CORONAVIRUS II

Durante el segundo confinamiento global por el nuevo Coronavirus de finales del 2.020, sólo ocuparon las grandes metrópolis los niños-hormiga, resistentes a la última cepa, y las larvas fucsia, que nadie sabía de dónde habían salido, pero su luz envolvía todo con un halo sobrenatural, mágico y apocalíptico a un tiempo.
Las personas con recursos se marcharon a vivir a sus casas de campo y las callejuelas de las principales ciudades se plagaron de los mencionados niños-hormiga, infantes vagabundos que no necesitaban mascarilla, acostumbrados al hedor de la sociedad.
Se cree que la primera mutación de éstos, dio lugar a los, poco conocidos, niños-mosquito, que evolucionaría en jueces y políticos con la capacidad de absorber la sangre. Líderes bebiendo de la savia del sauce, libando el polen de la primavera hasta hartarse, mientras con cautela dosificaban el grado de anestesia que necesitaba la sociedad.

Eduardo Ramírez Moyano

¡CORONAVIRUS!

 

¡CORONAVIRUS!

 

Después de la tercera oleada de Coronavirus que asoló la Tierra en el 2.020, sólo quedaron en pie los humanos tratados genéticamente en laboratorios de alto nivel.
Se había diezmado la población mundial a final de año. Los sujetos recombinados con ADN porcino padecían, a veces, alteraciones nerviosas y cambios de humor, pero parecía obviarse esto, y a pesar de que no se conocía todavía todo el conjunto de efectos colaterales.
Tampoco se tuvo en cuenta las taras en la descendencia; si bien los niños-porcino no padecieron lo peor, sí que se vio alterado el gen relacionado con el psicoticismo y la agresividad en los peligrosos niños-rata (que atestarían los suburbios décadas después).
La segunda generación de niños-rata fue llamada niños-cucaracha y poseía una habilidad especial para dominar en situaciones “sucias”. Como es normal, alcanzaron los más altos cargos empresariales y sillones de poder político, económico y mediático, hasta que empezaron las rivalidades entre países y lo líderes-cucaracha, fieles a su nombre, apretaron los botones, eliminando todo rastro de vida en el planeta en una Tercera Gran Guerra nuclear.

 

Eduardo Ramírez Moyano

Capítulo on line: EL RASTRO DE LA MUERTE

 

EL RASTRO DE LA MUERTE

 

¿Qué puede hacer un antiguo soldado del Ocaso con una infección de pentanol adulterado contra ese escritor de virus malvado? Esa mofeta, aprovechando la coyuntura, ya está en otro punto del planeta, dejando a su paso una estela de locura. Omiso caso a su última travesura, sigo su rastro entre los escombros de la basura. De Londres la pagoda ya es historia ahora. Sabiendo lo que sé, mi próximo destino ni siquiera adivino, cuando jugando a ser Merlín, intuyo que se trata de Berlín…
– No, señor, su presencia no consta en mi terra bio-radar -asegura Axón.
– ¡Por unos minutos! Aquí aún quedan restos de cloromenta… -señalo a mi compañero mientras mi tensión aumenta. Alrededor de una burbuja virtual unipersonal abierta, yace el cadáver de una persona descompuesta…
– Mira, perrito, otra monja muerta, y ésta era de la facción opuesta, leal al Papa Azul y a la Colmena, saturación de veneno en sangre, reza la pantalla de mi muñeca el visor, a Krauss no debió de darle ninguna pena, debemos abandonar pronto esta reunión, es peligroso si nos ve en la escena del crimen algún corrector…
Mientras la pálida Luna saca del alcantarillado tres cucarachas cobrizas metalizadas, que se escurren entre la vestimenta del cadáver, los charcos de plata y los restos de una pipa de cloromenta gastada.

 

Eduardo Ramírez Moyano

EL CALAMAR MELOSO

EL CALAMAR MELOSO

Aquella tarde parecía normal. Una tarde más en la ajetreada vida de Dexu. El acostumbrado zumbido propio de los trabajadores en la fosa oceánica no indicaba lo contrario. Tampoco las hiperrealistas recreaciones del extinto Machupichu sobre su escritorio titilaban más de lo habitual.
En resumen, ningún proteo peligroso de temporada de invierno había conseguido colarse en la terapia Glen.
– ¿Cuántos llevas a la superficie, Nadea?
– Con éste van 3 hoy. No creo que pasen de 40 los seres adscritos a la vida esta semana.
– Bien, así me gusta. Una síntesis bien hecha vale más que una nueva especie, ya sabes lo que dicen arriba.
– Si seguimos a este ritmo, en dos horas estamos en casa.
– El holograma de conversación se está cerrando en vertical. Hablamos en la cena, amor. Hoy he reservado mesa en el mediterráneo, ¡el calamar meloso!, dicen que allí abajo se puede ver al primer calamar v55 brillando en cruz.
– ¡Magnífico, Dexu! ¡Nunca dejes de sorprenderme, cariño! ¿A las 11 entonces?
– A las 11, como siempre, en la cabina norte. Ah, Nadea, no te olvides de traer las retinas gluco que te regalé o no podremos ver el espectáculo en toda su intensidad.
– Ok
Los acuáticos jugueteaban en elipses tras la mampara central de su despacho, mientras montones de informes eran enviados a la órbita de seguridad mediante registro fotónico. Dexu se sentía tranquilo ahora. Había conseguido recomponer a tres nuevos seres y disponía de un par de horas, tiempo más que suficiente, para el reenvío de un cuarto.
Animal o persona, o ambas cosas, esperaban pacientes su sesión en el acuario.
Los pies de Dexu ya empezaban a bailar sobre la placa, mientras cerraba los ojos y estiraba todos los dedos del cuerpo abriéndose de mente frente al ser del acuario.
En sólo siete segundos, se abría la Unimente y ambos córtex cerebrales empezaban a transmitirse mensajes positivos y ruedas de gravedades en construcción.

