¡Esta vida es una mierda! * Susana Argueta

Otra vez, atrapado en el tráfico, con este calor del demonio. Dos horas para llegar a la casa y encontrarme con la misma fría recepción ¿o diría decepción? ¡Es lo mismo! A nadie le importa si llego o no. Lo mismo, cada puta noche, la rutina, la cena fría, la cama vacía, el mismo locutor del mismo noticiero, a la misma hora, diciendo siempre tonterías. Y encima de todo, sin trabajo. Los ahorros no me durarían más de un mes con todas las compras-a-meses-sin-intereses con las que había comprometido más de la mitad de mi sueldo. Divorciado, sin hijos, pagando renta y ningún amigo de verdad.

¿Esta es mi vida? ¿En dónde me perdí? ¿En qué punto de mi vida tuve que haber dado vuelta en otra esquina? ¿Y si pudiera regresar el tiempo? ¿Y si me fuera dado volver a empezar? ¿Qué momento de mi línea del tiempo es el crucial?

Me quedé dormido pensando en esto. Soñé con mi novia de la secundaria. ¡Ah, la tierna Lola! Una muchachita hermosa, de buena familia, inteligente y enamorada de mí. Mi Yo dormido pensó que este sería un excelente momento para regresar el tiempo, casarme con Lola, tener los dos hijos que ella quería y una hermosa casa en Puebla.

Juro que no fue un sueño. Cuando abrí los ojos me encontré a Lola dormida junto a mí, en un lugar donde antes nunca había estado. Apenas amanecía, pero la luz entraba ya a chorros por el gran ventanal de la recámara. Dos niños irrumpieron y se treparon a la cama.

-¡Papá, papá! ¿Ahora sí vamos al parque?

¿Papá?

-¡Buenos días mi amor!, dijo una melosa voz a mi lado, – Es hora de levantarse, prometimos llevar a los niños a los caballitos y luego a la casa de mis padres. Es la fiesta familiar, no se te olvide.

¡Fiesta de la familia! ¡No puede ser! Con lo que me exasperan esas reuniones donde se habla de futbol, del nuevo bebé de la familia y los niños no hacen más que mirar el celular y pedir comida chatarra.

– Anda, cariñito, no seas remilgón. Ya te preparé tu ropa y el desayuno.

¿Esa era Lola? ¡No es posible! La niña linda, esbelta e inteligente se había convertido en una señora empalagosa y demandante. Yo que tanto evité tener hijos y nunca me gustó tener compromiso con nadie. No podía ser cierto. Había que regresar a la realidad, pero ¿a cuál? Yo no deseaba esa vida donde no había nadie para recibirme en casa, pero tampoco ésta donde todo era aburrido y banal. ¡Si sólo pudiera viajar! Tal vez sería menos detestable la convivencia con una señora encimosa y dos niños virtuales.

Estas reflexiones no vieron final. Resbalé con un miserable oso de peluche que los niños habían dejado en el suelo, caí de espaldas y todo se volvió oscuro. Escuche voces y gritos y luego, nada. No sé cuánto tiempo perdí la conciencia, pero desperté cuando sentí ahogarme con arena en la garganta.

-¡No te muevas papito! ¡Vas a deshacer nuestra montaña!

¡Puta madre! ¿Ahora qué? Me encontraba en una recóndita playa, bajo un sol infernal y con los dos mismos mocosos de antes enterrándome en la arena. ¿Dónde estaba su madre? ¡No! Mejor ni el intento hacía por indagarlo, no vaya a salir con su cremita para el sol o el masajito en los pies. Ya no quería familia ni viajes. Por primera vez en mucho tiempo extrañé a mis padres. Hacía varios años que habían muerto, pero la infancia no fue desagradable. Mucha vagancia, pintas de la escuela y amigos desarrapados, pero fue divertido. Y ya que este genio desconocido me iba concediendo los saltos en el tiempo, me decidí a hacerlo con toda la voluntad del mundo. Con tanta arena que tenía en la cara, me arriesgué a cerrar los ojos con fuerza y a desear mi infancia como condenado a muerte.

Nada. Seguía ahí atrapado en ese lugar del demonio y me di por vencido después de que la arena me irritara los ojos. En esas estaba pensando cómo escaparme y poner medio mundo entre esos niños y yo, cuando tropezó conmigo un despistado corredor que no se dio cuenta de que estaba enterrado vivo. Al caer, sus rodillas golpearon mi cabeza y me desmayé. Justo antes de perder la conciencia sentí estar girando dentro de un remolino.

Todavía mareado, desperté y lo primero que vi fueron unos enormes barrotes. Intenté levantarme, pero las piernas no me respondían, eran como pedazos de tela vieja, sin fuerza. Quise gritar. Mi garganta emitió un sonido  extraño; era mi voz, pero no entendí nada de lo que dije. Abrí la boca otra vez y entonces si se escuchó un chillido estridente y agudo.  Una mujer de rostro familiar se acercó y me acarició la cabeza. Su mano era suave y me transmitía calma y seguridad.

-¿Qué tienes mi cielo? ¿Tuviste pesadillas? Aquí está mamá que te va a cantar para que vuelvas a dormir.

¿Mamá? ¿Era mamá? ¡No podía ser! Me habían mandado al punto que yo deseaba, pero se les pasó la mano, quería estar con mis padres, ¡pero no tan pequeño!

Mi madre me cargó. No era desagradable, pero la sensación de vulnerabilidad era insoportable. No podía ni rascarme la oreja. Lo peor fue cuando me dieron el biberón. Aunque tenía hambre,  me hubiera gustado algo más sólido, una carne asada o un pancito tal vez. Lo peor fue lo del pañal, pero eso, mejor ni pensar.

¿Otro golpe en la cabeza? No fue necesario. No podía quedarme ahí, pero ya no quería desear nada. Cada encrucijada de mi vida se había convertido en un desastre. Después de que me dejaron solo en mi habitación y lloré por horas, me quedé profundamente dormido, cercano a la inconciencia.

No sé cuánto tiempo pasó, si fueron unos minutos, horas o tal vez días. La sensación era extremadamente placentera. Era como flotar, sin peso. La conciencia era también liviana o, más bien, nula. No había recuerdos, ni pensamientos.  Escuchaba lejana una melodía y el trasegar de la vida, pero no me tocaba. Yo era sólo un acto de fe, una idea en la mente de alguien o, tal vez, un deseo no formulado, pero latente, el momento de mi concepción divina.

Era la oportunidad que había pedido. Alguien me había concebido como un deseo irrefrenable de existencia y mi energía vital comenzaba a latir. Ese era el inicio. Todo lo demás era una cadena de decisiones. Era mi vida.

Decidí existir. De la nada se creó mi voluntad y entonces supe que cualquier momento, es el momento.

Escuche el sonsonete del locutor insípido y lejano.  Me miré dormido, en la misma habitación de antes y decidí abrir los ojos.

Publicado en “Mundos Extraños. Antología de Cuento Fantástico”. (Alja, 2019).

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