EL ANILLO CAMALEÓN / EDUARDO RAMÍREZ

Erase una vez…

La historia de un niño que se llamaba Dudu.

Andaba caminando un día por el sendero, jugando a hacer rebotar sobre la superficie del río unas piedras, cuando un objeto luminoso le llamó la atención entre los chopos. Se acercó hasta éstos para verlo mejor y observó que era un anillo precioso.

-¡Qué bonito! -exclamo Dudu. Lo recogió entre sus manos y, ¡cuál fue su sorpresa!, cuando el anillo empezó a cambiar de color: Rojo, verde, azul, lila… Todos los colores del arco iris. De pronto pasaba de ser dorado como el oro a rojo como una rosa. Y así, en cada segundo, era de un color distinto.

Dudu entornó los ojos y se dio cuenta de que había algo grabado en el anillo. Se lo acercó intrigado para leerlo y había inscrito: El anillo camaleón.

-¡Qué guay! -dijo entusiasmado Dudu- ¡qué interesante! Y se lo puso enseguida en el dedo.

Continuó caminando hacia su casa mientras pensaba en el lindo anillo, en los bellos colores que irradiaba al darle la luz del sol a través de las hojas de los árboles.

Mientras bebía agua en la fuente del  arroyo, pensó: Me gustaría ser como los niños mayores, que pueden hacer de todo. Y, de repente, un hada envuelta en purpurina le convirtió en un chico joven de veinte años. Se miró los brazos, grandes y fuertes, y quedo entusiasmado:

 -Soy mayor -gritaba mirándose el cuerpo- Puedo hacer lo que quiera.

Muy contento, lo primero que hizo fue correr hacia su casa para contárselo a su familia. Daba saltos y parecía que volaba con unas piernas musculosas.

Pero, al llegar a su casa, cuál fue su sorpresa, cuando sus padres, asustados al no reconocerlo, le echaron a patadas de allí creyendo que era un ladrón y con el cuerpo lleno de moratones.

Dudu, entonces, se fue hasta el pedrusco del rodeno llorando y se sentó bajo su árbol favorito. No podía quitarse el anillo y estaba muy dolorido.

Dudu quedó pensativo mirando al horizonte. No sabía qué hacer. Pero en ese momento, una carroza preciosa impulsada por dos corceles de crines plateadas  atravesaba el pasaje a gran velocidad. Era el carruaje del rey Damián protegido por sus soldados.

-Un hombre apuesto, elegante, rico y poderoso. Así me gustaría ser, como el rey–  se dijo Dudu asombrado. Y, en ese instante, el hada de purpurina le transformó en el rey Damián.

La brisa soplaba en su rostro, al tiempo que contemplaba todo el paisaje verde donde había nacido y crecido como un sueño hecho realidad. Mientras dos bellas damiselas le engalanaban y perfumaban dentro de la carroza.

-¡Sí, guapo! Lo que usted guste, mi señor -decían ellas, mientras bajaban el puente levadizo los soldados haciéndole una reverencia. Dudu estaba encantado.

Esa noche, en el fabuloso castillo, Dudu comió y bebió todo lo que quiso. Probó comidas exóticas y degustó alimentos que jamás en su vida había probado. Bailó con mujeres muy guapas en los jardines del palacio. Se reía con los bufones y sus graciosos animales. Había koalas, osos panda y toda clase de animalitos lindos. Y todo el mundo hacía lo que Dudu les decía: Quiero esto…  Ahora quiero aquello…

Cuando se cansó de dar órdenes, Dudu se acercó hasta un enorme estanque lleno de cisnes y miró hacia la luna. Mientras el frescor de la noche le acariciaba la cara, un soldado encapuchado saltó desde detrás de una estatua y fue hacia él empuñando una enorme espada.

Recordó que uno de sus sirvientes le había dicho que tuviera cuidado con el duque Fernando. Pero ya era demasiado tarde. Dudu se encontraba solo mientras la espada del duque rozaba su cuello.  En ese instante, el anillo camaleón brillo de nuevo y el hada le susurró a Dudu en el oído:

 -Dudu, elige, este es el último deseo, luego el anillo camaleón desaparecerá para siempre.

