IX. FUTURO -Eduardo Ramírez Moyano-

Cuando conocí el Paraíso de los ex-dioses que me transportó, si se puede decir así, al ex-finito, en el ático del club “La Rosa de Venus”, todo lo que había vivido hasta entonces me pareció superfluo.
Allí sí que se jugaba duro. En lo que dura un cigarro, podías pasar de tener el mundo a tus pies a perder la vida. Algunos caían desmembrados sobre el pavimento violáceo y dos androides zeta se dedicaban a limpiar los restos y alfombrar de nuevo.
En mi primera incursión virtual, tuve la suerte de conocer a mi ex-dios, tal emoción fue el catalizador genético que me recombinó transformándome en niño-camaleón, con lo que podía enfrentarme a cualquier adversidad gracias a la capacidad de cambiar de color e identidad según el contexto.
Ya no era un niño-porcino. Había trascendido al Mundo de las Ánimas, allá donde no tenían acceso los poderosos. Había cruzado el límite del cuerpo y a partir de ahora era energía en estado puro… En cuestión de milisegundos mutaba de Azathot a Siddhartha, de Jesucristo a Mefistófeles, Shiva, Brama… Yo ya no era yo, era el mismo Abraxas. En mi mente cabía todo el Mal y todo el Bien. Si inclinaba la balanza hacia el Bien, como ideólogo de los niños-tritones y los niños-anfibios en la sombra, los poderosos sucumbirían por fin ante una nueva Unimente mantis justa y equilibrada, recuperando el apoyo de las larvas rosa, y trazando el plan de ruta para un nuevo Orden Mundial más justo, equitativo e igualitario.


-¡Mirad, tiene los ojos en blanco! -señalaron tres supra-mentalistas.


-¡Ha alcanzado el Nirvana! ¿Quién eres? -exclamaron ya en grupo.

-Tranquilos. Soy el final del Nuevo Orden Mundial.


Y así nacería la leyenda de Néstor, el que es recordado, ascendido a Deidad por el pueblo, que cambió el curso de la Historia para siempre.

VIII. Alizze -Eduardo Ramírez Moyano-

Me encontraba resacoso de pentanol en uno de los habitáculos dobles del sector 4, piso tercero, en el interior de La Rosa de Venus. Era un diseño japonés, pequeño y útil, suficiente para pasar una noche al resguardo de la intemperie y, si se poseían los mini créditos necesarios, tener acceso a compañía femenina a un módico precio.
Mi cabeza reposando sobre su vientre luminiscente daban a la estancia un aspecto mágico y futurista; a veces, el amarillo de la luciérnaga se fundía con el neón azul que filtraban los cristales de la mampara, y el conjunto de brillos otorgaba a la morada un aspecto ciberpunk retro, imposible de describir.
Pero cuando te asomabas por la ventana y contemplabas a todos aquellos niños-bicho envueltos en su doble piel de látex, intentando pescar información, casi siempre en vano , te invadía una sensación de impotencia desquiciante, no éramos sino peleles jugando su juego, el de los poderosos, como hámsteres en un laberinto sin salida.
Por ello, cuando Alizze, mi lumi de esa noche, me susurró:

-Y tú, ¿has estado “arriba”?

Me quedé perplejo: ¿A qué se refería?, ¿serían verdad las habladurías del “ático”?

Debía descubrirlo cuanto antes.

Foto: Videojuego Cyberpunk 2077

VII. La Rosa de Venus -Eduardo Ramírez Moyano-

Los días son neutrones de tristeza bailando valses de incertidumbre al compás del Nuevo Orden Mundial. Las tardes no existen para los niños-bicho entre los confinamientos y los toques de queda, mientras los niños-cucaracha terminan otro complejo habitable fuera de CoronaTierra.
Entre las medias verdades de los Belcebúes de turno y las acciones criminales de los psicópatas del chip, las calles estaban atestadas de infantes muertos que manaban sangre en forma de bits.
Esta era la cruenta realidad en el interior del laberinto de la ciudad.
Lejos, muy lejos de las metrópolis, en La Laguna, los niños-pez intercambiaban información de alto secreto sobre los poderosos, al tiempo que niños-anfibios retirados, con tantas prótesis como para construir un ejército de robots domésticos, llenaban el club “La Rosa de Venus”, que iluminaban las niñas-luciérnagas cuando estaban disponibles, encendiendo lascivamente, de color picante, sus traseros al caminar en un movimiento de nalgas divino y deslumbrante.
A mí, hoy, aún me quedaban dos horas de “pescar” información confidencial y hacer amigos peligrosos, antes de gozar en el local de vicio otra noche más.

