DE ENVIDIAS / Carmen Asceneth Castañeda

“Mujer al fin y de mi pobre siglo,

bien arropada bajo pieles caras

iba por la ciudad…”

A. Storni

Al levantar la vista del catálogo de modas que la tenía absorta, descubrió su mirada.

Como todas las mañanas, Elisa va en colectivo hasta la oficina donde trabaja sin poner mucha atención a las personas. Unos bajan, otros suben. Eluden mirarse a los ojos por miedo o por pudor, es tan breve el espacio; es tan poco el aire, que cuesta respirar. Mejor perderse en el celular mientras pasan los minutos, lentamente, según el tránsito.

Hora y media, con calor, frío o lluvia; a expensas de las argucias del chofer para llegar corriendo justo dentro de la tolerancia. Nerviosa porque hoy ya es tarde, y es la tercera vez en la quincena. Si no llega antes de las nueve, seguro le descontarán el día.

No es cómodo viajar así, de pié, porque aunque haya manera de sentarse, prefiere  ceder el asiento para no arrugar su traje sastre o ¡peor! No se le vayan a ir las medias entre el plástico roto o un tornillo a medio entrar. Nunca se sabe cuándo se le ocurrirá al licenciado Cisneros convocar a una reunión extraordinaria en cualquier restaurante de comida extranjera, con ella tomando las notas, los acuerdos y desacuerdos. Debe llegar impecable.

En el trayecto pasa de todo. Lo peor, cuando a algún fulano se le ocurre acercarse demasiado o cuando se suben un par de maleantes pistola en mano, ya no sabe si cuidarse ella o cuidar la bolsa.

Creyó que esta sería una mañana para pelear.

Le  enojó sentir una mano tímida rozar la tela de su falda cuidando de no ser  descubierta, como quien quiere convencerse de que aquello que tiene delante es real y teme ser amonestado por el atrevimiento de tocar. Pero luego le resultó agradable causar tal admiración, aquellas manos descubrían en ella algo totalmente nuevo y  maravilloso, y por eso necesitaba apropiarse de sus colores y sus formas de una vez y para siempre ¡Qué orgullo lucirle su par de aretes montados en perfecta imitación oro! Cuando se los puso por primera vez entró a la oficina presuntuosa, burlona ante la mirada envidiosa de Ana María, quien de veras creyó que eran de oro. Hasta se agachó un poco para lucirlos mejor, no por nada sus compañeras la consideraban como la mejor vestida del Departamento de Cobranza.

Estaba tan cerca, que se contagió de la alegre sorpresa con que le descubrían cada detalle: las pulseras, el par de zapatos de tacón alto, sus uñas largas y bien cuidadas…incluso le pareció notar cierta duda entre avanzar o retirarse.

Después, la mano recorrió la correa de su bolsa con más confianza, simuló un moño grande, dibujó círculos por un rato, la estiró para ver su resistencia, y metió su mano en ella, tal vez imaginando que le pertenecía.

Cerca de su parada, Elisa buscó un espejito y el lápiz labial para retocarse en un gesto de alarde…y entonces fue inevitable el encuentro de frente.

Por un momento estuvieron pendientes la una de la otra, expectantes.

Elisa cedió.

¡Tan maravilloso que sería poseer la mirada tan limpia! Vestir con jeans y playera, llevar el cabello sujeto con una liga de muchos colores…Deseó no tener que llegar a la oficina; deseó bajarse enseguida, deseó volver a otros tiempos, cuando alguien la tomaba de la mano igual que a “ella” el hombre que la acompaña. Era de pronto el miedo de ir sola entre tanta gente desconocida.

Apenas reaccionó a tiempo para pedir la parada, a toda prisa introdujo el espejo y el labial dentro de la bolsa fingiendo una sonrisa, pero justo antes de bajar alcanzó a escucharla.

  • “Papá, cuando lleguemos ¿me compras un helado?

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