Y, sin dudarlo un segundo, Dudu dijo: Quiero volver a ser niño, como antes.

Eduardo Ramírez Moyano.

Un acto de sincera justicia * Susana Argueta

Las dos niñas eran la alegría de Carmen y Apolinar, los dueños del Rancho “El Tepozán”. La más grande, Idelfonsa, era hija de la tierra fértil y tenía los ojos de mar embravecido; la otra, Rosaura, era un sol de mañana fresca en un campo de ultramar. El amor entre las hermanas era entrañable, sin objeción alguna porque Idelfonsa no era hija de los patrones, sino una amorosa adopción. Rosaura había llegado de manera legítima tres años después, tras varios intentos infructuosos en diez años de matrimonio de los Pérez de Metepec.

Todos en la casa grande, en el pueblo y sus alrededores conocían la historia de Ildefonsa y apreciaban sinceramente el acto de Carmen y Apolinar de quedarse con la niña al morir Damiana, su madre, en el momento de traerla a la vida.

Damiana era hija de Juan, el capataz del rancho de los Pérez. Mientras éste pasaba semanas en el Tepozán cuidando de los terrenos de sus patrones, la niña aprendía las obligaciones de las mujeres de su raza, pero eso no le quitaba el travieso andar de las niñas otomíes, con gracia y soltura; sus recorridos descalzos al contacto con la tierra, la habían convertido en alma sabia, hablaba con las aves y cantaba con los riachuelos. Cuando miraba al sol, su morena piel sonreía. Sus diez años eran un canto a la vida.

Y un día ya no fue así. A Teresa, su madre, le picó un escorpión, de los güeros y se puso muy mal; tenía mucha calentura y sudaba frío. Damiana hizo lo que pudo, le dio té y le puso hierbas en el piquete, pero no mejoraba. Ya en la noche, dejó a sus hermanitos acostados en el petate y se encaminó al Tepozán a buscar a su padre.

En el cielo no había luna, pero Damiana no tenía miedo, conocía bien el camino, tenía que bajar la colina y pasar las nopaleras. Casi había llegado cuando escuchó el trote de un caballo. Creyó ver acercarse a los vigilantes del Tepozán, pero no eran ellos, sino Don Carlos, el dueño de la Rumorosa, la hacienda del otro lado del río.

El hombre la llamó por su nombre y entonces sintió miedo. No contestó y echó a correr, pero no pudo hacer distancia entre ella y el jinete que desmontó en un segundo, la alcanzó y la arrojó al suelo.

Damiana no lloraba, luchaba por zafarse de ese enorme cuerpo instalado encima de ella. Abrió la boca para gritar y un puñetazo la hizo callar. Su espíritu se evadió mientras su cuerpo se partía en pedazos con cada movimiento del ultrajador.

Un balazo rompió el silencio. El capataz del Tepozán vio de lejos la escena y llegó a galope, pero era demasiado tarde. Reconoció al cobarde al huir y a su hija al acercarse. Una oleada de furia se le alojó en las entrañas. No podía hacer nada, era un español.

Los siguientes nueve meses significaron la muerte lenta para Damiana. Su cuerpo de niña apenas soportaba  sus heridas y el creciente embarazo. Hablaba poco y  sus días no volvieron a sonreír. Teresa vivía con la culpa, hubiera preferido la muerte de escorpión a pasar por esta vergüenza.  Ningún hombre bueno iba a querer a su hija, se quedaría sola y su nieto sin padre, como tantos otros bastardos de Don Carlos.

La mañana del nacimiento de Ildefonsa, Doña Carmen encontró a Damiana sacando agua del  pozo. La vio muy mal. Con el permiso Juan y Teresa, se la llevó al rancho. La niña no sobreviviría al parto, estaba hinchada y se tambaleaba, le dolía mucho la cabeza. 

Esa misma noche, Damiana liberó su espíritu y la recién nacida fue cedida a Doña Carmen sin ningún remordimiento. En unos meses la reconocieron como hija legítima de los Pérez. Creció entre algodones, emanando en el mismo aire libre de su madre y ensanchando su corazón con la fuerza de su raza morena.