VI. “LA LAGUNA” -Eduardo Ramírez Moyano-

Los tentáculos del Kraken oprimen mis genitales hasta no saber cuándo lo hice por última vez con una mujer real. Me he recombinado tantas veces con seres bicho, que mi ADN es el mapa siniestro y aterrador de un universo en declive.
Inhalo más tetra-deux, cualquier cosa es preferible que morir a manos de los niños-cucaracha o ser sentenciado por los niños-mosquito en una charca de mala muerte. Si hay que morir, que sea en los vergeles de Zaorín, en compañía de los ex niños-mantis disolutos, por sobredosis de placer femenino y drogas sintéticas de bolsillo, allá donde no tienen cabida los poderosos, preocupados siempre por trepar y trepar más en las grandes metrópolis plagadas de rascacielos.
Es el ahora o el nunca. Debo viajar al oeste. Tengo que hablar con los círculos de resistencia al Nuevo Orden Mundial. En “La Laguna” tendré tiempo para meditar y para follar.

V. NASU -Eduardo Ramírez Moyano-

Las noches son largas y llenas de terror vírico mutante constante, ya no se sabe quién gobierna en CoronaTierra si no es la mismísima saña del Uñado.
Corren los niños-bicho sin techo bajo la lluvia ácida del Invierno, vagan bajo las alcantarillas enmohecidas los bichos más desvalidos, mientras en los elevados rascacielos de los centros neurálgicos del mundo, cucarachas y mosquitos debaten el próximo punto del destino.
Un futuro distópico que parece haber sido delineado con una pluma 3D por los poderosos en algún foro secreto. Y ese hermetismo volvía locos a los niños-escarabajo, y en concreto, al gran Nasu, líder revolucionario, en busca y captura por terrorismo en varios Estados, que encabezaba virtualmente las multitudinarias manifestaciones en contra de las medidas tomadas por los gobiernos y había apoyado, de manera sibilina, las dos originales rebeliones navideñas de los niños-hormiga que tanto dieron que hablar.
Ese hermetismo de los dirigentes mundiales es también lo que hacía echar chispas a la Unimente, que no podía más… Ningún niño-mantis estaba dispuesto a claudicar, a ser marcado, a ser recombinado de nuevo en un “Centro de Alto Nivel”, como pretendía la esfera dominante globalista.
En cuanto a Néstor, tenía suficiente con sobrevivir como niño-porcino un día más.

IV. ORÍGENES -EDUARDO RAMÍREZ MOYANO-

La última escena que recuerdo antes de la aparición del Coronavirus sobre la faz de la Tierra es estar sentado bajo una sombrilla, junto a mi novia, tomando un mojito frente a la playa de Lanzarote; después, todo se vuelve gris y los días se tornan negros.
Advertencias, peligros, televisión, noticias, pandemia, muertes…
Reúno todos mis ahorros y viajamos a un “Centro de Alto Nivel”. Allí nos separan y ya no vuelvo a ver a Claudia.
En una aséptica sala recombinan mi ADN con ADN porcino. Esto lo supe luego. Después de mis primeras auto-lesiones en un apartamento alquilado de la metrópoli.

-Los cortes y la grasa que le descuelga las orejas y el labio inferior cada vez aumentarán -dijeron los doctores que me curaron las heridas en el hospital del centro.

