Alarife –Daniel Olivares Viniegra–

Émulo de un tal Italo Calvino, se empeñó en inventar una ciudad como ninguna (o al menos un lugar donde pudiera habitar alguna criatura del todo igualmente jamás vista o concebida). Desahogó así todos los modelos posibles y plausibles, mismos que –por supuesto– iban desde Comala hasta Macondo y de Santa María (la de Onetti ) a Yoknapatawpha (la de Faulkner).  

En busca de los más diversos modelos recorrió exhaustivamente todos los rincones de castillos, templos, salones, torres y plazas, ubicados lo mismo en las inmediaciones de la isla Barataria, que vislumbrados por entre los cielos, ríos y cumbres de Heliópolis (la de Jünger), o bien tramontando bosques, selvas y desiertos, muy a lo Tolkien; todo ello por no incurrir en los ya desgastados tópicos desde siempre farfullados por el creador de Gulliver o el ínclito monje de Milk Street.

Luego de toda una –sin duda– esforzada vida, aunque lamentablemente plagada de infructosas pesquisas, dio al final con la clave para al menos denominarla. Se llamaría ciudad _ _ _ _ _ _ _, ubicada en un lugar de cuyo nombre ya no pudo acordarse; si bien su nombre cifrado sería abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz.

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Dichoso Alzheimer

Todos los días igual. La más tremenda desesperación se cernía sobre esta vida que hacía tiempo que había dejado de vivir. Todo lo que veía cuando abría los ojos me resultaba desconocido, tal vez ligeramente familiar, pero extraño.

Y esas personas. Se empeñaban en mirarme como si fueran algo mío, como si me conocieran, poniendo voces infantiles… y yo solo las miraba ¿qué narices querían? No sabía qué esperaban de mi pero, me había acostumbrado a mirarlas… y pasar de ellas.

Y llegaron.

—Mamá, soy yo Marta.

—Hace tiempo que no sabe quiénes somos Verónica.

—Lo sé. ¡Dichoso Alzheimer!