AQUÍ ESTOY / Carmen Asceneth Castañeda

AQUÍ ESTOY

Aquí me encuentro

Sobre las alas de mi cama volando contigo

como mariposa de viento en viento

pasando lista a todas nuestras caricias

saboreando tus huellas digitales en mi pecho

degustando el acre de tu piel de bronce y hierro

robándome los secretos de tus historias.

Aquí me tienes

aprendiendo tus resortes de memoria

y las claves infranqueables para abrir tus ansias

descubriendo mi eternidad contigo a solas

con tus dedos provocando caprichosas demandas

que me electrizan de gozo

si tu cuerpo conversa en su idioma con el mío

Aquí me encuentro

hablando de placeres sin reposo

derritiéndose a fuego la realidad

cuando tocas los puntos adecuados

haciendo a mi corazón aletear desbocado.

Aquí me tienes

Nuestras bocas poco a poco

mordisqueando las distancias

dando rienda suelta al impulso de quererse.

Aquí me encuentro

con tus manos que se vuelven transparentes

deshaciendo mis inquietudes a puerto seguro

Aquí estoy

dispuesta

de alas abiertas

Para ti.

© Carmen Asceneth Castañeda

Adelante / Daniel Cerrato

Adelante

Poema del libro “Arquitecturas Interiores: Poesía de Desarrollo Personal”,

Editorial Angels Fortune Editions

Qué tristes los días

sin la hoguera de casa…

Tranquila, habrá paz,

esto, amiga, también pasa.

Paz a tu vida, a tu alma,

paz de pensamiento,

de emociones, calma.

Paz a cada átomo

que en ti vive y respira,

paz, ante todo, amiga.

Hay en ti visos,

amigos, experiencia,

háztelo fácil, no te pongas

trabas.

Suelta tu barco y navega,

ve hasta esa isla tuya,

y sueña, amiga, y sueña.

Son tristes los días

si falta tu hoguera en casa,

ojalá estos versos sirvan

un poco como cerilla

para prender fuegos nuevos,

para que sepas que ¡TE AMAS!

Adelante con todo.

 

©Daniel Cerrato

Entelequia

Tal vez no seamos amantes

quizá nunca hayamos llegado a la gloria en nuestros cuerpos,

ni hayamos inventado el irreverente placer en cada escena nuestra,

oscuros deseos vueltos realidad vehemente.

Seguramente no hemos sido novios,

porque no hemos presenciado amaneceres

ni nos hemos conmovido con la luz y la sombra, el cielo y el mar,

nunca hemos visto fijo la mirada y su refulgente trasfondo.

Efectivamente, no somos amigos,

porque nunca hemos tenido charlas eternas entre tragos de tequila

ni bebido cerveza a la sombra, frente a un cielo de azul intenso,

no hemos llorado entre confidencias,

ni hemos elevado el pensamiento con cine y lecturas.

Tal vez hayan sido sólo mis noches de lecho frío

y la nostalgia de la lluvia torrencial en el bosque

las que hayan convocado tu evasivo espíritu.

Tal vez, tal vez, sólo nos hayamos pertenecido.

Imagen. Aquí termina nuestro mar. Susana Argueta.

Poesía Viajera. Temamatla, Edo. de México.

Día de muertos en el cementerio.

No es un día cualquiera. Los rumores de un sepelio se cuelan entre la música y las risas de un baile. Entre las criptas, el mariachi canta al muerto. Alrededor,  el cempasúchitl reina por entre todas las flores: gladiolas, nube, alcatraces y pompones. Cada tumba, el singular epitafio que plasma la densa tristeza de los deudos: esposos compungidos, hijos abrumados, madres inconsolables. La muerte se conduele y baila, convoca a su progenie de ultratumba y los deja venir, canta con ellos y se hace terrena. Por este día, beberá de nuestros jarros el café con piquete y pasará la noche con nosotros. Por esta noche, la muerte ríe.

Imagen: Finis Terrae. Susana Argueta.