-¿Por qué? – pregunté asustado. Todos callaron.
Cuando se hubieron despedido y me marchaba por el pasillo hacia la puerta, una enfermera asustada se acercó sigilosamente hasta mi cogote y me susurró: ¿Por qué? ¡Porque eres un niño-porcino! Lo siento, tenemos el deber de decírtelo… Son los efectos secundarios de la recombinación genética, que ya constituyen todo un síndrome, están surgiendo toda clase de horrores que clasificamos como niños-bicho. ¡Esos malditos centros son la demostración del fracaso más siniestro de la ciencia!

-¡Gracias, Elena! (Leí su nombre en la placa)

-¡Suerte, Néstor! Y recuerda, los de tu especie, si es que os podéis llamar así, sois extremadamente sensibles, ten mucho cuidado ahí fuera…
Volví a darle las gracias, esta vez acompañadas de un abrazo de agradecimiento. Y salí al aparcamiento.
Durante un lapso de tiempo me quedé parado y pensativo. El futuro que me esperaba era terrible, pero al menos ya conocía mi identidad. Ya sabía la monstruosidad que era o, mejor dicho, que habían hecho conmigo, en lo que me habían convertido.

Foto: Pedro-Luis-Ajuriaguerra. Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia (España)

III. VÍCTIMAS Y VERDUGOS -Eduardo Ramírez Moyano-

Sueño con fuegos fatuos y charonias, palmeras y tréboles azules, elipses de mundos imposibles… Y, entonces, despierto… ¡Despierto en una jaula de acero entre charcos de sangre y niños-bicho desmembrados! Las moscas hurgan la carne, todavía caliente, y revolotean pertinazmente, pretendiendo meterse en las heridas que los flagelos de los niños-rata han rajado por todo mi cuerpo. No puedo dejar de oírlas zumbar, hasta que dos niños-cucaracha bien trajeados, impecables y relucientes, negros e inquisitivos, aseveran: ¡A éste no lo matéis todavía!
La frase resuena en mi cabeza: Todavía… Todavía me queda algo de vida. Mas cuando apenas he empezado a pensar que puedo sobrevivir, por ejemplo, trabajando, aunque sea duro, para ellos, ¡Santo Dios!, alguien abre el portón de la prisión y una veintena de niños-mosquito, babeando espuma y desorbitados los ojos de ira, comienzan a clavarme sus largos aguijones por todo mi ensangrentado y débil cuerpo, que ya casi no aguanta tanto dolor y veneno.
Antes del desmayo, mientras un velo de sangre baja como una cortina por mis córneas, consigo discernir a Luzbel en una esquina de la estancia, sentado en su trono y bebiendo de una gran copa mi líquido vital.

Foto: Extraída de la exposición “AVATARES 2020”, de Eduardo Ramírez Moyano.

II. EL REINADO DEL TERROR -Eduardo Ramírez Moyano-

El vientre de CoronaTierra era un hervidero de sierpes ciegas, de terrores mutantes imperdonables, en un circo de payasos sin cabezas, de noches perpetuas…
Cuando llegó el Invierno, la temida Parca se desplazaba en trineos tirados por Cancerberos locos a lo largo y ancho de los continentes.
Caronte no daba abasto, se acumulaban los cuerpos sin vida y había que incinerarlos. El Señor de las Tinieblas parecía haber establecido con orgullo su Reinado sobre la faz dolida de CoronaTierra.
Los niños-porcino que habían conseguido eludir las argollas con que niños-sádicos (ratas y cucarachas) les sacaban a pasear, para jactarse ante el mundo de su diabólico poder, se escondían en los viejos y sombríos túneles o alcantarillado más vetusto, a veces, se autolesionaban; debido a su enorme sensibilidad, llegaban a suicidarse, y otras veces, huían hacia los campamentos de niños-mantis, que los acogían piadosamente.
El nuevo orden mundial funcionaba a la perfección, gracias al mecánico y necesario rodar de la máquina de la gran urbe, que representaban los sufridos niños-hormiga, explotados por los niños-mosquito.
Y, de vez en cuando, un atentado en la metrópoli atribuido a los niños-escarabajo, que con la cabeza tapada, nunca se les podía identificar.
El mal no era una condición moral, sino un sistema de vida.

Foto: Internet