“Carta con Color a Desastre”. – Yaretzy Elizalde


Me dispuse a quemar la ropa vieja, aquella que tantas veces retiraste de mi cuerpo, esas prendas que cubrían las pocas penas que me mantenían de pie.
Le quise poner un poco de color a las paredes de la habitación, todas se encontraban sucias. Era el momento de un cambio, y lo sabía.


Tu presencia seguía tan presente como si un perfume se hubiese derramado por todo el suelo y la alfombra se hubiese empapado de él, desprendiendo su aroma y escabulléndose dentro de mi perfumando cada jodida célula.


Estuviste tanto tiempo inmerso en mi existencia, que al marcharte me he quedado sin el poder de poder existir, ¿Cómo se es posible vivir sin el alma? Este agujero en el pecho fue hecho para quemar tus recuerdos.


Podría haber dicho que recoger mis lágrimas derramadas en el charco me traería consuelo, pero no hay nada que consuele la pérdida de tu otra mitad.


Quedar vacío me parecía una estupidez, hasta que te perdiste en mis sueños y no logré recuperarte.


Fue la estupidez mas dolorosa que aún sigo recordando con una sonrisa.

—Yaretzy Elizalde.

“Una Carta Rendida” – Yaretzy Elizalde

No sé cuántas veces recitaré una carta de despedida sin siquiera a verme marchado aún. He tenido esa sensación de que es hora… hora de irme lejos, pondría de ejemplo huir al otro lado del mundo si eso fuera posible.

A veces frío, y otras veces derritiendo el mismo hielo que has dejado. Intento encontrar una buena respuesta en mi cabeza del porque seguimos escalando esta montaña que ni siquiera nos ha llevado cuesta arriba, solamente nos hace ir hacia atrás sin siquiera tener un pasado. Constantemente el aire fresco ayuda a flotar las decisiones, pero ¿Cómo decidir si no hay una razón para hacerlo?

Me has condenado a infinitos rompimientos, y e aquí me sigo construyendo para ti.

Nos convertimos en ese castillo de arena que el mar se encargó de arramblar.

Me cuestiono el echo de que cerrar una puerta para abrir otra es lo correcto, pero tantas veces me confundo con cual es la puerta que cerrará todo aquello que me lleve a ti.

He corrido por la orilla de la playa sin perderle la pista a la orilla para poder llegar lejos, siempre estás en cada ola que chispea mis pies, mirándome de esa manera suplicante para que me adentre a las aguas cristalinas, y lo he hecho tantas veces, pero el agua no ayuda… cada vez es más agresivo el hecho de querer llegar un lugar que no es el destino.

Entonces el caos se muestra; son tantas puertas abiertas, y cada una posee una luz cegadora. ¿Quién diría que tanta luz llevaría consigo tanta ofuscación?

He dejado sobre la mesa mis últimas palabras hacia ti, pero es tanta revelación que las dejaré sobre aquella vela que encendiste para ambos intentado acompañar la soledad que nos brindábamos aun estando juntos. Espero veas estas letras, antes de que el papel se queme.

Yaretzy Elizalde ®

“Casi tan igual… ¿No?” – Ana Yaretzy

Hoy he hablado con la experiencia. Fue extraño. Se sentó frente a mí y solo me observo por unos minutos. Después de un rato las palabras brotaron de mí hacía ella. Quería gritarle, quería que me dijera porque me hacía vivir momentos donde simplemente parecía estar en una caja de cartón, sin que el aire entrara. Me dejaba en momentos donde solo tenía que ver, callar, y seguir. Una rutina que además de enseñar, dolía. Quería lanzar toda aquella amargura que alguna vez me dediqué a crear por culpa de ella misma.
No obstante, solo pude articular que me había enseñado demasiado, que después de todo aquí seguía, que después de todo cada decisión que tomara siempre tendría algo que enseñarme. Hasta ese momento ella no había hablado, solo seguía mirándome. La experiencia era demasiado hermosa, alumbraba su alrededor. Pero tanta luz siempre tiene un rincón oscuro.
Me observó de aquella forma que parecía estar viendo a través de mí y dijo;

Nunca me voy a detener. Cuanto tu más hagas, más haré yo.
Si tu rompes, te cortarás. Si tu arreglas, crecerás. Yo no decido que hacer con tu vida, tú lo haces. Sí has plantado una flor y la admiras todos los días al amanecer, creces. Pero si tú la has cortado de raíz, romperás aquel bello cuadro que el amanecer y la flor te daban. Recuerda… Siempre hay decisiones que te harán crecer, y otras que te harán querer desaparecer.

