“Trasiegos” – Yaretzy Elizalde

Le estás enseñando a amarse, no dirás palabras. Las bocas aclararan la indiferencia sin emitir sonidos de claridad.

La ropa quemará tanto, al punto de arrojarla lejos.

Verás cómo sus ojos viajan sin sentido por la habitación para buscar distracción. Aún con las pupilas dilatadas es tan deleitable.

Dicen que tenemos cinco sentidos, pero en ella has despertado nuevos.

Estás atando un ángel a las extremidades de la cama, dime… ¿Qué se siente por una vez tener la cima en tus manos?

Aquel ser ha sentido el placer de elevarse por las nubes cuantas veces le plazca, pero aún así jamás había llegado a la luna.

Deslizarás con delicadeza la yema de tus dedos por la escultura que tienes frente a ti. Con arrebato despeinarás su melena, y con suavidad le verás a los ojos.

De sus labios emitirá un Te amo, llevándote a la luna con ella. Sentirás un viaje desenfrenado del cuál no quieres regresar.

Te entorpece el alma con su desnudez, te entorpece la vida con sus trasiegos.

Te pide que olvides lo que ha dicho, pero sigues muriendo por dentro, necesitarás más. Cada noche pedirás mas.

–Ana Saavedra. SavellDrame. ®

¡AHORA!

 

¡AHORA!

 

¡Sí, lo prohibido es mi bioma, cada vez que entre los cortinajes te asomas, divina hija de la aurora! ¡ hagámoslo ahora!, que nos miran los vecinos como si fuéramos su droga, ¿para qué una alcoba?, ¡que nos vean todos! Copulemos ante el mundo cuales perros sordos, ¡venga, nena, que me inflamas las venas! ¡Hagámoslo ahora! En el portal, en el ascensor, en el claror de las estrellas, sin importarnos el tiempo y el lugar… ¡Sólo volar!

Y que nos pasemos de rosca en el amor, flor bendita de mi pasión, Rosa de Venus, racimos de fuego en el fragor. Dejemos para los cuerdos el cálido salón, y ¡hagámoslo ahora!

 

Eduardo Ramírez Moyano

LA PAGODA ESCARLATA

 

LA PAGODA ESCARLATA

 

