Mi habitación—LF Medina

Mi habitación es de silencio,
afuera solo choca con mis paredes el ruido que proviene del cafetal.
Cada mañana me despierta los rayos del sol que entran por la gran ventana que da al extremo izquierdo de mi cama, una gran ventana vieja de hierro y vidrio, cual vitral de una iglesia colonial.
Pero aquí no hay rezos, solo se escuchan los palpitos de un personaje igual a mí, una persona que siempre soy yo aunque a veces me desconozca.
Cuando levanto la mirada puedo observar un techo muy alto, de fondo blanco y finito como un cielo repleto de nubes.
Y lo atraviesan unas líneas negras paralelas, son varas de madera que sostienen sobre ellas un tapizado de barro y encima tejas.
En mi cama reposa un cubre lecho de dos caras, un lado oscuro y otro blanco, así como las dos caras que tienen mis sueños. En el extremo inferior derecho yacen doblados dos tigres de bengala en un marco verde y acolchado, con los cuales me arropo cada noche, estas noches tan frías como el aire que baja del páramo.
Tengo un gran cuadro en mi pared, desconozco quien lo pintó, pero conozco muy bien lo que en él se contiene y lo que en mí siento al verlo. Es un gran paisaje de una cascada que cae y atraviesa dos extremos de un bosque de pinos. Unos árboles en otoño y otros en primavera, como dos estaciones en una misma realidad. Me produce tanta tranquilidad.
Mi cuarto es muy blanco, tan blanco como el alma que se anida en mi efímero cuerpo. Tan blanco que de noche puedo divisar las paredes, y en ellas el sombrero de mi difunto abuelo contrastado con mis gorras que también allí cuelgan. Debajo del sombrero de cuero negro de mi abuelo, frente a mi zona de estudio se puede divizar un almanaque de la cabaña, donde recuento los días que pasan alrededor de mi historia, así como un reloj de arena que me recuerda que tan rápido pasa el tiempo y que tan rápido se va consumiendo la arena de mi juventud.
Se puede divisar mi ropero, una estructura de tubos y canastas, así como las canastas de un supermercado, pero en vez de contener compras, contienen mis vestimentas. Al lado de mi ropa se esconde a medio lado una gran maleta negra semejante a un equipo de sonido, la cual me recuerda que cualquier momento sería propicio para partir. Estoy y estaré preparado cada día que pasa para salir de aquí e ir hacia donde lo quiera el destino. Dejar estas cuatro paredes que han sido mi morada durante varios meses, y en meses de varios años atrás. Dejar atrás esta habitación, mi retrato de pequeño que enmarcado reposa en la pared posterior a mi ropero. Y recoger mis zapatos que se escalonan frente a mi cama en dos secciones.
A un lado de mi cama está mi mesa de noche, donde guardo oscuros recuerdos, mis útiles de aseo, dos revólveres calibre 38 que cada día me recuerdan lo cercana que siempre está la muerte de nosotros. Y muchos papeles también, los cuales me mantiene pensando en las responsabilidades que acarrea la vida. En fin, una habitación con un impoluto valor sentimental para mí. Desde tiempos inmemorables he venido a la casa de mis abuelos y me he quedado aquí. No ha cambiado mucho, pero sí que he cambiado yo. El suelo es de cemento abrillantado como un lago sólido, es el mismo que he llegado a pisar siempre. La puerta es la misma hace ya más de 70 años, pero el aire que puedo respirar ahora es otro, y diferente al que respiraré de aquí a unos años. Pero tengo la certeza y guardo la esperanza que tendré que volver aquí antes de que se acabe el mundo, o antes de que mi vida se acabe.

-LF Medina

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