“Carta a un amor perdido…” – Yaretzy Elizalde

Carta a un amor perdido:

Hoy fue diferente, hoy no llego mensaje y tampoco entró llamada. No escuché tu voz para decirme aquello que gustaba.

Te he estado extrañando más de la cuenta. Cada cosa me recuerda a ti, hoy estás en mi muñeca.

He visto tantos lugares después de que no estás,no obstante, tan pesado es tu recuerdo que tú has sido mi acompañante. Me has tomado de la mano y susurrado mi nombre.

Cuestionamos tanto la vida, que ella misma se encarga de hacernos saber que nos equivocamos.
¿Cuánto se extraña una ausencia? Tanto como puedo extrañar lo que no a pasado.

Te replanteas tu existencia, intentado entender el porque, y aunque la gente intente explicarte, necesitas ver para creer.

Un suceso trae consigo otro, pero después de tanto suceder, solo quieres que pare, y que la pintura en la pared a la que le buscabas forma encuentre vida propia y te lo explique.

Nunca notas tanto la ausencia hasta que necesitas su presencia.

Quieres conseguir respuestas en los astros, e inclusive en tu propia soledad. Pero nadie atiende al celular… ¿Que esperas que haga?
Si mi propio sentir se ha malgastado de esperar por tí.

No me estoy despidiendo, mucho menos rindiendo, pero moriría mil veces más para encontrarte frente a mí sonriendo.

Yaretzy Elizalde ®

Superfrikiman

Hugo era un chico regordete, no muy alto, pecoso y pelirrojo. Esa mañana como siempre Hugo se enfundó sus mallas amarillas y se puso su habitual camiseta a rayas rojas y verdes. Se peinó su flequillo como todos los días, y después de petarse los granos nuevos que le habían salido en la cara, se perfumó para salir de casa.

Nada más salir a la calle Hugo tropezó con el bordillo de la acera y se dio de bruces contra el suelo. Los macarras de la acera de enfrente al verlo no lo pudieron evitar y comenzaron a reírse a carcajada limpia. Hugo lejos de indignarse, miró de reojo a los muchachos y les sonrió.

—¿Qué pasa chicos? — les dijo Hugo todavía desde el suelo.

—¡Pringaooo!! — y los macarrillas siguieron riéndose todavía con más ganas.

En ese mismo instante una limusina se paró delante de los chicos, abrieron la puerta de la parte trasera y de su interior bajó un matón de amplias espaldas y una altura descomunal. Se dirigió hacia el grupo que todavía se estaba riendo de Hugo y agarró al que parecía el cabecilla para meterlo dentro del auto.

En cuanto lo vio Hugo no se lo pensó un momento, corrió para colocarse delante de la limusina negra y casi sin esfuerzo cogió el vehículo por el parachoques y lo alzó hasta que los ocupantes del interior no tuvieron más remedio que salir.

Hugo redujo al grupo de matones sin ningún esfuerzo, y los muchachos se quedaron boquiabiertos, les había salvado… ¡Superfrikiman!