Los culitos de las modelos desfilaban por la estridente pasarela iluminando los ojos del público asistente. Todos los bikinis eran un canto a la Divinidad de los cuerpos femeninos, que ahora, caminaban en fila india con desparpajo, en una danza de senos, muslos y glúteos libidinosa más que estética, que no hacía sino enloquecer las miradas de los hombres asistentes.
En mi primer día como fotógrafo de “BluePussy”, no quería que se me notasen mis carrillos enrojecidos ni mi cámara encendida y erecta, así que sentado en la segunda fila con las piernas cruzadas, traté de simular que no estaba cachondo. Pero lo cierto es que aquellas panteras semidesnudas multiplicaban mi excitación por mil a cada golpe de cadera y meneo de nalga.
Los cuerpos de dos rubias marcando fielmente un cameltoe bajo letras llamativas en neón fucsia elevaban mi foco por encima del deseo. A continuación, una morenaza de larga melena azabache en tanga iridiscente me hacía vibrar sobre la silla improvisada. Estaba sudando con aquellas bellezas, ángeles del cielo enseñando carita y cuerpo salvajes y, a la vez, urbanos, anhelo en cualquier caso de lo sagrado y de lo mundano.
Casi desnudas, y la poca ropa que portaban, transparencias puras, ¡oh, Afroditas en las alturas!, por mi cámara para ser fotografiadas.
Durante aproximadamente media hora, mi cámara se nutrió del néctar de las Diosas del paraíso, hasta que entre láseres verdes y corazones de espuma azul cristalina, se fue apagando el espectáculo.
Sonó, entonces, el inequívoco timbre tecno de mi móvil: Era mi jefa Judith.
– ¿Sí?
– ¡Hola David, te van a acompañar a la Pagoda Escarlata, no hagas preguntas, te gustará… La contraseña es LILITH, no la olvides! – Y no me dijo más.
Al poco de colgar, dos azafatas me llevaron hasta el Hall, donde me pude tomar un whisky en el bar, mientras una de ella me insistía en que estuviese tranquilo porque ya me estaba pidiendo un taxi.
No tenía ni idea de adónde me dirigía, aunque suponía que se trataba de una fiesta privada para clientes selectos y me mordía la curiosidad.
Pronto tragué el líquido del vaso, mientras apuraba un cigarrillo mentolado y, en cuestión de cinco minutos, apareció el morro del taxi y la azafata haciéndome señas de acudir.
Cogido por la cintura amablemente por la segunda mujer, aceleré el paso hasta la calle. Me comentaron que el taxista ya había recibido toda clase de instrucciones. Sólo tenía que dejarme llevar. Y se despidieron muy elegantemente con besos y abrazos.
Nada más arrancó, lo primero que le pregunté al conductor, un afroamericano de unos cincuenta años, fue si alguna vez había trasladado a alguien a la Pagoda Escarlata. Con mucha naturalidad, me contestó:
– ¡Sí, claro!
Cerca de diez minutos, durante los cuales solamente sonó reggae procedente de la radio, tardó el taxista en dejarme ante una alfombra carmesí desgastada por el uso en una avenida fantasmal.
– Aquí es -dijo el conductor- ya me han pagado, ¡suerte, amigo! – Y se marchó como una lluvia de Verano.
Yo me encontraba solo, excitado y asustado, delante de un portón con un grabado extraído de alguna lámina del Kama-Sutra en grande, a ambos lados dos serpientes enroscadas en sendos falos, y una enorme aldaba que parecía de oro con la que debía llamar para entrar.
Después de tomar una bocanada de aire fresco de la noche, toque tres veces seguidas con golpes secos. Entonces, por una rendija se me entregó un papelito, en el cual debía escribir la contraseña. Saqué la pluma del bolsillo de mi gabardina y anoté: LILITH
Del otro lado se escuchó una dulce voz de mujer que me decía: ¡Adelante, no hay nada prohibido en la Gran Pagoda, nada es pecado, juego es el sexo, la vida es juego…
Ojos azules, sonrisas, yo erecto, desnudas por decenas, las había pelirrojas, rubias y morenas; rasuradas, depiladas y con gafas de secretaria; muslos, glúteos y caderas, morían de gusto los machos y las hembras sobre un acuario de peces y conchas con brillantes perlas, cuadros de libidinosas escenas, como desnudos en acuarelas, bailes de diosas etéreas, cabellos rizados y ondulantes curvas cuyos pechos son ahora mi enredadera, junto al Universo de carnes prietas que sobre mi sexo meneas, ombligos de la delicadeza, derrapo a lo largo de tus curvas y facciones de la belleza, mientras mis dedos acarician los soles de pezones que se endurecen como fruta fresca, y las galaxias son los decorados minimalistas que con decoro nos rodean.
Mi cámara entonces se torna roja y venosa y recoge cada pétalo de mariposa, cada cadencia que la voluptuosidad de tantos cuerpos desnudos me arroja, el agua bendita que fluye por vuestros turgentes senos, el maravilloso manantial de vida que vuestro pubis me inspira, vuestros ojos, mis venidas, vuestras idas, de otros universos melodías…
Instantáneas infinitas rozando el cielo de la noche…
Recorro la espina dorsal de vuestras dobles bocas en derroche, vuestros tres ojos abiertos para mi foco, que no puede penetrar más vuestras almas henchidas de gozo.
Y ardo, y bebo, y goteo, y penetro, y vacío, y vuelvo a vaciar, y vuelvo a arder, y me vuelvo a hinchar y a renacer.
Y vuelvo del espíritu a la piel. La hoguera todavía arde en la madrugada de plata. La masa del sexo muta iridiscencias de todas la imaginaciones posibles en el interior de la gran Pagoda Escarlata.
Dos gemelas de culos hipnóticos y ojos zafiro me susurraron en ese instante: Adoro el sexo. Es la antítesis de la muerte.
En éxtasis, seis sexos me succionaron desde el suelo de mármol rosa hasta un estanque adornado de piedras preciosas. La fuente la constituían tres tríbadas adamantinas, a través de cuyos pezones leche tibia salía. Entre los jardines reinaba sinigual orgía. Sobre el césped, los cuerpos se movían lascivos como sierpes vivas.
Frente a las hogueras artificiales, cinco ángeles me devoraban, mientras yo demostraba mi hombría.
Mi foco no daba abasto. Así que cuando se emancipó un largo tentáculo desde mi ombligo hasta una de sus bocas, no pude por más que alegrarme de aumentar el nivel de placer por encima de los que poseen un sólo sexo. Al mismo tiempo, dos ventosas se adherían a mi ano y mis testículos durante el trance; yo penetraba a una morenaza de ónice y a una pecosita pelirroja a la vez, provisto de mis dos glandes, gordos rojo fuego, otras varias me masajeaban el torso, la espalda, los miembros, sin dejar de lamerme los lóbulos de las orejas y mordisquearme los pezones.
El tiempo lo marcaban los iris de la locura en la noche encontrada que juega desnuda. No había ningún reloj ni dentro de la estancia en la que me hallaba ni en todo el recinto. La eternidad parecía ser la cuarta dimensión en aquellos momentos.
Nunca había visto en vivo y en directo un bukake, ni penetraciones múltiples, ni escaleras de color, ni hasafelas, ni…
Perdí la noción del tiempo después de esnifar las aureolas de polvo blanco de los pezones, cuyos melones, a posteriori, me proporcionaron una sublime paja cubana en mi crecido falo umbilical, que adoraban diez conchas abiertas como posesas.
A estas alturas, yo había orgasmado ya dos veces hacia adentro, mientras una serpiente de ojos verdes me introducía un dedo en el recto. Con el punto G abierto y todos los chakras a punto de caramelo, no pretendí evitar la elevación espiritual del summun en mi acalorado cerebelo.
Y proseguimos, cada vez más jadeos, con el cósmico juego, universales deseos, hasta que sobre la colcha de las pasiones, sudores y carnes, caímos vencidos en los brazos de Morfeo.
– ¿David? – sonó mi móvil.
– ¿Sí, Judith? – contesté.
– Entonces, ¿aceptas el trabajo?