LA GATA

 

Había amanecido y Laly veía reflejado el espléndido sol en su ventana. Un maravilloso día le esperaba allí fuera, los gritos de su madre la apartaron de su sueño y recogiendo hacia arriba sus faldas, bajaba los peldaños de la escalera de dos en dos.
Vivía muy feliz con sus padres, pero su ilusión era volar libre, quería partir, ser independiente fuera del dominio de ellos, pero para eso hay que saber y ella no sabía, era lo que siempre le decía su madre.
Era hermosa, todos, podía decir ella que así la veian.
Joven, buena figura y un conocimiento extraordinario para aprender.
Aunque en el pueblo antes que estudiosa veían mejor que una muchacha se uniese en matrimonio y formase una gran familia, haciendo feliz así a su marido.
Eso fue lo que su madre quería comunicarle aquella mañana cuando, le decía que ojalá fuese con aquella cita que le había preparado, cuando se comprometiese de una vez por todas.
Ella se negaba, Laly no quería ser una ama de casa, ni una mujer sumisa, así que después de una discusión con su madre subió de nuevo a la habitación y espero a que oscureciese para escaparse.

Sin ofició ni beneficio se embarcó en una aventura difícil de superar sin ayuda, pero su ambición iba a más, llegando a una ciudad que la aceptó sin preguntas.
Cambió de aspecto, cortó su larga melena, sus vestidos no eran largos y anchos como los que llevaba en el pueblo, éstos se ceñian a su cuerpo, dejándo ver esa expectacular forma de sus curvas que exhibía sin pudor en aquel antro que le daba una habitación para descansar, después de que allí mismo realizara su trabajo. Lo que no cambió Laly fue su nombre, bueno sí, todos la llamaban la gata.
Aquel calificativo no fue tomado a la ligera por sus amistades, sobre todo por los hombres, que comentaban entre ellos sus juegos felinos. Para las mujeres del barrio el apodo se lo llevaba despectivamente y con la mayor crueldad con la que una mujer puede llamar a otra, gata.
La vida que llevaba Laly, no estaba siendo fácil, pero después de no hacer caso de las advertencias, era la que ella se había buscado. Una noche en un descanso de su trabajo en el que era muy demandada, la gata salió a tomar el aire, aprovechando el momento comió un poco y se fumó un cigarrillo.
Mientras con la punta del pie lo apagaba, con mucho glamur, dos gatitos se le acercaron para comerse sus migajas.
Aquella fue la primera noche que de verdad Laly se sintió acompañada, muchas de aquellas en las que había actuado igual, lo único que recibía por parte de algún desalmado era una pedrada de lejos o el robo de las pocas monedas que su labor le dejaba.

Los años fueron pasando para Laly, que vio como sucedió su declive fisico, su pelo crecía pero ya no era tan negro, sus curvas aumentaban de volúmen y en su hermosa cara se iban apreciando las inminentes secuelas del tiempo.
Cada vez eran menos las veces que en la noche descansaba, pues su trabajo era menos requerido, al contrario que pasaba con sus amigos los felinos, que durante tanto tiempo se habían convertido en una pequeña manada.

Esa tarde le dio por pensar, Laly se preguntaba que sería de su vida si aquel día hubiese aceptado la cita que su madre le había preparado.
Si no hubiese huido de aquel modo, ahora sería tal vez la viuda de algún acaudalado del pueblo.
Cuando de pronto alguien la despertó de aquel soñador pensar cuando escuchó decir su nombre…
¡Mira abuelo cuantos gatitos!
¡Quiero uno abuelo!
No cariño esos animalitos pertenecen a la gata, son su única compañía.
Le decía el abuelo a su nieta, mientras señalaba a la anciana que se encontraba sentada en el banco, echándole unas migajas de pan a los únicos amigos que ahora tenía.

©Adelina GN

LA PASARELA

 

LA PASARELA

Envuelta únicamente en tus medias de rejilla, te me hacías tan mágica y sabrosa, que de tus pezones a cada felina mirada, el cielo se me paraba. Entonces, a la luz lasciva de una enorme luna llena, comenzaste el juego de los bikinis, ¡Dios, tu cuerpo perfecto mutando de ropa en ardiente pasarela delante de mis iris! ¡Añil, fucsia transparente, azabache, amarillo destellante junto a tu pícara sonrisa de mujer fatal, ay, tangas del delirio, muslos tostados de mi ardor rojo y febril, curvas de la carne y del vicio, faltan exclamaciones a vuestro existir, iridiscencias cambiando de sitio es mi sentir!

 

Eduardo Ramírez Moyano

Un acto de sincera justicia * Susana Argueta

Las dos niñas eran la alegría de Carmen y Apolinar, los dueños del Rancho “El Tepozán”. La más grande, Idelfonsa, era hija de la tierra fértil y tenía los ojos de mar embravecido; la otra, Rosaura, era un sol de mañana fresca en un campo de ultramar. El amor entre las hermanas era entrañable, sin objeción alguna porque Idelfonsa no era hija de los patrones, sino una amorosa adopción. Rosaura había llegado de manera legítima tres años después, tras varios intentos infructuosos en diez años de matrimonio de los Pérez de Metepec.

