Los anacoretas | Bryan Freire

Somos,
somos los que hieren, los que se conmueven.
Somos el universo,
atrapado en la lágrima de una mujer que solloza.
Somos los últimos hombres,
los que caminan en el Edén,
los rapsodas del inframundo.Somos la luz en las pupilas de Medusa,
somos la última cuerda del arpa de Pandora.
Somos Calibán a punto de ser descubierto.

Somos,
somos los ojos de Borges,
el minotauro de Cortazar,
el Grito de Munch.

Somos 2666 veces Bolaño, sentado junto a Rimbaud.
Somos el desierto en expansión.

Somos desde dentro, el afuera no existe.
Somos esto y no aquello,
el devenir, antes que el ir.

Distopía // Bryan Freire

Es agosto. El insomne. Un grito en plena avenida. Una viuda llorando en la banqueta.
La noche se esconde. El letrero sucio de la Rue. La calle de enfrente.
La tabaquería de Pessoa. Polvo y ceniza en la ventisca que golpea tu reducto.
La viuda continúa llorando. Seres extraños bajo la lluvia. Observo a Morrison en sus rostros.
Una vez más La Rue. Cortazar y la Maga discutiendo al fondo.
Los cronopios y las famas bailoteando en sus narices. La tiranía del tiempo en tus ojos.

Allá en lo alto, percibo la niebla púrpura de Hendrix mientras me ahogo en Woodstock, el último.
Dios, mofándose en el cosmos. Robert Johnson pactando con el diablo en Mississipi.
Cruce de caminos. El trino del diablo. La quinta disminuida. El primer hijo del blues.

Borges, sentado en un banco al norte de Boston, intercambiando impresiones con su otro yo.
Benedetti, pasea por Manhattan buscando a su Luz, mientras Bolaño y Kafka, desde Central Park contemplan el fin mundo.
Me muevo, percibo tu sombra. Extiendo tu silueta. Levanto tu falda. Me oculto en tu sexo.
Mis manos recorren tus piernas, la enarmonía del universo estallando en tus tímpanos.

Aurora, luz viva y polvo. Estela de recuerdos. El grito del insomne. El cosmos se termina.
Desde Alejandría, Hipatia descubre el velo del infinito.
La caída. Finalmente, la expulsión del paraíso

A Miles Davis/ Bryan Freire

Miles Davis ha muerto, digo.

Y sí, confieso que, desde el vano oscuro de la puerta, me acecha constantemente.

¡Cuidado, hay demonios bajo esa puerta!, repetía una y otra vez antes de morir.

Miles Davis ha muerto, digo.

Desencarnada la trompeta que en las noches de Harlem se convirtió en hombre.

Rostros que se desvanecen más allá del llanto,

compases frenéticos y frívolos ocultos en las tabernas de Nueva Orleans.

Miles Davis ha muerto, digo.

Furioso con el mundo,

un movimiento en falso bastó para apagar su trompeta.

¿Quería escapar?  ¡A callar!

Ni Parker, ni Gillespie, no quedan mentes lúcidas en la ciudad.

Manhattan no es más que un mal recuerdo.

No es posible salpicarse de bebop y volver a las sombras de Misisipi.

Miles Davis ha muerto, digo.

Y de la última nota jamás escuchada,

te encuentras con su silencio, dulce entropía.

Infinitas trompetas de latido sincopado,

un silencio disfrazado de sonido.

Miles Davis ha muerto, digo.

(…)

Shanghái

Hace frío, está oscuro,
camino hacia adelante, hacia atrás.
La luna se mece y se engaña a si misma,
cae lejos de toda mirada.
Los colores lóbregos de la ciudad me acompañan,
seres sombríos, atrapados en el destello de los faros,
ni siquiera me miran.
Fuera de toda brújula, me pierdo en un sendero sin fin.
Mi cuerpo se retira por uno de los callejones más oscuros,
mi cuerpo es una caída del tiempo.
Todo se nos escapa,
se nos esconde cada vez más.
Como un efluvio pálido,
que se quema bajo un humo ínfimo.