ANOCHECIENDO (retrospectiva) -Eduardo Ramírez Moyano-

Declina el horizonte ámbar de otra tarde que ya no arde, azafrán por nubes es el arte del color en lontananza, cuando a mis ojos, al mirar por la ventana, el Creador la mancha oscura de la noche azul con desdén me lanza.
Y cada punto de luz artificial se enciende automáticamente en tierra humana. Las farolas cobran vida nocturna y bailan con gracia. Dos estrellas perdidas cayeron del cielo entre besos, entre la susurrante ventolina, ajenas a la llovizna y a las esquivas esquinas.
Infinitas son las mujeres que han saboreado los mundos burbuja mil del mes de Abril. Construyendo puentes de ternura hasta la Luna, desde el blanco de tus ojos a los bellos vergeles de lagos vortiginosos, al caer de las palmeras sus rastrojos.
Ya soy tuyo, Diosa del Todo, meciendo mis sonrisas en tus recodos, Santa Natura, ¡ay!, que con sólo una foto, todas mis emociones haces tuyas.

VIII. Alizze -Eduardo Ramírez Moyano-

Me encontraba resacoso de pentanol en uno de los habitáculos dobles del sector 4, piso tercero, en el interior de La Rosa de Venus. Era un diseño japonés, pequeño y útil, suficiente para pasar una noche al resguardo de la intemperie y, si se poseían los mini créditos necesarios, tener acceso a compañía femenina a un módico precio.
Mi cabeza reposando sobre su vientre luminiscente daban a la estancia un aspecto mágico y futurista; a veces, el amarillo de la luciérnaga se fundía con el neón azul que filtraban los cristales de la mampara, y el conjunto de brillos otorgaba a la morada un aspecto ciberpunk retro, imposible de describir.
Pero cuando te asomabas por la ventana y contemplabas a todos aquellos niños-bicho envueltos en su doble piel de látex, intentando pescar información, casi siempre en vano , te invadía una sensación de impotencia desquiciante, no éramos sino peleles jugando su juego, el de los poderosos, como hámsteres en un laberinto sin salida.
Por ello, cuando Alizze, mi lumi de esa noche, me susurró:

-Y tú, ¿has estado “arriba”?

Me quedé perplejo: ¿A qué se refería?, ¿serían verdad las habladurías del “ático”?

Debía descubrirlo cuanto antes.

Foto: Videojuego Cyberpunk 2077

VAGAROSA -Eduardo Ramírez Moyano-

Los versos me revelaron las cadencias de tus siluetas, tan bien esculpidas tras las estelas de las estrellas y los cometas.
Luego, fuiste noche clara en el fragor del fuego del deseo, niña de amor y Luna de plata cuando te veo.
Más tarde, el firmamento creó coral en tus pestañas e infinito en mis anhelos, antes de convertir lo ignoto en algo nuestro.
¡Ay, vagarosa! ¡ Hoy brilla tan nívea la Luna por ti, niña hermosa!
El rocío te rodea y la escarcha te destaca, entre amalgama de flores se regodean tus fragancias. A veces, peces de doble cola cruzaron eones para engalanar nuestros amores, vinieron seres de todas las distancias y abismos para hacer de la vida su lirismo.
¡Ay, vagarosa! ¡ Hoy está la luna llena por ti!
¡Y eso es más de lo que yo pueda decir!

CONJURO A LA LUNA II -Eduardo Ramírez Moyano-

Sapos rajados veo en mis sueños más agradables, a cada momento, negros rosales y niños muertos…
El perro nonagenario muere despiadadamente en el rincón donde la puta yonki del puerto tira la jeringa sidosa. La podredumbre huele a orín de vieja y suena a chirridos de ratas corriendo por tuberías. Sobre el pegajoso condón usado de la acera, la colilla, que ha visto morir una estrella fugaz violácea, se apaga lentamente. Satán abre sus alas membranosas mientras la noche cristaliza, ofreciéndole la media Luna un par de cuernos rojo sangre al dueño de las sombras.
Yo no busco sexo, tampoco inspiración, sólo quiero un cuchillo bien largo para clavármelo en el corazón.
Quiero cráneos por colchón… Y, cuando muera, no quiero cruz en mi ataúd, que yo no soy de Dios, soy hijo del otro Señor, insecto del otro lado de la Creación.
Y me aguardan los placeres del Averno, porque no puedo tener que en la Tierra mayor sufrimiento. Y los cortes de mi alma resplandecen como puñales al viento.
¡Que esta noche no haya Luz!
¡Que esta noche mueran dioses!
¡Que esta noche no haya Luz!
¡Que esta noche mueran dioses a mi cargo!
Abrazado desnudo a cien erizos de hiel.

VII. La Rosa de Venus -Eduardo Ramírez Moyano-

Los días son neutrones de tristeza bailando valses de incertidumbre al compás del Nuevo Orden Mundial. Las tardes no existen para los niños-bicho entre los confinamientos y los toques de queda, mientras los niños-cucaracha terminan otro complejo habitable fuera de CoronaTierra.
Entre las medias verdades de los Belcebúes de turno y las acciones criminales de los psicópatas del chip, las calles estaban atestadas de infantes muertos que manaban sangre en forma de bits.
Esta era la cruenta realidad en el interior del laberinto de la ciudad.
Lejos, muy lejos de las metrópolis, en La Laguna, los niños-pez intercambiaban información de alto secreto sobre los poderosos, al tiempo que niños-anfibios retirados, con tantas prótesis como para construir un ejército de robots domésticos, llenaban el club “La Rosa de Venus”, que iluminaban las niñas-luciérnagas cuando estaban disponibles, encendiendo lascivamente, de color picante, sus traseros al caminar en un movimiento de nalgas divino y deslumbrante.
A mí, hoy, aún me quedaban dos horas de “pescar” información confidencial y hacer amigos peligrosos, antes de gozar en el local de vicio otra noche más.