Todos en la casa grande, en el pueblo y sus alrededores conocían la historia de Ildefonsa y apreciaban sinceramente el acto de Carmen y Apolinar de quedarse con la niña al morir Damiana, su madre, en el momento de traerla a la vida.

Damiana era hija de Juan, el capataz del rancho de los Pérez. Mientras éste pasaba semanas en el Tepozán cuidando de los terrenos de sus patrones, la niña aprendía las obligaciones de las mujeres de su raza, pero eso no le quitaba el travieso andar de las niñas otomíes, con gracia y soltura; sus recorridos descalzos al contacto con la tierra, la habían convertido en alma sabia, hablaba con las aves y cantaba con los riachuelos. Cuando miraba al sol, su morena piel sonreía. Sus diez años eran un canto a la vida.

Y un día ya no fue así. A Teresa, su madre, le picó un escorpión, de los güeros y se puso muy mal; tenía mucha calentura y sudaba frío. Damiana hizo lo que pudo, le dio té y le puso hierbas en el piquete, pero no mejoraba. Ya en la noche, dejó a sus hermanitos acostados en el petate y se encaminó al Tepozán a buscar a su padre.

En el cielo no había luna, pero Damiana no tenía miedo, conocía bien el camino, tenía que bajar la colina y pasar las nopaleras. Casi había llegado cuando escuchó el trote de un caballo. Creyó ver acercarse a los vigilantes del Tepozán, pero no eran ellos, sino Don Carlos, el dueño de la Rumorosa, la hacienda del otro lado del río.

El hombre la llamó por su nombre y entonces sintió miedo. No contestó y echó a correr, pero no pudo hacer distancia entre ella y el jinete que desmontó en un segundo, la alcanzó y la arrojó al suelo.

Damiana no lloraba, luchaba por zafarse de ese enorme cuerpo instalado encima de ella. Abrió la boca para gritar y un puñetazo la hizo callar. Su espíritu se evadió mientras su cuerpo se partía en pedazos con cada movimiento del ultrajador.

Un balazo rompió el silencio. El capataz del Tepozán vio de lejos la escena y llegó a galope, pero era demasiado tarde. Reconoció al cobarde al huir y a su hija al acercarse. Una oleada de furia se le alojó en las entrañas. No podía hacer nada, era un español.

Los siguientes nueve meses significaron la muerte lenta para Damiana. Su cuerpo de niña apenas soportaba  sus heridas y el creciente embarazo. Hablaba poco y  sus días no volvieron a sonreír. Teresa vivía con la culpa, hubiera preferido la muerte de escorpión a pasar por esta vergüenza.  Ningún hombre bueno iba a querer a su hija, se quedaría sola y su nieto sin padre, como tantos otros bastardos de Don Carlos.

La mañana del nacimiento de Ildefonsa, Doña Carmen encontró a Damiana sacando agua del  pozo. La vio muy mal. Con el permiso Juan y Teresa, se la llevó al rancho. La niña no sobreviviría al parto, estaba hinchada y se tambaleaba, le dolía mucho la cabeza. 

Esa misma noche, Damiana liberó su espíritu y la recién nacida fue cedida a Doña Carmen sin ningún remordimiento. En unos meses la reconocieron como hija legítima de los Pérez. Creció entre algodones, emanando en el mismo aire libre de su madre y ensanchando su corazón con la fuerza de su raza morena.

Muchos años más tarde, el día del cumpleaños de Idelfonsa, en Metepec corrió la noticia: habían matado a Don Carlos. Era muy fácil culpar a tanto malhechor deambulando entre los caminos. Los rebeldes andaban matando hacendados y haciendo justicia por propia mano. Tampoco a nadie le extrañó ver entre los jinetes justicieros a dos hermosas mujeres de no más de veinte años, una, rubia como el sol y la otra, hija de la tierra morena, con los ojos claros y porte de heredera señorial.

Publicado en “Hidalgo, legado de la patria”, Antología del 1er. Encuentro de Escritores y Poetas en el estado de Hidalgo (Occeg, 2019).

Imagen: Tlapacoya en flor. Susana Argueta.