EL PUCHERO

 

EL PUCHERO

 

Charly, todavía con las ropas de presidiario, se abría paso entre los arbustos machete en mano, después de una complicada pero exitosa fuga.
Ahora sólo le restaba encontrar alguna casucha solitaria, dejada de la mano de Dios, en las lúgubres tierras pantanosas del oeste de Kardum.
Por suerte, después de dos horas luchando contra el ramaje, Charly conseguía otear una cabaña a lo lejos, desde cuya chimenea manaba, cual blancuzca serpiente ondulante, humo sin cesar.
Se acercó con sumo cuidado, mientras pensaba si Tom, su compañero de fuga, seguiría vivo como él, y si la fortuna había querido proporcionarle un lugar donde cobijarse.
Caía la noche como el pétalo plomizo de alguna flor desconocida, y Charly se disponía a entrar en la vivienda, con el aplomo y la firme convicción de hacerse con ella, si era necesario, asesinando. Pero ¡cuál fue su sorpresa!, cuando al llegar, se encontró la puerta abierta y nadie en su interior. Recordó a Tom, besándose el dedo y diciendo: ¡Vamos a tener suerte! Mientras el paraíso era un puchero de caldo al punto ante su estómago, que durante dos días no probaba bocado.
Sin pensárselo un segundo, metió el cucharón en el enorme cazo y, en un cuenco de barro gris que había a la izquierda, se sirvió la sopa. Pero, cuando fue a servir un segundo plato de la cazuela, al sacar el cucharón, quedó espeluznado: Una mano chorreante colgaba…
– ¡Santo Dios! -exclamó. Recordó a Tom besándose el dedo y, de seguida, sacó el machete; sonó un golpe seco y, en el hueco de la puerta, la silueta aterradora de un anciano apuntándole con un rifle Winchester sonreía sádicamente:
-Más comida para hoy…

 

Eduardo Ramírez Moyano

Dichoso Alzheimer

Todos los días igual. La más tremenda desesperación se cernía sobre esta vida que hacía tiempo que había dejado de vivir. Todo lo que veía cuando abría los ojos me resultaba desconocido, tal vez ligeramente familiar, pero extraño.

Y esas personas. Se empeñaban en mirarme como si fueran algo mío, como si me conocieran, poniendo voces infantiles… y yo solo las miraba ¿qué narices querían? No sabía qué esperaban de mi pero, me había acostumbrado a mirarlas… y pasar de ellas.

Y llegaron.

—Mamá, soy yo Marta.

—Hace tiempo que no sabe quiénes somos Verónica.

—Lo sé. ¡Dichoso Alzheimer!

Mi amparo

Me empuja la ola del mar a altamar,

me empapo de espuma,

me baño en silencio.

Me engulle el abismo de mi firmamento,

me ahogo de nadas,

me lleno de miedos.

Me siento en cuclillas mirando el misterio,

me embarga la intriga,

me callo del miedo.

Y noto una mano que abriga mi pecho,

y lo llena de mimos,

lo llena del tierno suspiro del amor.

La mano que acuna mi llanto,

que mece mis sueños,

y aleja asertiva cualquier inquietud.

Tu mano, tu pecho, tu aliento.

Eres tú…mi oasis.

Eres tú, mi cielo.

La vuelta a casa

LA VUELTA A CASA

I

Ha sido una noche de lo más aburrida. No me apetecía salir y al final Elena me ha convencido, como siempre que se empeña en que hay que hacer algo. La quiero mucho y es mi mejor amiga, pero me pone de los nervios tener que ceder constantemente para que ella se lo pueda pasar bien.

Pues nada. Allí la he dejado, con el morenazo de ojos negros con el que no ha parado de coquetear en toda la noche. Tres son multitud y he preferido irme a casa que permanecer allí un minuto más. Se notaba que sobraba, y yo lo único que quiero es llegar a casa, ponerme el pijama, y ver alguna película antigua mientras como palomitas esperando caer en los brazos de Morfeo.

