Poesía Viajera. Amanecer: Iztapayucan

La noche permanece aún.

El silencio pernocta azul entre el femenino eterno y el ardor del hombre que vela.

Nada se mueve, sólo mis pasos son testigos del diario prodigio.

Majestuosos rayos dorados rompen la noche.

El hechizo se renueva:

el amanecer triunfa y toca el rocío.

Se despierta la gente,

hogares, miles, que se aferran a la vieja tierra

colgados de la ladera,

techos coloridos que despiertan

en un efluvio de luz cantarina.

Es donde se moja la sal.

La tierra a los pies de la montaña,

umbral de voces nuevas y antiguas

que cuentan el relato ido,

las miradas de antaño

con los ojos de ahora.

Transmutación

¿Y si te vuelvo agua?

¿Si dejas que te cante al oído con voces antiguas, con gritos sonoros, con caricias sutiles?

¿Y si me abres tus puertas, goznes chirriantes, herrumbre óxida? 
¿Y si te vuelvo viento?

¿Si te vuelves aroma de antaño, bosque de sombras, camino polvoso?

 ¿Y si me dejas pasar por tu orilla rumbo a tu sino?
¿Y si te vuelvo fuego?

¿Si te angostas en mi valle, crepitando en mi centro, agonizando sin furtivos acentos?

 ¿Y si me retienes en brasas?
¿Y si nos volvemos aroma?

¿Tú y yo en un bucle de tiempo, entre la marea roja, el universo azul y la voz negra de un sueño?