Ahí entendí que la experiencia pese a estar tras nosotros, parece estar enamorada de cada uno. A veces te enseña tanto, y te hace tan fuerte por como te hunde en las aguas amargas. Y otras veces te pone en la cima de un éxito que se siente glorioso. Casi tan igual como el amor. ¿No?

Ana Yaretzy ®

La vuelta a casa

LA VUELTA A CASA

I

Ha sido una noche de lo más aburrida. No me apetecía salir y al final Elena me ha convencido, como siempre que se empeña en que hay que hacer algo. La quiero mucho y es mi mejor amiga, pero me pone de los nervios tener que ceder constantemente para que ella se lo pueda pasar bien.

Pues nada. Allí la he dejado, con el morenazo de ojos negros con el que no ha parado de coquetear en toda la noche. Tres son multitud y he preferido irme a casa que permanecer allí un minuto más. Se notaba que sobraba, y yo lo único que quiero es llegar a casa, ponerme el pijama, y ver alguna película antigua mientras como palomitas esperando caer en los brazos de Morfeo.

Como decían los noticieros, esta noche es gélida. Tendría que haber cogido un taxi, pero me apetecía andar para refrescar las ideas y poner en orden mi mente, si es que se puede poner orden al caos que impera ahora mismo en mi vida. Y es que soy un auténtico desastre, sé que debería ser más ordenada y tener más cuidado de las cosas, pero yo soy así, qué le voy a hacer. Hasta se me olvidó poner a cargar el móvil y ahora me he quedado sin batería; menos mal que no soy adicta a este pequeño diablillo y a la tiranía de las redes sociales.

De repente me parece escuchar pasos detrás de mí. No puede ser, son las tres de la mañana y debo ser la única loca a la que le da por pasear a estas horas por estas solitarias calles. Pues no, efectivamente alguien camina detrás de mí con paso firme y ligero; seguro que es algún vagabundo u otro loco como yo que prefiere caminar a coger un taxi, pero no sé por qué empiezo a sentirme un poco inquieta, la verdad es que si fuera un loco degenerado tendría poco que hacer porque a estas horas todo el mundo está durmiendo y no podrían escucharme.

Vale, decido girar en la próxima calle a ver qué pasa, seguro que pasa de largo y no tengo de qué preocuparme, y así lo hago. Giro sin pensármelo un momento y empiezo a aligerar el paso, afino el oído para escuchar si los pasos continúan detrás de mí y para mi sorpresa, quien sea que me sigue gira igual que yo, y la ansiedad se apodera de mí al escuchar que los pasos también se han acelerado, haciendo que mi respiración se desboque y que el vaho de mi aliento forme una espesa neblina ante mis ojos.

Ahora me da por pensar en las macabras historias y leyendas que, cuando eres joven, te hace gracia contar con las amigas en las divertidas veladas de chicas o fiestas de pijama. En ese momento parecen muy divertidas y no sé por qué, pero el morbo de producir inquietud y miedo resulta hasta atractivo, cuando sabes que te encuentras a salvo, entre las paredes de tu hogar y rodeada de gente que te quiere.

Pero ahora, el efecto no es el mismo. Tal vez en cuanto llegue a mi casa me reiré de mí misma por estar inquietándome, a cada segundo más, a medida que escucho como los pasos que se escuchan detrás de mí van ganándome terreno y dándome alcance. No puedo evitar recriminarme no haber tenido previsión para no quedarme sin batería en el móvil.

Intento acelerar mis pasos, aunque los estupendísimos zapatos de tacón que me puse para estilizar mi figura no me resultan nada apropiados para correr, y de hecho mi tobillo derecho se tuerce cuando intento acelerar el paso, así que no tengo más remedio que aminorar la marcha.

Vale, piensa, serénate, seguro que no es más que otro viandante que, como tú, se dirige a su hogar. Sí, seguro que es eso… Pero, ¿y si no?

El miedo se apodera de mí. Es un miedo irracional porque no tengo motivos, pero empiezo a imaginarme a merced de un asesino despiadado. Empiezo a recordar cómo muchas jóvenes han desaparecido de camino a sus hogares y han sido torturadas y violadas, sufriendo en medio de lo que tuvo que ser una auténtica pesadilla. Empiezo a llenar mi cerebro de imágenes de películas, que ahora preferiría no haber visto, y sé que tengo que pensar en un plan alternativo a correr, porque con mi tobillo torcido y estos malditos zapatos de tacón, estoy segura de que mi perseguidor me dará alcance en breve.

