A Miles Davis/ Bryan Freire

Miles Davis ha muerto, digo.

Y sí, confieso que, desde el vano oscuro de la puerta, me acecha constantemente.

¡Cuidado, hay demonios bajo esa puerta!, repetía una y otra vez antes de morir.

Miles Davis ha muerto, digo.

Desencarnada la trompeta que en las noches de Harlem se convirtió en hombre.

Rostros que se desvanecen más allá del llanto,

compases frenéticos y frívolos ocultos en las tabernas de Nueva Orleans.

Miles Davis ha muerto, digo.

Furioso con el mundo,

un movimiento en falso bastó para apagar su trompeta.

¿Quería escapar?  ¡A callar!

Ni Parker, ni Gillespie, no quedan mentes lúcidas en la ciudad.

Manhattan no es más que un mal recuerdo.

No es posible salpicarse de bebop y volver a las sombras de Misisipi.

Miles Davis ha muerto, digo.

Y de la última nota jamás escuchada,

te encuentras con su silencio, dulce entropía.

Infinitas trompetas de latido sincopado,

un silencio disfrazado de sonido.

Miles Davis ha muerto, digo.

(…)

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