Alumbramiento

Llego cada día (todos los días, de lunes a viernes) a este espacio encerrado, polvoso, de rutinas lentas. Llego todos los días, de lunes a viernes, a encender la mañana, quitar la maraña, aceitar los años, mover las manos. Llego de lunes a viernes a morirme de todos los días, a intentar convencerme de que esto es la vida.

Y esto no es vida.

Llego cada momento y me miro y sueño. Y las largas miradas se pierden en el horizonte recortado por la pobreza de las montañas, el amanecer que nunca miro, la ciudad perdida en la nube de asma y corrupción. Sueño  con el viento, con el mar, con pueblos y ciudades fantásticas, con noches insomnes de letras y alucine, café y brazos cálidos para dormir.

Llego en cada mota de polvo a diseminarme en el sol, trasparentando mis murallas y exhalando mis entrañas de días acumulados. Respiro. Miro la luz derretida. Detengo el tiempo, mi tiempo. Escucho aire y sol, el latir de mi corazón rebelde, la esperanza que resiste y reniega. Veo el camino y sigo andando.

Esto es la vida.

Llego a mí misma y canto, voz  en alto para decir, gritar, encender. Me alimento del aire de jóvenes y niños, río y juego, imagino y estallo y la luz vuelve. Me reintegro como antes, tantas veces, me vuelvo hoja, árbol, tronco, raíz y tierra, mujer en parto, de nuevo.

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