Entonces lo veo. De uno de los portales de la acera de la izquierda sale un hombre de mediana edad a tirar la basura. Entonces corro, corro más de lo que he corrido hasta ahora, aún a pesar del dolor de mi tobillo, y me pongo a su altura.

  • ¡Hola buenas noches! — me dice el hombre con cara de asombro. Debo tener un aspecto cómico vestida de fiesta y sofocada muerta de miedo.
  • Sí, bueno… no sé…
  • Muchacha ¿necesitas ayuda?

Analizo la escena rápidamente. Puedo esperar a mi perseguidor, que no sé quién es ni lo que quiere; o puedo entrar con este buen hombre y llamar un taxi para que me acerque hasta mi casa.

  • La verdad es que, si fuera tan amable, agradecería que me permitiera llamar a un taxi. Me he quedado sin batería en el móvil, es muy tarde y me he torcido el tobillo.
  • Por supuesto, me llamo Alfredo. Pasa a mi casa y llama al taxi. Es muy tarde para que una joven como tú vaya sola por la ciudad.

El que se supone que era mi perseguidor pasa por mi lado, y me doy cuenta de que mis miedos eran totalmente infundados. Un joven que parece volver de fiesta como yo me adelanta sin mirarme y sigue su camino sin tan siquiera percatarse de mi presencia. ¿Seré tonta?

El caso es que este hombre ya se ha ofrecido a ayudarme y me sabe mal despreciar su ayuda después de haberse mostrado tan amable, así que accedo a entrar y llamar a un taxi. Al menos llegaré a casa sin pasar frío y sin cansarme, y el tobillo, ahora que me he parado me mata de dolor. Así que entro en la casa de este buen hombre.

  • Ponte cómoda. El teléfono se encuentra en la mesa de la esquina. ¿Quieres un vaso de agua o un refresco?
  • Muchas gracias, no quiero molestarle más. Llamaré al taxi y me iré. Ya he abusado demasiado de su amabilidad.

El hombre se va a la cocina, imagino que él sí que quiere beber o va a cambiar la bolsa de la basura, y yo me dirijo a la mesa sobre la que se encuentra un antiguo teléfono de los de rueda. Me recuerda a los que salen en las películas antiguas y me hace mucha gracia ver que aún hay gente que utiliza estos modelos.

Entonces me fijo en la decoración de la vivienda y la piel se me eriza. Es como si hubiera retrocedido cuarenta años de repente en el tiempo. Este hombre vive anclado en la época de sus abuelos y el ambiente empieza a no gustarme nada. Llamaré al taxi y me iré rápidamente de aquí. Si los pasos resultaban amenazadores, ahora parece que me haya metido en la boca del lobo y yo solita, y no puedo evitar que un escalofrío recorra mi columna vertebral.

Cojo el teléfono para empezar a marcar y llevo el auricular a mi oído. Marco el primer número y… el terror se apodera de mí. NO HAY LÍNEA.

Me giro y el hombre se encuentra en el umbral de la puerta con un cuchillo en la mano.

II

El pánico se apodera de mí. Estaba tan asustada pensando que me seguían que me he metido en la boca del lobo. La visión se me nubla y la respiración se me acelera hasta el punto que es lo único que escucho en mi cerebro.

Concéntrate Eva, concéntrate, aún estás viva, aún puedo correr, si es que el tobillo no me falla. Entonces disimuladamente me quito los odiosos zapatos de tacón y escucho que Alfredo me dice algo, pero no consigo escucharlo porque cuando veo que se acerca hacia mí, empiezo a gritar.

Alfredo me habla, pero yo lo empujo con todas mis fuerzas en cuanto lo tengo a mi altura, y salgo corriendo gracias la adrenalina que ha generado mi cuerpo, porque de otra manera sé que no habría podido hacerlo.

No siento ni mi tobillo cuando de un salto dejo a Alfredo mascullando algo a mi espalda, pero no tengo intención de entretenerme en escuchar lo que sea que quiera decirme, y llego hasta la puerta de la entrada de su vivienda. Los nervios hacen que las manos me tiemblen, el sudor comienza a empapar mi sien y casi no atino a girar el pomo de la puerta.

Entonces salgo a trompicones por la escalera. Aunque siento que el tobillo me duele como si estuvieran golpeándolo con un martillo, no me paro a coger el ascensor. Bajo tropezando por los escalones y justo cuando llego a la puerta de la calle me caigo de bruces. En el suelo del zaguán escucho como Alfredo grita algo…

  • Muchacha, que el teléfono bueno era el que estaba en la esquina… el inalámbrico, ese es de adorno… No voy a hacerte daño, salí para decírtelo. Dios, que el cuchillo lo estaba guardando… no haría daño ni a una mosca.