 

Eduardo Ramírez Moyano

LA PASARELA

 

LA PASARELA

Envuelta únicamente en tus medias de rejilla, te me hacías tan mágica y sabrosa, que de tus pezones a cada felina mirada, el cielo se me paraba. Entonces, a la luz lasciva de una enorme luna llena, comenzaste el juego de los bikinis, ¡Dios, tu cuerpo perfecto mutando de ropa en ardiente pasarela delante de mis iris! ¡Añil, fucsia transparente, azabache, amarillo destellante junto a tu pícara sonrisa de mujer fatal, ay, tangas del delirio, muslos tostados de mi ardor rojo y febril, curvas de la carne y del vicio, faltan exclamaciones a vuestro existir, iridiscencias cambiando de sitio es mi sentir!

 

Eduardo Ramírez Moyano

DURANTE MILENIOS

 

DURANTE MILENIOS

 

Necesito respirarte, expresarte mi verter en tus agujeros, hija del arte, y besar todo tu cuerpo al hacerlo. Bandera de mi causa, alimento que en mí la voracidad desata, cuando sin ningún pudor me muestras los bordes sicalípticos de tu regata… ¡Oh, Sasha, con nosotros la noche no descansa!
Mátame de sexo, detengamos el tiempo y mantenme crionizado dentro de tu cuerpo. Mi diosa golosa, ¡Hagámoslo durante Milenios! ¡Ay, Sasha, hermosura, la niña de mis ricuras, adoración de tu trasero las curvas, por favor, mi corazón, no pares a estas alturas, que nace y renace la fuente de mis curas, el manantial sagrado purificador de mi espíritu renovado, pétalos de Verano tiñen la acera mojada por la que meneas tus caderas en la cálida noche escarlata! ¡Ay, Diosa Sasha, eres la droga que más me engancha, Dios Santo, tu sonrisa, mi encanto…! Me enamoro de tus dientes níveos y tu piel de oro, sonrisa franca y claros ojos, mirada de gata, eres felina, mi tesoro. Y ya no puedo seguir porque mi letra emborrono…