La entrada al complejo es fastuosa, llena de detalles, de luces, de afrodisíacos y erotizantes, y a sus pies un cilindro de cristal juega con los reflejos de los peces alrededor de un Dexu nervioso que camina veloz porque se le ha hecho tarde otra vez.
– Vale… vale… -dice antes de que ella abra la boca.
– ¡Llevo veinte minutos esperando, te parece bonito! -contesta exaltada Nadea.
– Ha sido una supraterapia dura, nena…
– No me vengas con rollos psicológicos. A mí también me cuesta convertirlos, eso no es excusa. ¡A ver tus manos! -y comprueba que no están escamadas ni azuladas.
En contadas ocasiones, algún ser había poseído la mente del supraterapeuta y los primeros síntomas habían sido escamas azuladas en el dorso de las manos, aunque Nadea ya lo hacía por manía, y justo ahora, porque estaba irritada.
– ¡Por favor, Nadea!, ¿qué haces…? –dice Dexu.
– Yo me estimo mi vida –y, más calmada al no advertir síntoma alguno en sus manos, añade: Bueno, toma tus retinas que va a comenzar el espectáculo. Parecía que Nadea tampoco había tenido una fácil última supraterapia.
Queda todo a oscuras, zanjando la discusión, y el público aplaude entre murmullos, expectante ante la gran obra de arte genético que van a exhibir en el recién inaugurado restaurante.
De repente, como salido de la nada, un calamar gigantesco avanza a toda velocidad hacia ellos. Nadea y Dexu se cogen las manos. En el momento de estrellarse contra el ventanal del restaurante submarino, un castillo de fuegos artificiales fabulosos crea una ciudad de luz sobre el coral y se escuchan suspiros. El éxtasis es total. Las luces escapan al espectro que ve el ojo humano. Nadea y Dexu se miran como drogados y se besan.
Comienza a escucharse música de dioses y el inmenso ser se desliza hacia otro punto y vuelve a estallar un monumental mundo de luz y color, aunque esta vez un pequeño punto rojo no escapa a la mirada de Nadea.
– Mira, su centro cerebral… -le susurra a Dexu.
– Este no contesta.
Vuelve a repetirlo y sigue sin contestar; intenta levantar las manos y se da cuenta de que no puede moverse; se halla en plena terapia de Unimente con el ser. Antes de poder reaccionar, el punto rojo comienza a agrandarse y se dirige a gran velocidad hacia ella.
Está sudando, temblando y gritando, mientras Dexu alterna sonrisas de amor con gestos de complacencia hacia el precioso espectáculo del restaurante italiano. Nadie nota nada cuando un humano se encuentra en Unimente.
Ella está muriendo de horror, mientras Dexu ignora que su mente está siendo poseída por un ser que ha burlado las supraterapias, y por lo tanto, tiene la capacidad de matar mentes, igual que un asesino invisible, y el punto rojo se hace cada vez más grande. Nadea siente impotente que va a morir. En ese momento, el gigantesco ojo de 7 metros de diámetro se abre ante ella y, telepáticamente, le transmite: Estás muerta.
En un esfuerzo de habilidad supraterapéutica, practicado en lances parecidos, resuelve acertadamente: Tú solo no puedes, proteo, sabes que se necesitan dos para matar a un humano. Y sonríe mentalmente.
El público aplaude entusiasmado, poniéndose en pie. Y Nadea suspira por haber salvado su vida en una buena jugada supramental.
Entonces, el potencial genocida de especie proteo contesta sádicamente: Te olvidas de que los proteo estamos genéticamente diseñados para matar, Nadea. Pero además te olvidas de lo más importante, un proteo no sólo necesita de otro ser de su misma especie para hacerlo, sino que cualquier convertido puede servirnos de puente mental.
– ¿Qué? ¿Qué? -Exclama Nadea, ahora sí aterrorizada de verdad, y mira hacia las manos escamadas y azuladas de su novio Dexu, que está clavando vorazmente los puntos rojos de sus ojos sobre ella.

 

Eduardo Ramírez Moyano