Como decían los noticieros, esta noche es gélida. Tendría que haber cogido un taxi, pero me apetecía andar para refrescar las ideas y poner en orden mi mente, si es que se puede poner orden al caos que impera ahora mismo en mi vida. Y es que soy un auténtico desastre, sé que debería ser más ordenada y tener más cuidado de las cosas, pero yo soy así, qué le voy a hacer. Hasta se me olvidó poner a cargar el móvil y ahora me he quedado sin batería; menos mal que no soy adicta a este pequeño diablillo y a la tiranía de las redes sociales.

De repente me parece escuchar pasos detrás de mí. No puede ser, son las tres de la mañana y debo ser la única loca a la que le da por pasear a estas horas por estas solitarias calles. Pues no, efectivamente alguien camina detrás de mí con paso firme y ligero; seguro que es algún vagabundo u otro loco como yo que prefiere caminar a coger un taxi, pero no sé por qué empiezo a sentirme un poco inquieta, la verdad es que si fuera un loco degenerado tendría poco que hacer porque a estas horas todo el mundo está durmiendo y no podrían escucharme.

Vale, decido girar en la próxima calle a ver qué pasa, seguro que pasa de largo y no tengo de qué preocuparme, y así lo hago. Giro sin pensármelo un momento y empiezo a aligerar el paso, afino el oído para escuchar si los pasos continúan detrás de mí y para mi sorpresa, quien sea que me sigue gira igual que yo, y la ansiedad se apodera de mí al escuchar que los pasos también se han acelerado, haciendo que mi respiración se desboque y que el vaho de mi aliento forme una espesa neblina ante mis ojos.

Ahora me da por pensar en las macabras historias y leyendas que, cuando eres joven, te hace gracia contar con las amigas en las divertidas veladas de chicas o fiestas de pijama. En ese momento parecen muy divertidas y no sé por qué, pero el morbo de producir inquietud y miedo resulta hasta atractivo, cuando sabes que te encuentras a salvo, entre las paredes de tu hogar y rodeada de gente que te quiere.

Pero ahora, el efecto no es el mismo. Tal vez en cuanto llegue a mi casa me reiré de mí misma por estar inquietándome, a cada segundo más, a medida que escucho como los pasos que se escuchan detrás de mí van ganándome terreno y dándome alcance. No puedo evitar recriminarme no haber tenido previsión para no quedarme sin batería en el móvil.

Intento acelerar mis pasos, aunque los estupendísimos zapatos de tacón que me puse para estilizar mi figura no me resultan nada apropiados para correr, y de hecho mi tobillo derecho se tuerce cuando intento acelerar el paso, así que no tengo más remedio que aminorar la marcha.

Vale, piensa, serénate, seguro que no es más que otro viandante que, como tú, se dirige a su hogar. Sí, seguro que es eso… Pero, ¿y si no?

El miedo se apodera de mí. Es un miedo irracional porque no tengo motivos, pero empiezo a imaginarme a merced de un asesino despiadado. Empiezo a recordar cómo muchas jóvenes han desaparecido de camino a sus hogares y han sido torturadas y violadas, sufriendo en medio de lo que tuvo que ser una auténtica pesadilla. Empiezo a llenar mi cerebro de imágenes de películas, que ahora preferiría no haber visto, y sé que tengo que pensar en un plan alternativo a correr, porque con mi tobillo torcido y estos malditos zapatos de tacón, estoy segura de que mi perseguidor me dará alcance en breve.

Entonces lo veo. De uno de los portales de la acera de la izquierda sale un hombre de mediana edad a tirar la basura. Entonces corro, corro más de lo que he corrido hasta ahora, aún a pesar del dolor de mi tobillo, y me pongo a su altura.

  • ¡Hola buenas noches! — me dice el hombre con cara de asombro. Debo tener un aspecto cómico vestida de fiesta y sofocada muerta de miedo.
  • Sí, bueno… no sé…
  • Muchacha ¿necesitas ayuda?

Analizo la escena rápidamente. Puedo esperar a mi perseguidor, que no sé quién es ni lo que quiere; o puedo entrar con este buen hombre y llamar un taxi para que me acerque hasta mi casa.

  • La verdad es que, si fuera tan amable, agradecería que me permitiera llamar a un taxi. Me he quedado sin batería en el móvil, es muy tarde y me he torcido el tobillo.
  • Por supuesto, me llamo Alfredo. Pasa a mi casa y llama al taxi. Es muy tarde para que una joven como tú vaya sola por la ciudad.