Muchos años más tarde, el día del cumpleaños de Idelfonsa, en Metepec corrió la noticia: habían matado a Don Carlos. Era muy fácil culpar a tanto malhechor deambulando entre los caminos. Los rebeldes andaban matando hacendados y haciendo justicia por propia mano. Tampoco a nadie le extrañó ver entre los jinetes justicieros a dos hermosas mujeres de no más de veinte años, una, rubia como el sol y la otra, hija de la tierra morena, con los ojos claros y porte de heredera señorial.

Publicado en “Hidalgo, legado de la patria”, Antología del 1er. Encuentro de Escritores y Poetas en el estado de Hidalgo (Occeg, 2019).

Imagen: Tlapacoya en flor. Susana Argueta.

¡Esta vida es una mierda! * Susana Argueta

Otra vez, atrapado en el tráfico, con este calor del demonio. Dos horas para llegar a la casa y encontrarme con la misma fría recepción ¿o diría decepción? ¡Es lo mismo! A nadie le importa si llego o no. Lo mismo, cada puta noche, la rutina, la cena fría, la cama vacía, el mismo locutor del mismo noticiero, a la misma hora, diciendo siempre tonterías. Y encima de todo, sin trabajo. Los ahorros no me durarían más de un mes con todas las compras-a-meses-sin-intereses con las que había comprometido más de la mitad de mi sueldo. Divorciado, sin hijos, pagando renta y ningún amigo de verdad.

¿Esta es mi vida? ¿En dónde me perdí? ¿En qué punto de mi vida tuve que haber dado vuelta en otra esquina? ¿Y si pudiera regresar el tiempo? ¿Y si me fuera dado volver a empezar? ¿Qué momento de mi línea del tiempo es el crucial?

Me quedé dormido pensando en esto. Soñé con mi novia de la secundaria. ¡Ah, la tierna Lola! Una muchachita hermosa, de buena familia, inteligente y enamorada de mí. Mi Yo dormido pensó que este sería un excelente momento para regresar el tiempo, casarme con Lola, tener los dos hijos que ella quería y una hermosa casa en Puebla.

Juro que no fue un sueño. Cuando abrí los ojos me encontré a Lola dormida junto a mí, en un lugar donde antes nunca había estado. Apenas amanecía, pero la luz entraba ya a chorros por el gran ventanal de la recámara. Dos niños irrumpieron y se treparon a la cama.

-¡Papá, papá! ¿Ahora sí vamos al parque?

¿Papá?

-¡Buenos días mi amor!, dijo una melosa voz a mi lado, – Es hora de levantarse, prometimos llevar a los niños a los caballitos y luego a la casa de mis padres. Es la fiesta familiar, no se te olvide.

¡Fiesta de la familia! ¡No puede ser! Con lo que me exasperan esas reuniones donde se habla de futbol, del nuevo bebé de la familia y los niños no hacen más que mirar el celular y pedir comida chatarra.

– Anda, cariñito, no seas remilgón. Ya te preparé tu ropa y el desayuno.

¿Esa era Lola? ¡No es posible! La niña linda, esbelta e inteligente se había convertido en una señora empalagosa y demandante. Yo que tanto evité tener hijos y nunca me gustó tener compromiso con nadie. No podía ser cierto. Había que regresar a la realidad, pero ¿a cuál? Yo no deseaba esa vida donde no había nadie para recibirme en casa, pero tampoco ésta donde todo era aburrido y banal. ¡Si sólo pudiera viajar! Tal vez sería menos detestable la convivencia con una señora encimosa y dos niños virtuales.

Estas reflexiones no vieron final. Resbalé con un miserable oso de peluche que los niños habían dejado en el suelo, caí de espaldas y todo se volvió oscuro. Escuche voces y gritos y luego, nada. No sé cuánto tiempo perdí la conciencia, pero desperté cuando sentí ahogarme con arena en la garganta.

-¡No te muevas papito! ¡Vas a deshacer nuestra montaña!

