Un sueño * Susana Argueta

Escuchó el sonido de la alarma. Eran las 4:45.

Entre sueños repasó sus pensamientos de antes de dormir. El fin de semana había sido extenuante. Escribir hasta las cuatro de la mañana del lunes para entregar los borradores a la editorial y tener que despertarse en menos de una hora porque debía dar clase temprano. Era trabajo urgente. Adjuntó los archivos y envió el correo electrónico. Si, había terminado todo. No se pudo despertar.

Otra vez la alarma. 4:50.

Quedaban diez minutos todavía para levantarse. El método de los quince minutos antes funcionaba normalmente, pero ahora tenía más sueño que otros lunes. Dejó sonar la alarma. Sentía una angustia triste. Recordó la última parte de su sueño y la tristeza la invadió, no quería despertar, quería quedarse con él. Sabía que ya no podría. Sólo unos minutos más.

4:55

Esta vez escucho el sonido de la alarma mucho más lejano. De alguna manera lograba regresar conscientemente al sueño, lúcida y lejana. Tenía diecisiete años y estaba en la escuela. Podía ver los salones de clase, los estudiantes en masa ruidosa cruzando de un patio a otro en el CCH. Los salones de ladrillos blancos y él. Sí, él estaba allí.

Ya no escucho la alarma de las 5:00. Era otra vez su mundo, su vida.

  • Ven, siéntate conmigo.
  • Pero tenemos clase en el laboratorio.
  • Sólo unos momentos. Acabas de regresar.

Ella lo sabía. Había vivido muchos años, tenía hijos, un trabajo y mucho cansancio. ¡Estaba tan tranquila a su lado! Jalaron dos bancas y se sentaron juntos. Su mirada era la misma, su voz, los mismos intrascendentes temas de los que él hablaba. Se dejó llevar por la tranquilidad de verlo de nuevo y charlaron de todo lo que no habían vivido juntos, de cuánto se querían. Ella veía de reojo pasar a las otras, a las chicas que la envidaban por estar con el más guapo y se sentía segura. Sabía que él era suyo. Tantas veces que había vivido lo mismo,  no podía ser de otra manera.

“Tienes que despertar. Se te hará tarde para ir a trabajar”. Lo sabía. La mujer adulta seguía allí. Debía despertar y seguir la vida. ¡Sólo unos instantes más! Como siempre, despertaría a tiempo para bañarse, desayunar y manejar de madrugada,  hasta la escuela enclavada en lo alto del frío cerro donde daba clases a partir de las 7 de la mañana.

No era un sueño.  Era su boda, la de a de veras. Ella de blanco, él con frac negro. Miró su vestido. Se veía sucio, terroso. Tal vez se había manchado en las prisas por llegar a tiempo a la iglesia. Pero no importaba. El auto que los llevaría a la ceremonia nupcial estaba listo. Los niños, sus hijos, esperaban también, elegantes, la boda de sus padres. Se casaban después de años de vivir juntos.

  • ¡Te quiero! – le dijo él.

Ella no contestó. Su felicidad estaba condenada. Ella lo sabía, pero dejó su tristeza para cuando pudiera despertar. Había regresado apenas. Había pasado los años más grandiosos con él, mirando sus ojos llenos de amor, sintiendo sus besos que le hablaban de esta vida en otra vida, en otro mundo. No era un sueño. Su piel, sus manos, su cabello. Lo besaba una y otra vez para aprisionarlo entre sus labios. Quería impregnarse de todo él, poder retenerlo cuando la enviaran de vuelta. La angustia comenzó a crecer en su pecho y quiso llorar. ¡Todavía no!

Sonrió y ambos volvieron a las aulas del colegio. Tránsito de gente que viene y va. ¿De qué hablaban? De la vida que tenían en esa burbuja, de lo bien que era estar juntos. Caminaron por horas, recorriendo los lugares que ya conocían, saludando a todos los amigos, recordando lo que ya habían vivido.

5:15. Es hora.

“No te tardes. Ya lo sabes”. La misma odiosa voz de la mujer adulta que volvía a importunarla, pero que había que obedecer.

El día estaba soleado, como todos los días cuando volvía con él. Caminaban silenciosos de la mano, esperando de nuevo la separación. Ella se detuvo, lo miró de frente y se armó de valor. Ya no era posible postergarlo más. Tenía que decírselo. Tomó su rostro con las dos manos y se los dijo.

  • ¿Sabes que tú y yo no podremos estar juntos nunca, verdad?
  • ¡No me digas eso!
  • Lo sabes

No pudo escuchar su respuesta, los ojos de él se llenaron de desesperación. Ambos lo sabían. Ella maldijo el terrible bucle de tiempo en el que quedaron atrapados, la inevitabilidad de vivir una y otra vez el dolor de perderlo, la perturbación de su sueño, la misma historia repetida tantas veces. Besó  con ternura su rostro y él se disolvió en la bruma de la inconsciencia al despertar del sueño.

Publicado en “Mundos extraños. Antología de cuento fantástico”, Alja, 2019.

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