El que se supone que era mi perseguidor pasa por mi lado, y me doy cuenta de que mis miedos eran totalmente infundados. Un joven que parece volver de fiesta como yo me adelanta sin mirarme y sigue su camino sin tan siquiera percatarse de mi presencia. ¿Seré tonta?

El caso es que este hombre ya se ha ofrecido a ayudarme y me sabe mal despreciar su ayuda después de haberse mostrado tan amable, así que accedo a entrar y llamar a un taxi. Al menos llegaré a casa sin pasar frío y sin cansarme, y el tobillo, ahora que me he parado me mata de dolor. Así que entro en la casa de este buen hombre.

  • Ponte cómoda. El teléfono se encuentra en la mesa de la esquina. ¿Quieres un vaso de agua o un refresco?
  • Muchas gracias, no quiero molestarle más. Llamaré al taxi y me iré. Ya he abusado demasiado de su amabilidad.

El hombre se va a la cocina, imagino que él sí que quiere beber o va a cambiar la bolsa de la basura, y yo me dirijo a la mesa sobre la que se encuentra un antiguo teléfono de los de rueda. Me recuerda a los que salen en las películas antiguas y me hace mucha gracia ver que aún hay gente que utiliza estos modelos.

Entonces me fijo en la decoración de la vivienda y la piel se me eriza. Es como si hubiera retrocedido cuarenta años de repente en el tiempo. Este hombre vive anclado en la época de sus abuelos y el ambiente empieza a no gustarme nada. Llamaré al taxi y me iré rápidamente de aquí. Si los pasos resultaban amenazadores, ahora parece que me haya metido en la boca del lobo y yo solita, y no puedo evitar que un escalofrío recorra mi columna vertebral.

Cojo el teléfono para empezar a marcar y llevo el auricular a mi oído. Marco el primer número y… el terror se apodera de mí. NO HAY LÍNEA.

Me giro y el hombre se encuentra en el umbral de la puerta con un cuchillo en la mano.

II

El pánico se apodera de mí. Estaba tan asustada pensando que me seguían que me he metido en la boca del lobo. La visión se me nubla y la respiración se me acelera hasta el punto que es lo único que escucho en mi cerebro.

Concéntrate Eva, concéntrate, aún estás viva, aún puedo correr, si es que el tobillo no me falla. Entonces disimuladamente me quito los odiosos zapatos de tacón y escucho que Alfredo me dice algo, pero no consigo escucharlo porque cuando veo que se acerca hacia mí, empiezo a gritar.

Alfredo me habla, pero yo lo empujo con todas mis fuerzas en cuanto lo tengo a mi altura, y salgo corriendo gracias la adrenalina que ha generado mi cuerpo, porque de otra manera sé que no habría podido hacerlo.

No siento ni mi tobillo cuando de un salto dejo a Alfredo mascullando algo a mi espalda, pero no tengo intención de entretenerme en escuchar lo que sea que quiera decirme, y llego hasta la puerta de la entrada de su vivienda. Los nervios hacen que las manos me tiemblen, el sudor comienza a empapar mi sien y casi no atino a girar el pomo de la puerta.

Entonces salgo a trompicones por la escalera. Aunque siento que el tobillo me duele como si estuvieran golpeándolo con un martillo, no me paro a coger el ascensor. Bajo tropezando por los escalones y justo cuando llego a la puerta de la calle me caigo de bruces. En el suelo del zaguán escucho como Alfredo grita algo…

  • Muchacha, que el teléfono bueno era el que estaba en la esquina… el inalámbrico, ese es de adorno… No voy a hacerte daño, salí para decírtelo. Dios, que el cuchillo lo estaba guardando… no haría daño ni a una mosca.

A estas alturas ya no sé lo que creer, y la verdad es que no tengo intención de pararme para averiguarlo. Así que me pongo de pie como puedo, abro la puerta y salgo a la fría calle.