¡Puta madre! ¿Ahora qué? Me encontraba en una recóndita playa, bajo un sol infernal y con los dos mismos mocosos de antes enterrándome en la arena. ¿Dónde estaba su madre? ¡No! Mejor ni el intento hacía por indagarlo, no vaya a salir con su cremita para el sol o el masajito en los pies. Ya no quería familia ni viajes. Por primera vez en mucho tiempo extrañé a mis padres. Hacía varios años que habían muerto, pero la infancia no fue desagradable. Mucha vagancia, pintas de la escuela y amigos desarrapados, pero fue divertido. Y ya que este genio desconocido me iba concediendo los saltos en el tiempo, me decidí a hacerlo con toda la voluntad del mundo. Con tanta arena que tenía en la cara, me arriesgué a cerrar los ojos con fuerza y a desear mi infancia como condenado a muerte.

Nada. Seguía ahí atrapado en ese lugar del demonio y me di por vencido después de que la arena me irritara los ojos. En esas estaba pensando cómo escaparme y poner medio mundo entre esos niños y yo, cuando tropezó conmigo un despistado corredor que no se dio cuenta de que estaba enterrado vivo. Al caer, sus rodillas golpearon mi cabeza y me desmayé. Justo antes de perder la conciencia sentí estar girando dentro de un remolino.

Todavía mareado, desperté y lo primero que vi fueron unos enormes barrotes. Intenté levantarme, pero las piernas no me respondían, eran como pedazos de tela vieja, sin fuerza. Quise gritar. Mi garganta emitió un sonido  extraño; era mi voz, pero no entendí nada de lo que dije. Abrí la boca otra vez y entonces si se escuchó un chillido estridente y agudo.  Una mujer de rostro familiar se acercó y me acarició la cabeza. Su mano era suave y me transmitía calma y seguridad.

-¿Qué tienes mi cielo? ¿Tuviste pesadillas? Aquí está mamá que te va a cantar para que vuelvas a dormir.

¿Mamá? ¿Era mamá? ¡No podía ser! Me habían mandado al punto que yo deseaba, pero se les pasó la mano, quería estar con mis padres, ¡pero no tan pequeño!

Mi madre me cargó. No era desagradable, pero la sensación de vulnerabilidad era insoportable. No podía ni rascarme la oreja. Lo peor fue cuando me dieron el biberón. Aunque tenía hambre,  me hubiera gustado algo más sólido, una carne asada o un pancito tal vez. Lo peor fue lo del pañal, pero eso, mejor ni pensar.

¿Otro golpe en la cabeza? No fue necesario. No podía quedarme ahí, pero ya no quería desear nada. Cada encrucijada de mi vida se había convertido en un desastre. Después de que me dejaron solo en mi habitación y lloré por horas, me quedé profundamente dormido, cercano a la inconciencia.

No sé cuánto tiempo pasó, si fueron unos minutos, horas o tal vez días. La sensación era extremadamente placentera. Era como flotar, sin peso. La conciencia era también liviana o, más bien, nula. No había recuerdos, ni pensamientos.  Escuchaba lejana una melodía y el trasegar de la vida, pero no me tocaba. Yo era sólo un acto de fe, una idea en la mente de alguien o, tal vez, un deseo no formulado, pero latente, el momento de mi concepción divina.

Era la oportunidad que había pedido. Alguien me había concebido como un deseo irrefrenable de existencia y mi energía vital comenzaba a latir. Ese era el inicio. Todo lo demás era una cadena de decisiones. Era mi vida.

Decidí existir. De la nada se creó mi voluntad y entonces supe que cualquier momento, es el momento.

Escuche el sonsonete del locutor insípido y lejano.  Me miré dormido, en la misma habitación de antes y decidí abrir los ojos.

Publicado en “Mundos Extraños. Antología de Cuento Fantástico”. (Alja, 2019).

Imagen: Distorsión en el tiempo. Susana Argueta.

Un sueño * Susana Argueta

Escuchó el sonido de la alarma. Eran las 4:45.

Entre sueños repasó sus pensamientos de antes de dormir. El fin de semana había sido extenuante. Escribir hasta las cuatro de la mañana del lunes para entregar los borradores a la editorial y tener que despertarse en menos de una hora porque debía dar clase temprano. Era trabajo urgente. Adjuntó los archivos y envió el correo electrónico. Si, había terminado todo. No se pudo despertar.

Otra vez la alarma. 4:50.