A estas alturas ya no sé lo que creer, y la verdad es que no tengo intención de pararme para averiguarlo. Así que me pongo de pie como puedo, abro la puerta y salgo a la fría calle.

La calle sigue a oscuras, gélida, y yo voy descalza porque es la única manera que se me ocurría para poder correr, correr tanto como mis fuerzas y el tobillo me lo permitieran. Y yo salgo corriendo sin pensar en el dolor, sin pensar en que voy pisando basuras y colillas que la gente ha dejado tiradas, creo que he chafado hasta el excremento de un perro, y la verdad que me da igual. Sigo corriendo tanto como puedo sin mirar atrás, sin atender a las súplicas de Alfredo, y tan solo corro. Creo que mi tobillo se partirá de un momento a otro, pero solo quiero escapar y corro.

La calle sigue solitaria, pero al final, apoyado en una farola me parece vislumbrar la silueta de un hombre. Suspiro, tengo tanto miedo, estoy tan aterrorizada que me parece un ángel y lo único que quiero es llegar hasta él para pedir ayuda. Dios, quiero llegar a mi casa y salir de esta pesadilla.

Mientras corro hacia la farola, donde veo que se encuentra mi salvación, me caigo de bruces, he apoyado mi pie sobre algo cortante y me he rasgado la planta del pie. El tobillo me va a reventar, la planta del pie noto que se me ha abierto, y al caerme siento que me he destrozado las rodillas. Todo el cuerpo me duele y tumbada sobre el asfalto solo puedo llorar.

  • ¡Ayudaaa…! — a penas tengo fuerzas para gritar y la voz me sale ahogada. — Por favor…ayuda — sollozo y entre gemidos intento levantarme, pero las fuerzas me fallan.

En ese momento levanto mis ojos y veo como el hombre se acerca hasta donde me encuentro tirada gimoteando. Lo miro, me suena de algo.

A medida que se acerca me doy cuenta de que ya lo he visto. Sí, lo he visto. Era el muchacho que me seguía cuando me asusté en el callejón. Era él el que me acechaba y luego pasó por mi lado como si nada cuando me puse a hablar con Alfredo… ¿qué hace aquí?

El muchacho se acerca hasta donde me encuentro, me mira, y esa mirada me sobresalta porque es una mirada vacía, tan fría como la noche que va a recibir mi alma, porque ahora lo sé, mi hora ha llegado y no voy a poder hacer nada para impedirlo.

 

 

“Un par de ojos” – Ana Yaretzy

Podría a ver dejado que mis penas se las llevara el agua. Qué se las llevara tan lejos que en horas no las recordaría, pero era amante de guardarme el dolor.

Mientras tanto solo pude caer de rodillas en la esquina de la habitación. La luz se encontraba apagada.

Llorando, me encontraba.

Transpirando, como si en el desierto me encontrara.

Cuánto había pasado mi alma y cuerpo por unos simples ojos. Qué además de mirarme con esa chispa atrapante, simplemente no daban más. Mientras yo me encontraba dando incluso la vida si la situación me lo pedía.

El alma se me marchitaba y no podía dar vuelta atrás.

Pero… yo misma; me amaba, me quería, me valoraba. ¿Porqué esperé a que esto sucediera?

De pie en la esquina de la habitación, recargando mi frente en la fría pared azul, apreté los puños y por fin lo acepte;

Merecía más, merecía alguien que además de mirarme, me amara, y que además de amarme, me aceptara. Eso y más.

Suficiente y valiente. ¿Qué más podría pedir? Sí la vida la tenía, solo tenía que saber vivirla, y no consumirla por un par de ojos. Qué, para ese momento, ya estaba consumiendo otra alma, ya estaban bañando de penas otro pobre cuerpo.

Ana Yaretzy ®

Lucha rosa

I

Se rompe la calma de mi tiempo

en el segundo en que te cruzas ante mí,

y ya no habrá gozo si te miro

y me observas,

si te noto

y no te vas,

si te nombro

y te quedas,

ya no habrá en mí marcha atrás.

 

Se atropellan los segundos en mi mente,

empiezo a observar mi vida pasar.

Se aglomeran los momentos que he vivido

para añorarlos si no vuelven nunca más.

¿Qué me pasa?

¿Qué me ocurre?

¿Qué me invade?

¿Qué me arrasa?

¿Quién te dio permiso cáncer para entrar?

¿Quién te dijo que anidaras en mi cuerpo?

