Poesía Viajera. Tlalmanalco, Estado de México.

Tlalmanalco, tierra que sabe a tiempo, arcos de piedra silentes, testigos de los segundos que se suceden uno tras otro, lentos y sabios, mirando la gente lejana, orgullosa de ti.

Las montañas acunadas, líneas descendentes y suaves. Eres un momento detenido en el viento: La mirada de Iztaccíhuatl, mujer que duerme al amparo de montañas y sueños te concede la gracia de no envejecer, ni morir.

En tus venas, caminos líquidos que te miran pasar y convocan al aire. Senderos regados con la savia de las montañas, ríos que saltan, giran, se desbocan y, luego, duermen en remansos que reflejan el cielo azul. Nada cambia, tu tiempo se antoja eterno.

Es tu sello el verde y el agua blanca de las alturas en la sierra que habitas,  las mañanas frías y el pertinaz ir y venir de la vida que se detiene a verte, se asombra y permanece pura. Nada cambia. Árboles y gente se distienden armoniosos en tu espacio breve y tu sueño ancestral.