Quedaban diez minutos todavía para levantarse. El método de los quince minutos antes funcionaba normalmente, pero ahora tenía más sueño que otros lunes. Dejó sonar la alarma. Sentía una angustia triste. Recordó la última parte de su sueño y la tristeza la invadió, no quería despertar, quería quedarse con él. Sabía que ya no podría. Sólo unos minutos más.

4:55

Esta vez escucho el sonido de la alarma mucho más lejano. De alguna manera lograba regresar conscientemente al sueño, lúcida y lejana. Tenía diecisiete años y estaba en la escuela. Podía ver los salones de clase, los estudiantes en masa ruidosa cruzando de un patio a otro en el CCH. Los salones de ladrillos blancos y él. Sí, él estaba allí.

Ya no escucho la alarma de las 5:00. Era otra vez su mundo, su vida.

  • Ven, siéntate conmigo.
  • Pero tenemos clase en el laboratorio.
  • Sólo unos momentos. Acabas de regresar.

Ella lo sabía. Había vivido muchos años, tenía hijos, un trabajo y mucho cansancio. ¡Estaba tan tranquila a su lado! Jalaron dos bancas y se sentaron juntos. Su mirada era la misma, su voz, los mismos intrascendentes temas de los que él hablaba. Se dejó llevar por la tranquilidad de verlo de nuevo y charlaron de todo lo que no habían vivido juntos, de cuánto se querían. Ella veía de reojo pasar a las otras, a las chicas que la envidaban por estar con el más guapo y se sentía segura. Sabía que él era suyo. Tantas veces que había vivido lo mismo,  no podía ser de otra manera.

“Tienes que despertar. Se te hará tarde para ir a trabajar”. Lo sabía. La mujer adulta seguía allí. Debía despertar y seguir la vida. ¡Sólo unos instantes más! Como siempre, despertaría a tiempo para bañarse, desayunar y manejar de madrugada,  hasta la escuela enclavada en lo alto del frío cerro donde daba clases a partir de las 7 de la mañana.

No era un sueño.  Era su boda, la de a de veras. Ella de blanco, él con frac negro. Miró su vestido. Se veía sucio, terroso. Tal vez se había manchado en las prisas por llegar a tiempo a la iglesia. Pero no importaba. El auto que los llevaría a la ceremonia nupcial estaba listo. Los niños, sus hijos, esperaban también, elegantes, la boda de sus padres. Se casaban después de años de vivir juntos.

  • ¡Te quiero! – le dijo él.

Ella no contestó. Su felicidad estaba condenada. Ella lo sabía, pero dejó su tristeza para cuando pudiera despertar. Había regresado apenas. Había pasado los años más grandiosos con él, mirando sus ojos llenos de amor, sintiendo sus besos que le hablaban de esta vida en otra vida, en otro mundo. No era un sueño. Su piel, sus manos, su cabello. Lo besaba una y otra vez para aprisionarlo entre sus labios. Quería impregnarse de todo él, poder retenerlo cuando la enviaran de vuelta. La angustia comenzó a crecer en su pecho y quiso llorar. ¡Todavía no!

Sonrió y ambos volvieron a las aulas del colegio. Tránsito de gente que viene y va. ¿De qué hablaban? De la vida que tenían en esa burbuja, de lo bien que era estar juntos. Caminaron por horas, recorriendo los lugares que ya conocían, saludando a todos los amigos, recordando lo que ya habían vivido.

5:15. Es hora.

“No te tardes. Ya lo sabes”. La misma odiosa voz de la mujer adulta que volvía a importunarla, pero que había que obedecer.

El día estaba soleado, como todos los días cuando volvía con él. Caminaban silenciosos de la mano, esperando de nuevo la separación. Ella se detuvo, lo miró de frente y se armó de valor. Ya no era posible postergarlo más. Tenía que decírselo. Tomó su rostro con las dos manos y se los dijo.

  • ¿Sabes que tú y yo no podremos estar juntos nunca, verdad?
  • ¡No me digas eso!
  • Lo sabes

No pudo escuchar su respuesta, los ojos de él se llenaron de desesperación. Ambos lo sabían. Ella maldijo el terrible bucle de tiempo en el que quedaron atrapados, la inevitabilidad de vivir una y otra vez el dolor de perderlo, la perturbación de su sueño, la misma historia repetida tantas veces. Besó  con ternura su rostro y él se disolvió en la bruma de la inconsciencia al despertar del sueño.