La calle sigue a oscuras, gélida, y yo voy descalza porque es la única manera que se me ocurría para poder correr, correr tanto como mis fuerzas y el tobillo me lo permitieran. Y yo salgo corriendo sin pensar en el dolor, sin pensar en que voy pisando basuras y colillas que la gente ha dejado tiradas, creo que he chafado hasta el excremento de un perro, y la verdad que me da igual. Sigo corriendo tanto como puedo sin mirar atrás, sin atender a las súplicas de Alfredo, y tan solo corro. Creo que mi tobillo se partirá de un momento a otro, pero solo quiero escapar y corro.

La calle sigue solitaria, pero al final, apoyado en una farola me parece vislumbrar la silueta de un hombre. Suspiro, tengo tanto miedo, estoy tan aterrorizada que me parece un ángel y lo único que quiero es llegar hasta él para pedir ayuda. Dios, quiero llegar a mi casa y salir de esta pesadilla.

Mientras corro hacia la farola, donde veo que se encuentra mi salvación, me caigo de bruces, he apoyado mi pie sobre algo cortante y me he rasgado la planta del pie. El tobillo me va a reventar, la planta del pie noto que se me ha abierto, y al caerme siento que me he destrozado las rodillas. Todo el cuerpo me duele y tumbada sobre el asfalto solo puedo llorar.

  • ¡Ayudaaa…! — a penas tengo fuerzas para gritar y la voz me sale ahogada. — Por favor…ayuda — sollozo y entre gemidos intento levantarme, pero las fuerzas me fallan.

En ese momento levanto mis ojos y veo como el hombre se acerca hasta donde me encuentro tirada gimoteando. Lo miro, me suena de algo.

A medida que se acerca me doy cuenta de que ya lo he visto. Sí, lo he visto. Era el muchacho que me seguía cuando me asusté en el callejón. Era él el que me acechaba y luego pasó por mi lado como si nada cuando me puse a hablar con Alfredo… ¿qué hace aquí?

El muchacho se acerca hasta donde me encuentro, me mira, y esa mirada me sobresalta porque es una mirada vacía, tan fría como la noche que va a recibir mi alma, porque ahora lo sé, mi hora ha llegado y no voy a poder hacer nada para impedirlo.

 

 

TÚ Y YO

 

Bramido en las calles.

Ruge el volcán del corazón malherido.

Se desgarra el alma en la tormenta salvaje

que truena al sentir su vida relampaguear.

 

 

Tú miras.

 

Yo te miro a ti.

 

Tú asientes pausado al verme sufrir,

al ver mi suplicio,

al verme llorar clamándole al cielo.

Al verme rogar por paz…

por consuelo.

Yo asiento sentado

y clamo en silencio,

y duermo arropado…

sin sentir tu miedo.

¿Y Dios … calla?

¿Y tu alma?

 

Yo callo.

Yo bebo en las madrugadas.

Yo bailo en la noche,

y rio y me embebo de mi indiferencia.

Y si en un momento te miro,

y si en un momento te intuyo…

Te regalo un suspiro de lástima.

Te regalo mi apoyo sumiso a mi mundo.

Te regalo mi solidaridad…

pero sigo embebido en mi triste rutina.

Y sigo bebiendo sin mirar atrás.

 

Y tú callas.

Y yo grito.

Tú bebes en las madrugadas

y yo suplico por un vaso de agua.

Tú bailas en las noches plagadas de estrellas,

yo retuerzo mi cuerpo que se duele en silencio

ante un mundo plagado de indolentes miradas.

Y yo callo sí.

Y disfrazo mi impasibilidad de compasión,

mi displicencia de misericordia,

y sigo estresado en mi mundo,

y sigo viviendo sin pensar en ti.

Y sigo viviendo

y sigo… viviendo…

y tú allí.

 

Y yo aquí.

Y sigo viviendo y clamando,

Y sigo viviendo ahogado en tu rostro,

asfixiado porque sigo sufriendo

pero sigo viviendo aquí,

entre llantos y lágrimas,

entre muertes y almas que deambulan.

Que deambulan sin poder decidir,

sin poder acceder a otra vida

y condenados a vivir así

yo sigo… viviendo…

Sigo muriendo aquí.

 

 

El tsunami de la vida arrasa.

Inunda los suspiros con las torrenciales lágrimas

de miles de almas que claman sin esperanza,

ellas allí… ¿Y tú?