Mirando al lago * Susana Argueta

Hoy te recordé, te rocé en la fugacidad de la luz de esas tardes suaves de la colina azul que miraba el tranquilo lago, montañas de Ehécatl, herencia de un pueblo de canoas y trajineras en el viejo Anáhuac.

Y ese ayer me habló bajito sobre el mundo que hicimos girar, lento y vigoroso, pleno de carcajadas y memorias de imágenes, de sueños y presagios, mirada de una silueta tuya perpetuada a las orillas de Metztli, andanzas de un tiempo de soles y lunas en mantos estelares, en cañadas y senderos reconfortados por la hierba verde y la sonrisa de Venus.

Y por algunos instantes escuché los instantes retraídos de esa mínima habitación, compañera del viejo campanario de San Francisco, protegida con ventanas de plástico y susurros de pieles sudorosas, nido de letras y planetas engendrando cosmos en tu lecho errante, brasas de aire, hielo, agua, asfalto y arena, tu cuerpo siempre cálido, siempre ahí.

Y volví a presenciar tus rabietas y tus miedos, intermitencia de años con vacíos y silencio, abismos que huían a viajes interestelares. Miro en pasado y escribo hoy, porque no quiero dejar de murmurar  tu sombra y recordar tu perfil retratado, en vano o de veras, desdibujado al fin.

Y te siento aún, porque sigues siendo  piedra y  camino andado, suela desgastada de mis felices zapatos rotos, amanecer teñido con nubes rosas y amarillas en las montañas de la ciudad, memorial de mis raíces, discurso de mis abruptos pensamientos y  poesía estéril, mentira y confesión, sueño hilarante y pesadilla que no recuerdo.

Y al final, pienso en ti y no quiero, porque me soltaste y me quedé jirón, mota de amor de un sol nocturno,  conejo de la luna diurna, sacrificio dual, llaga sangrante y levitación de santo imberbe, vuelta de una página en blanco, episodio maravilloso y terrible.

Entonces te vuelvo a pensar, y te suelto, me despido, pero no me voy. Permanezco en la piel de tu deseo, en el regalo de plegarias a tu tántrico Zeus y en el sueño de Semele, en la venganza de Tláloc  y en las fantasías abrevando en tu resentimiento infantil, en tu mala ortografía, tu cabeza calva y el mudo sendero donde perdimos, ambos nos perdimos.

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