SE DERRITE MI ESTALAGMITA

 

SE DERRITE MI ESTALAGMITA

 

Me abres de par en par tu gruta, encendidas carnes en disputa, cuando balanceas las piernas sobre tacones de aguja, fiera indomable, senos salvajes, cuerpo desnudo cuyos contoneos me embrujan, y brota en mí el delirio inigualable, a paso de deseo canalla y granuja.
Me enciendo un cigarro, mientras me abres en gajos, aterciopelados, tus senos de fruta, delectación de los dioses en nuestro colchón, relamo todo tu sudor de Mayo, deslizándome por tus caderas de la ruta, en serpenteo sagrado, desde tu ombligo el ardor, hasta hincarte mi falo más abajo. Entonces ruedan norias de estrellas infinitas alrededor, mientras tus jadeos de mujer jodiendo me excitan, y en pleno fulgor, en bestias de seis sexos nuestros cuerpos derivan.
Una preciosa noche azabache me muestra el cuerpo de tu delito, poseyéndonos infinito, entre largas columnas el excitante templo del mito, fluye un largo orgasmo…
Finalmente, dentro de tu caverna, mi estalagmita azulina comienza a derretirse al alba…

 

Eduardo Ramírez Moyano

Centinela

 

 

Hay un viejo centinela que me cuida

sin perderme de vista al navegar,

él espera mi llegada si es de noche o de día,

qué más da, para él siempre será igual.

Y allí está, para recibirme o despedirme

tal como mi padre lo hacía en esas noches

de alocada juventud.

Puedo presentir su mirada a la distancia

cuidando mis espaldas, 

hasta perderme por completo

cuando me adentro en alta mar,

con un hasta pronto esperanzador de

volvernos a mirar.

Surcando mi regreso, y sí… Allí está

sabía que esperaba por mí

como siempre en todos mis viajes,

como siempre en todos mis regresos

tantos años y le veo igual.

No se que haría sin su luz de guía

cuando por las noches voy llegando,

indicando el camino al puerto de mis amores

donde siempre he de anclar.

Oh! mi viejo centinela, cuánto te añoro.

Vieja columna de piedra bañada por salitre

que emerges desde las aguas queriendo llegar al sol.

Viejo faro que guías los caminos de los que se han dedicado

al valiente oficio de la navegación.

Xavier H©

Aventura en alta mar

 

 

– ¡Venga marineros! –

– ¡No detendremos marcha! –

– surcaremos el océano entero hasta encontrar la isla encantada -…

Era la voz del capitán con dotes de líder instruyendo a la tripulación; navegar sin detenerse, enfrentar  cualquier embarcación enemiga, vencer todo impedimento que les evitara llegar. Sus órdenes tajantes, no permitir a ningún enemigo encontrar aquella codiciada isla. 

Nadie la conocía aun, pero era fuerte el rumor de la leyenda en todos los puertos, se decía que existían galeones hundidos a su alrededor conteniendo preciados botines valiosos en oro.

– ¿Qué tenemos alrededor de nuestro barco, vigía de los cielos? –

– ¿Qué logras mirar desde la punta del mástil? –

– Nada mi capitán, todo está despejado –  

.- Ni tierra, ni embarcaciones –  Contestaba el vigía en las alturas

– ¡Marineros manténganse atentos en proa, si miran intrusos atacaremos! –

– Otros dos a babor para no ser sorprendidos en retaguardia –

– Me mantendré al timón, siguiendo la ruta del mapa guiados  con nuestras brújulas. –

– ¡Atento vigía y no olvides lo de las sirenas! –

La leyenda decía que la isla era custodiada por sirenas y tenían un hechizo que encantaba a tripulaciones enteras, los hacían encallar hasta hundir sus embarcaciones sobre las orillas.

“Sirenas bucaneras”.

Era la forma en cómo se apoderaban de los cargamentos, sobre todo el oro.

No necesitaban navegar, ni de embarcaciones, ni luchar en fieras batallas para obtener botines.

Eran tripulación de la isla y su capitán Neptuno, a quien entregaban los tesoros obtenidos de aquellos barcos hundidos.

El ambiente se mantenía tenso, a bordo nadie despegaba sus ojos del mar en espera

de encontrarse enemigos, con la isla o con las sirenas.

De pronto, el vigía del cielo gritó

– ¡Tierra a la vista capitán, pero no estamos solos! –

– ¡Atentos tripulación, prepárense para atacar, todos a posición! –  

Gritaba el capitán.

– ¿Qué tenemos en proa muchachos? –

– ¡Un galeón capitán! – gritaba el marinero

– ¡Sirenas, sirenas sobre babor! -…

– ¡Atento capitán, tenemos enemigos por ambos frentes! –

El panorama era intenso, el ambiente hostil, todos corrían de un lado a otro, debían defenderse, por el frente de un galeón enemigo y por detrás de las sirenas donde hicieron aparición; adrenalina en todo su esplendor.

De pronto… ¡Algo inesperado!

Un grito irrumpió y distrajo a la tripulación completa, perdieron concentración, hubo consternación. Quedaron inmóviles, gesticulando inconformidad y resignación.

¡Sí!…

Era la madre de Juanito y Daniel, que aventurados  jugaban acompañados de sus amigos en el patio trasero, una alberca portátil y una casa de madera sobre un pequeño árbol bastaba para toda una imaginación colectiva.

Se había llegado la hora de comida y la intempestiva madre asomó por la ventana de la cocina.

– Juanito, Daniel y compañía, la mesa está servida –

– Pronto, a lavarse manos que la comida se enfría –

– ¡Pedrito! baja de ese árbol, te puedes lastimar y que cuentas entrego a tu mamá – 

– no vuelvo a llamar, la siguiente iré directo por ustedes –

Vaya forma de interrumpir una aventura marina justo en su mejor momento.

Pero suele suceder, hay veces que las madres llegan inoportunas en los mejores momentos de fantasía.

                                                          Xavier H.©