino enloquecer las miradas de los hombres asistentes.
En mi primer día como fotógrafo de “BluePussy”, no quería que se me notasen mis carrillos enrojecidos ni mi cámara encendida y erecta, así que sentado en la segunda fila con las piernas cruzadas, traté de simular que no estaba cachondo. Pero lo cierto es que aquellas panteras semidesnudas multiplicaban mi excitación por mil a cada golpe de cadera y meneo de nalga.
Los cuerpos de dos rubias marcando fielmente un cameltoe bajo letras llamativas en neón fucsia elevaban mi foco por encima del deseo. A continuación, una morenaza de larga melena azabache en tanga iridiscente me hacía vibrar sobre la silla improvisada. Estaba sudando con aquellas bellezas, ángeles del cielo enseñando carita y cuerpo salvajes y, a la vez, urbanos, anhelo en cualquier caso de lo sagrado y de lo mundano.
Casi desnudas, y la poca ropa que portaban, transparencias puras, ¡oh, Afroditas en las alturas!, por mi cámara para ser fotografiadas.
Durante aproximadamente media hora, mi cámara se nutrió del néctar de las Diosas del paraíso, hasta que entre láseres verdes y corazones de espuma azul cristalina, se fue apagando el espectáculo.
Sonó, entonces, el inequívoco timbre tecno de mi móvil: Era mi jefa Judith.
– ¿Sí?
– ¡Hola David, te van a acompañar a la Pagoda Escarlata, no hagas preguntas, te gustará… La contraseña es LILITH, no la olvides! – Y no me dijo más.
Al poco de colgar, dos azafatas me llevaron hasta el Hall, donde me pude tomar un whisky en el bar, mientras una de ella me insistía en que estuviese tranquilo porque ya me estaba pidiendo un taxi.
No tenía ni idea de adónde me dirigía, aunque suponía que se trataba de una fiesta privada para clientes selectos y me mordía la curiosidad.
Pronto tragué el líquido del vaso, mientras apuraba un cigarrillo mentolado y, en cuestión de cinco minutos, apareció el morro del taxi y la azafata haciéndome señas de acudir.
Cogido por la cintura amablemente por la segunda mujer, aceleré el paso hasta la calle. Me comentaron que el taxista ya había recibido toda clase de instrucciones. Sólo tenía que dejarme llevar. Y se despidieron muy elegantemente con besos y abrazos.
Nada más arrancó, lo primero que le pregunté al conductor, un afroamericano de unos cincuenta años, fue si alguna vez había trasladado a alguien a la Pagoda Escarlata. Con mucha naturalidad, me contestó:
– ¡Sí, claro!
Cerca de diez minutos, durante los cuales solamente sonó reggae procedente de la radio, tardó el taxista en dejarme ante una alfombra carmesí desgastada por el uso en una avenida fantasmal.
– Aquí es -dijo el conductor- ya me han pagado, ¡suerte, amigo! – Y se marchó como una lluvia de Verano.
Yo me encontraba solo, excitado y asustado, delante de un portón con un grabado extraído de alguna lámina del Kama-Sutra en grande, a ambos lados dos serpientes enroscadas en sendos falos, y una enorme aldaba que parecía de oro con la que debía llamar para entrar.
Después de tomar una bocanada de aire fresco de la noche, toque tres veces seguidas con golpes secos. Entonces, por una rendija se me entregó un papelito, en el cual debía escribir la contraseña. Saqué la pluma del bolsillo de mi gabardina y anoté: LILITH
Del otro lado se escuchó una dulce voz de mujer que me decía: ¡Adelante, no hay nada prohibido en la Gran Pagoda, nada es pecado, juego es el sexo, la vida es juego…