¿Quién te dijo que te podías quedar?

 

II

Sólo nombrarte oscurece mi momento.

Solo escuchar que te quedas me apabulla,

aniquila la esperanza de mi tiempo

y me invade la tristeza y la amargura.

Sólo nombrarte me estremece en un segundo.

Sólo saberte me apabulla el corazón,

me desgarra de agonía tu semblanza

y me ahogo entre suspiros con mi yo.

 

¿Cómo entraste de puntillas en mi vida?

¿Cómo entraste y te viniste a quedar?

¿Por qué llegaste a bandazos sin permiso?

¿Por qué me arrasas sin dejarme opinar?

 

Y no hay calma que me lleve en este instante.

Y no hay descanso, sosiego ni placidez,

solo la agonía que me inunda por segundos

pensando si tal vez mi vida…

si tal vez

no vuelva a haber vida en mi ser.

 

III

Miro al cielo azul intenso en la mañana.

Miro el firmamento que se expande ante mí.

Miro la dulzura en tu mirada,

tu sonrisa que me mima,

las estrellas de tus ojos

y lo sé.

Sé que mientras tenga un hálito de vida lucharé.

Mientras queden en mi alma los suspiros,

mientras lata el corazón que ahora me acuna,

mientras tenga vida amor,

yo lucharé.

Lucharé entre las rosas con espinas,

entre sus pétalos perfumados de pasión,

entre esa rosa que se alza con dulzura,

entre sus ramas, un beso, una caricia y tu amor.

Y aunque atraviesen sus espinas.

Y aunque se vierta la sangre de mi herida,

en la lucha ni cáncer, ni amargura,

tu perfume rosal, dejará esencia de esta guerra,

y teñirá de rosa esta lucha…

tú lucha,

mi lucha

NUESTRA LUCHA.

 

 

 

“Dile al río que deje de fluir”- Ana Yaretzy

Quisiera gritarte absolutamente todo, porque es lo más estúpido y mejor que me ha malditamente pasado. No podías hablarme como si tú fueras quien iba a bajar la luna para mí y después parecer que tú mismo serías quien me la quitaría para lanzarla lejos de mí.

No podías sonreírme como si yo fuera el motivo… para después dedicarme miradas de tremendo rencor.

Tal vez podías disimular, pero no era tu fuerte. Tu eras quien eras sin importar como. Así eras tú, así eres…

Entonces, si me he enamorado de un alma que no cambia, ¿Porque la mía parece querer cambiar para merecer la tuya?

Me he quedado ciega ante la realidad, y me he inventado la mía misma. Tan fantasiosa y extraña.

Obligandome a no sentir cuando simplemente la sensación fluía. Y simplemente, no podía decirle al río que dejara de fluir. No podía decirle que detuviera la rapidez con la que el agua se manejaba, que los pequeños granos de arena que se levantaban se quedaran justamente donde se encontraban, que las piedras que viajaban a una velocidad prudente en el, se quedaran estáticas. No, simplemente no podía detener la tormenta como si fuera la madre naturaleza.

Ana Yaretzy ®

“Agua Salada” – Ana Yaretzy

Te comparaba mucho con el mar.
Cada vez que asistía era imposible no recordarte.

Te encontraba en cada ola fresca, como esas veces que mi piel tenía demasiado calor, que incluso ardía mi alma. Me adentraba a las olas lentamente refrescando todo a su paso. Así eras tú. Así te miré siempre; algo sumamente refrescante.

También te recordaba como aquel juego donde me acercaba al mar… pero cuando las olas venían, yo corría, me alejaba de ellas intentando que no me tocaran la planta de los pies. Intentando que no me refrescaran.

Pero amaba el mar, me gustaba ver ese atardecer que bien podría a ver comparado muchas veces con tu mirada.

Amaba el hecho de que a tu lado la pequeña ave en mi pecho volaba, y no se quedaba encerrada en su jaula.

Añoraba el hecho de que la marea subía por las noches, así como las promesas entre tú y yo lo hacían.

Y ahora… ¿Dónde estás? Qué no te encuentro.

¿Qué acaso el mar te ha llevado lejos de mí?

¿Qué acaso el mar como lo más salvaje se llevó a lo más venusto de mi vida?

Ahora no podía tocar siquiera el agua de la orilla, ahora siquiera no podía ver las aguas saladas. Me dolía tanto sentirlas y que tú ya no estuvieras.

Y aquí estoy, con la venda en los ojos, pero oliendo la brisa fresca del agua salada solo para recordarte, aunque duela.

Ana Yaretzy ®