VI. “LA LAGUNA” -Eduardo Ramírez Moyano-

Los tentáculos del Kraken oprimen mis genitales hasta no saber cuándo lo hice por última vez con una mujer real. Me he recombinado tantas veces con seres bicho, que mi ADN es el mapa siniestro y aterrador de un universo en declive.
Inhalo más tetra-deux, cualquier cosa es preferible que morir a manos de los niños-cucaracha o ser sentenciado por los niños-mosquito en una charca de mala muerte. Si hay que morir, que sea en los vergeles de Zaorín, en compañía de los ex niños-mantis disolutos, por sobredosis de placer femenino y drogas sintéticas de bolsillo, allá donde no tienen cabida los poderosos, preocupados siempre por trepar y trepar más en las grandes metrópolis plagadas de rascacielos.
Es el ahora o el nunca. Debo viajar al oeste. Tengo que hablar con los círculos de resistencia al Nuevo Orden Mundial. En “La Laguna” tendré tiempo para meditar y para follar.

V. NASU -Eduardo Ramírez Moyano-

Las noches son largas y llenas de terror vírico mutante constante, ya no se sabe quién gobierna en CoronaTierra si no es la mismísima saña del Uñado.
Corren los niños-bicho sin techo bajo la lluvia ácida del Invierno, vagan bajo las alcantarillas enmohecidas los bichos más desvalidos, mientras en los elevados rascacielos de los centros neurálgicos del mundo, cucarachas y mosquitos debaten el próximo punto del destino.
Un futuro distópico que parece haber sido delineado con una pluma 3D por los poderosos en algún foro secreto. Y ese hermetismo volvía locos a los niños-escarabajo, y en concreto, al gran Nasu, líder revolucionario, en busca y captura por terrorismo en varios Estados, que encabezaba virtualmente las multitudinarias manifestaciones en contra de las medidas tomadas por los gobiernos y había apoyado, de manera sibilina, las dos originales rebeliones navideñas de los niños-hormiga que tanto dieron que hablar.
Ese hermetismo de los dirigentes mundiales es también lo que hacía echar chispas a la Unimente, que no podía más… Ningún niño-mantis estaba dispuesto a claudicar, a ser marcado, a ser recombinado de nuevo en un “Centro de Alto Nivel”, como pretendía la esfera dominante globalista.
En cuanto a Néstor, tenía suficiente con sobrevivir como niño-porcino un día más.

COSMOGONÍA -Eduardo Ramírez Moyano-

Suena un blues con tristes cadencias al compás de las caderas de la noche, que sobreviene fría y negra como de funerales un coche, parca en palabras como la misma Parca, sin un ápice de luz que entre por la ventana, mientras un cigarro apuro en pose desgarbada.
Hace sólo unas notas, por lo menos se veía, pero ahora hay que andar con velas por mi alcoba. Así que prendo el farolillo que ilumina todo el bosque camaleón de golpe, y varias litografías del Necronomicón, y al trote, voy a por el mando de las leds que modifico a azul claro, en un ambiente puro y manso de vergel, cielo paradisíaco, madrugadas del buen Lucifer, mi amigo a ratos…
El mandala del orgasmo regalado junto al monte de Venus extasiado, la libido de una gata de cristal ahumado, el boggart desheredado, y dos cigarros mal apagados… Me desconcierta la fiesta del salón de al lado, donde una alegre orquesta toca el “Vals de los ángeles de una sola ala”, entre luces de mil colores que desnudan el alma, y damas hermosísimas de torsos bien cincelados, me acomodo en la amplia sala; a mí se acerca el carmín de una silueta seductora, hija del alba, que con calma me deja una rosa de fragancia en la mano de la palma, mi mente gira estrepitosamente, bella es la flor, pero más lo son sus piernas cuando me pide que la requiera, arde mi fiera, ¡esferas de cristal de vida bohemia!, el cielo son tréboles violeta marcando los segundos, las dimensiones… Vuelan orgasmos como estrellas divinas en las afueras, salpicando oro puro los cometas, entre galaxias de tesoros plenas de surtidores de adelfas, ricos rituales por los que sueñas, planetas en melodía, y aprehendiendo tanto, y vislumbrando tantos mundos y tanta vida, ya asumo que este vals es la cosmogonía que a nuestra especie dio luz, gestando en gesto de Amor la cruz: Como tenemos una sola ala, debemos abrazarnos a otra persona para poder volar.
Y así, danzando, con mi pareja, pude volar y surcar infinitos, atravesar mamparas atemporales, en la larga noche anaranjada y cristalina, chispeante y mágica, chorreante y blanda, desconocida y pura, expresionista nata, romántica y desnuda, azul oscura, roja a rayas…

Nota:

La cita “Somos ángeles de una sola ala, debemos abrazarnos para poder volar” es de Luciano de Crescenzo.