Poesía Viajera. Mahahual, Quintana Roo, México.

Escucho el tiempo, silente y enmarañado entre mis cabellos. He dado vueltas sobre mí misma y la vida gira. Mis pies están cansados, pero mi alma no. Callemos. Ya no hay más que decir, ni qué pensar. Ya todo se ha vuelto nimio, pero la vida se agiganta: es el barco en el que quiero zarpar, una y otra vez, arreciar el viaje con el viento en las velas y el horizonte por frente. Es mi aventura, por fin, la que había de llegar.

El sol rescata mi piel, la vuelve morena como la voz de estruendo que me llama, me convoca a volver al puerto y respirar. Un viaje más, el cabello más largo y menos años que cumplir. Color de mis amarras a tierra que enderezan mi entuerto. Ir y venir, largar y reposar, vivir y morir, saber e ignorar.

El espejo me habla. No veo a la niña, la acuna la mujer. Hablan, se ríen. Nada se mueve, todo es tiempo inmemorial. Mi reflejo sonríe y yo, por fin, duermo en paz.