En su mundo

Mario se balanceaba adelante y atrás una y otra vez… una y otra vez durante horas. Le transportaba a la calma y placidez que respiró no hacía mucho en las cálidas aguas del líquido amniótico. ¡Qué maravilla! Recordaba como allí no tenía que sufrir las inclemencias del tiempo, a veces exceso de frío, a veces demasiado calor.

—Mario mi amor, mira a mamá

No entendía por qué se empeñaban en plantarse delante de él para que fijara sus ojos sobre los suyos. Él los tenía constantemente sobre el alma de su madre. ¿Cómo no podía saberlo? Se encontraba enlazado a su mismo espíritu, igual que cuando desde el vientre la percibía y no le hacía falta entonces mirarla a los ojos para sentirla, y tampoco le hacía falta ahora.

—Nada. Está en su mundo—y se quedó mirando a su pequeño con profundo amor pero un poco frustrada porque no era capaz de conectar con su hijo.

Y Mario siguió balanceándose. ¡Claro que estaba en su mundo! Y allí podía ser él mismo y no pasaba nada. ¿Por qué se angustiaban tanto? ¿Por qué no le dejaban simplemente ser?

Y te miraba

 

Y te miraba.

Tu rostro me reflejaba

mientras todo fluía alrededor

como fluye el agua del arroyo,

como fluye la corriente del río

del agua que va hacia el mar.

 

Y te miraba,

en tus ojos todo transcurría,

pasaba el tiempo y se paraba,

pasaba todo alrededor

y se paraba al encontrarse

tu pupila en la mía.

 

Y te miraba,

lavabas mi conciencia de cualquier pecado,

limpiabas mis recuerdos con tu bondad;

no existía el bueno, no existía el malo,

solo circunstancias y trivialidad.

 

Y te miraba,

y eras el sueño que siempre hube soñado,

la transformación de una irrealidad,

la presencia humana de una alegoría,

la encarnación del deseo,

de todo lo soñado y anhelado,

de todo lo perfecto y de la verdad.

 

Y te miraba,

porque yo era tú,

y tú…siempre habías sido yo.