Publicado en “Mundos extraños. Antología de cuento fantástico”, Alja, 2019.

Imagen: Aureola. Susana Argueta.

Alarife –Daniel Olivares Viniegra–

Émulo de un tal Italo Calvino, se empeñó en inventar una ciudad como ninguna (o al menos un lugar donde pudiera habitar alguna criatura del todo igualmente jamás vista o concebida). Desahogó así todos los modelos posibles y plausibles, mismos que –por supuesto– iban desde Comala hasta Macondo y de Santa María (la de Onetti ) a Yoknapatawpha (la de Faulkner).  

En busca de los más diversos modelos recorrió exhaustivamente todos los rincones de castillos, templos, salones, torres y plazas, ubicados lo mismo en las inmediaciones de la isla Barataria, que vislumbrados por entre los cielos, ríos y cumbres de Heliópolis (la de Jünger), o bien tramontando bosques, selvas y desiertos, muy a lo Tolkien; todo ello por no incurrir en los ya desgastados tópicos desde siempre farfullados por el creador de Gulliver o el ínclito monje de Milk Street.

Luego de toda una –sin duda– esforzada vida, aunque lamentablemente plagada de infructosas pesquisas, dio al final con la clave para al menos denominarla. Se llamaría ciudad _ _ _ _ _ _ _, ubicada en un lugar de cuyo nombre ya no pudo acordarse; si bien su nombre cifrado sería abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz.

***

DELIRIOS DE LA VIDA-Alejandra Graciela

Erase una vez una chica cualquiera que por un tiempo pensó que era feliz
Usaba cosas para ocultar siempre quien era. Dejó que el mundo decidiera por ella. Pero la vida le enseñaría que eso nunca valdría la pena. Empezó a reír de los problemas, y a ser quien era.

Erase una vez una chica rota que pedazo a pedazo reconstruyó su camino.

Erase una vez una chica que empezó a ser feliz siendo un desastre, demostrando que en los desastres hay una sincera belleza.

Alejandra Graciela

CREADOR DE SONRISAS

Mascaras_VIPiero era sin duda un artista, toda su vida había estado rodeado de arte, sus máscaras lucían hermosas en el carnaval, eran obras maestras, inconfundible, su sello de identidad que estaba representado por la amplia sonrisa que dibujaba en cada una de ellas y en cualquier acontecimiento que requiriese ocultar el rostro de quién la llevase. Aquella mañana terminando un encargo que tenía, pensaba en su pronta jubilación, sus ojos se entristecían, habían sido tantos años trabajando en aquello que le hacía feliz que no imaginaba, su vida sin aquella tarea, que también hacía feliz a tantas otras personas. Sus máscaras sonrientes ocultaban de un modo u otro todas las penas y adversidades, momentos trágicos y amoríos infieles, pero siempre con una gran sonrisa. La noche se acercaba, a Piero aún le quedaba mucho trabajo, su descuido no había sido otro que aquel pensamiento triste que tuvo durante el día, demasiada tristeza tenía, que ahora, observando su encargo sentado en aquel taburete, con una de sus obras en la mano, veía como todas llevaban una mueca de tristeza…

Y comenzó a tener una conversación con él mismo… Todo en la vida tiene un principio y un final, una extraña percepción, me invade, me paraliza el respirar, no quiero que termine, que mi saber quede simplemente para contemplar, quiero daros vida y que sonriáis, que mostréis vida y alegría.

En aquel instante comprendió y continuó reflexionando… Mi ego es el que ha hecho que sienta de esté modo, no recapacité a tiempo, pensando qué solo yo, puedo crear sonrisas… Y ser el único creador… Legaré a mi hijo mi sabiduría en la creación y así nada morirá, cuando no esté, él será quien mantenga vivo el espíritu de las máscaras de Piero. Así fue como el maestro comenzó a ver, cómo cada una de las máscaras por obra de magia se tornaba sonriente, aliviando su conciencia en lugar de alimentar la prepotencia y el orgullo.

Adelina GN