Ojos azules, sonrisas, yo erecto, desnudas por decenas, las había pelirrojas, rubias y morenas; rasuradas, depiladas y con gafas de secretaria; muslos, glúteos y caderas, morían de gusto los machos y las hembras sobre un acuario de peces y conchas con brillantes perlas, cuadros de libidinosas escenas, como desnudos en acuarelas, bailes de diosas etéreas, cabellos rizados y ondulantes curvas cuyos pechos son ahora mi enredadera, junto al Universo de carnes prietas que sobre mi sexo meneas, ombligos de la delicadeza, derrapo a lo largo de tus curvas y facciones de la belleza, mientras mis dedos acarician los soles de pezones que se endurecen como fruta fresca, y las galaxias son los decorados minimalistas que con decoro nos rodean.
Mi cámara entonces se torna roja y venosa y recoge cada pétalo de mariposa, cada cadencia que la voluptuosidad de tantos cuerpos desnudos me arroja, el agua bendita que fluye por vuestros turgentes senos, el maravilloso manantial de vida que vuestro pubis me inspira, vuestros ojos, mis venidas, vuestras idas, de otros universos melodías…
Instantáneas infinitas rozando el cielo de la noche…
Recorro la espina dorsal de vuestras dobles bocas en derroche, vuestros tres ojos abiertos para mi foco, que no puede penetrar más vuestras almas henchidas de gozo.
Y ardo, y bebo, y goteo, y penetro, y vacío, y vuelvo a vaciar, y vuelvo a arder, y me vuelvo a hinchar y a renacer.
Y vuelvo del espíritu a la piel. La hoguera todavía arde en la madrugada de plata. La masa del sexo muta iridiscencias de todas la imaginaciones posibles en el interior de la gran Pagoda Escarlata.
Dos gemelas de culos hipnóticos y ojos zafiro me susurraron en ese instante: Adoro el sexo. Es la antítesis de la muerte.
En éxtasis, seis sexos me succionaron desde el suelo de mármol rosa hasta un estanque adornado de piedras preciosas. La fuente la constituían tres tríbadas adamantinas, a través de cuyos pezones leche tibia salía. Entre los jardines reinaba sinigual orgía. Sobre el césped, los cuerpos se movían lascivos como sierpes vivas.
Frente a las hogueras artificiales, cinco ángeles me devoraban, mientras yo demostraba mi hombría.
Mi foco no daba abasto. Así que cuando se emancipó un largo tentáculo desde mi ombligo hasta una de sus bocas, no pude por más que alegrarme de aumentar el nivel de placer por encima de los que poseen un sólo sexo. Al mismo tiempo, dos ventosas se adherían a mi ano y mis testículos durante el trance; yo penetraba a una morenaza de ónice y a una pecosita pelirroja a la vez, provisto de mis dos glandes, gordos rojo fuego, otras varias me masajeaban el torso, la espalda, los miembros, sin dejar de lamerme los lóbulos de las orejas y mordisquearme los pezones.
El tiempo lo marcaban los iris de la locura en la noche encontrada que juega desnuda. No había ningún reloj ni dentro de la estancia en la que me hallaba ni en todo el recinto. La eternidad parecía ser la cuarta dimensión en aquellos momentos.
Nunca había visto en vivo y en directo un bukake, ni penetraciones múltiples, ni escaleras de color, ni hasafelas, ni…
Perdí la noción del tiempo después de esnifar las aureolas de polvo blanco de los pezones, cuyos melones, a posteriori, me proporcionaron una sublime paja cubana en mi crecido falo umbilical, que adoraban diez conchas abiertas como posesas.
A estas alturas, yo había orgasmado ya dos veces hacia adentro, mientras una serpiente de ojos verdes me introducía un dedo en el recto. Con el punto G abierto y todos los chakras a punto de caramelo, no pretendí evitar la elevación espiritual del summun en mi acalorado cerebelo.
Y proseguimos, cada vez más jadeos, con el cósmico juego, universales deseos, hasta que sobre la colcha de las pasiones, sudores y carnes, caímos vencidos en los brazos de Morfeo.
– ¿David? – sonó mi móvil.
– ¿Sí, Judith? – contesté.
– Entonces, ¿aceptas el trabajo?

 

Eduardo Ramírez Moyano

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