 

Eduardo Ramírez Moyano

SE DERRITE MI ESTALAGMITA

 

SE DERRITE MI ESTALAGMITA

 

Me abres de par en par tu gruta, encendidas carnes en disputa, cuando balanceas las piernas sobre tacones de aguja, fiera indomable, senos salvajes, cuerpo desnudo cuyos contoneos me embrujan, y brota en mí el delirio inigualable, a paso de deseo canalla y granuja.
Me enciendo un cigarro, mientras me abres en gajos, aterciopelados, tus senos de fruta, delectación de los dioses en nuestro colchón, relamo todo tu sudor de Mayo, deslizándome por tus caderas de la ruta, en serpenteo sagrado, desde tu ombligo el ardor, hasta hincarte mi falo más abajo. Entonces ruedan norias de estrellas infinitas alrededor, mientras tus jadeos de mujer jodiendo me excitan, y en pleno fulgor, en bestias de seis sexos nuestros cuerpos derivan.
Una preciosa noche azabache me muestra el cuerpo de tu delito, poseyéndonos infinito, entre largas columnas el excitante templo del mito, fluye un largo orgasmo…
Finalmente, dentro de tu caverna, mi estalagmita azulina comienza a derretirse al alba…

 

Eduardo Ramírez Moyano

NALGAS VIVAS

 

NALGAS VIVAS

 

Pequeña ninfa en camiseta y vaqueros, tatuajes y chupa de cuero, cremalleras de los deseos, marcando turgentes senos, voluptuosa en carnes, faz hecha en algún cielo, ojos por brillantes, que han hecho pedazos a más de mil amantes, y a millones de paganos han vuelto conversos.
Ardilla que brilla en mi arboleda, sabes que no soy de piedra, en mi buhardilla, nena risueña.
Mi pluma vuela caricias sobre tus senos libres al viento, lengüetazos dan mis pupilas a tus nalgas vivas, mientras una dorada serpiente dorada por tu cuerpo avanza, ojos verdosos de caracolas danzas, pierdes la noción de Abril cuando entro en ti, mi niña descalza, no te pongas las bragas, que sin sostén a tu figura más magnitud mis versos alcanzan.
Tatuadas en mi alma las aureolas de tus rojos pezones de corazones formas, ¡que son tus movimientos lentos los que me mantienen vivo!, entre tacones de aguja, cabello largo y mi destino…

 

 

Eduardo Ramírez Moyano

LA NIÑERA

 

LA NIÑERA

 

Niña de ensueño, hija de la Tierra, cuando tu minifalda el viento levanta y el jardín del Cielo por un instante me muestras…
¡Ay, niña de seda, de gravedad ardiente teñida entera, cuando tus globos lácteos a mis suspiros acunan, mi niñera! Perla en tanga azabache, como tus rizos, quién te quisiera rozar, cuando mi piel erizo en tu tocar, ojos de pezones, cual veneciano antifaz, que mi paz alborota; ay, niña, en cada rima, fuego naranja en tus curvas prohibidas, que inflaman el velero de nuestras sacudidas, se rocía de deseo la flor lila del Universo, el licor de nuestros cuerpos en dicha derretida y furor carnavalesco.
Tus nalgas son mi adoración, amor, y mi corazón se derrite por tu entrepierna abierta, jugosa, carnes voluptuosas de hembra, felina divina, olisqueo tu sexo, como si fuera lo último en este mundo que Dios nos ofreciera, flor de lis, concha eterna, haz de mí lo que deseas.
Escarlata en pompa, se desata nuestra pasión en corrientes, gemidos y olas; tu cuerpo desnudo me muestra la gloria, suspiros suspensos a deshora, me pierdo en los ojos azules de la aurora, y tu sudor recojo para beberte ahora, en el cuenco sagrado de tu concha, hija del pecado, madre del amanecer empalmado, vulva de vino vertido con halago, haz que me vuelva a sentir vivo a tu lado.
¡Nalgas de mi adoración! Por tu entrepierna se derrite mi corazón…

 

Eduardo Ramírez Moyano