ANOCHECIENDO (retrospectiva) -Eduardo Ramírez Moyano-

Declina el horizonte ámbar de otra tarde que ya no arde, azafrán por nubes es el arte del color en lontananza, cuando a mis ojos, al mirar por la ventana, el Creador la mancha oscura de la noche azul con desdén me lanza.
Y cada punto de luz artificial se enciende automáticamente en tierra humana. Las farolas cobran vida nocturna y bailan con gracia. Dos estrellas perdidas cayeron del cielo entre besos, entre la susurrante ventolina, ajenas a la llovizna y a las esquivas esquinas.
Infinitas son las mujeres que han saboreado los mundos burbuja mil del mes de Abril. Construyendo puentes de ternura hasta la Luna, desde el blanco de tus ojos a los bellos vergeles de lagos vortiginosos, al caer de las palmeras sus rastrojos.
Ya soy tuyo, Diosa del Todo, meciendo mis sonrisas en tus recodos, Santa Natura, ¡ay!, que con sólo una foto, todas mis emociones haces tuyas.

VAGAROSA -Eduardo Ramírez Moyano-

Los versos me revelaron las cadencias de tus siluetas, tan bien esculpidas tras las estelas de las estrellas y los cometas.
Luego, fuiste noche clara en el fragor del fuego del deseo, niña de amor y Luna de plata cuando te veo.
Más tarde, el firmamento creó coral en tus pestañas e infinito en mis anhelos, antes de convertir lo ignoto en algo nuestro.
¡Ay, vagarosa! ¡ Hoy brilla tan nívea la Luna por ti, niña hermosa!
El rocío te rodea y la escarcha te destaca, entre amalgama de flores se regodean tus fragancias. A veces, peces de doble cola cruzaron eones para engalanar nuestros amores, vinieron seres de todas las distancias y abismos para hacer de la vida su lirismo.
¡Ay, vagarosa! ¡ Hoy está la luna llena por ti!
¡Y eso es más de lo que yo pueda decir!

CONJURO A LA LUNA II -Eduardo Ramírez Moyano-

Sapos rajados veo en mis sueños más agradables, a cada momento, negros rosales y niños muertos…
El perro nonagenario muere despiadadamente en el rincón donde la puta yonki del puerto tira la jeringa sidosa. La podredumbre huele a orín de vieja y suena a chirridos de ratas corriendo por tuberías. Sobre el pegajoso condón usado de la acera, la colilla, que ha visto morir una estrella fugaz violácea, se apaga lentamente. Satán abre sus alas membranosas mientras la noche cristaliza, ofreciéndole la media Luna un par de cuernos rojo sangre al dueño de las sombras.
Yo no busco sexo, tampoco inspiración, sólo quiero un cuchillo bien largo para clavármelo en el corazón.
Quiero cráneos por colchón… Y, cuando muera, no quiero cruz en mi ataúd, que yo no soy de Dios, soy hijo del otro Señor, insecto del otro lado de la Creación.
Y me aguardan los placeres del Averno, porque no puedo tener que en la Tierra mayor sufrimiento. Y los cortes de mi alma resplandecen como puñales al viento.
¡Que esta noche no haya Luz!
¡Que esta noche mueran dioses!
¡Que esta noche no haya Luz!
¡Que esta noche mueran dioses a mi cargo!
Abrazado desnudo a cien erizos de hiel.