“Agua Salada” – Ana Yaretzy

Te comparaba mucho con el mar.
Cada vez que asistía era imposible no recordarte.

Te encontraba en cada ola fresca, como esas veces que mi piel tenía demasiado calor, que incluso ardía mi alma. Me adentraba a las olas lentamente refrescando todo a su paso. Así eras tú. Así te miré siempre; algo sumamente refrescante.

También te recordaba como aquel juego donde me acercaba al mar… pero cuando las olas venían, yo corría, me alejaba de ellas intentando que no me tocaran la planta de los pies. Intentando que no me refrescaran.

Pero amaba el mar, me gustaba ver ese atardecer que bien podría a ver comparado muchas veces con tu mirada.

Amaba el hecho de que a tu lado la pequeña ave en mi pecho volaba, y no se quedaba encerrada en su jaula.

Añoraba el hecho de que la marea subía por las noches, así como las promesas entre tú y yo lo hacían.

Y ahora… ¿Dónde estás? Qué no te encuentro.

¿Qué acaso el mar te ha llevado lejos de mí?

¿Qué acaso el mar como lo más salvaje se llevó a lo más venusto de mi vida?

Ahora no podía tocar siquiera el agua de la orilla, ahora siquiera no podía ver las aguas saladas. Me dolía tanto sentirlas y que tú ya no estuvieras.

Y aquí estoy, con la venda en los ojos, pero oliendo la brisa fresca del agua salada solo para recordarte, aunque duela.

Ana Yaretzy ®

MUJER INFIEL- M.Carmen Martín Mendoza

MUJER INFIEL

(micro-relato)

Ella, una mujer seria, responsable, que siempre había sido fiel y cariñosa con su esposo a lo largo de tantos años de feliz matrimonio.

¿Qué le estaba ocurriendo ahora?

¿Por qué sentía esa necesidad de coquetear con un extraño, además, mucho más joven que ella?

No podía saber por qué le estaba ocurriendo esto. Pero cada día sentía una atracción mucho más fuerte por estar con él.

Apenas lo conocía, era un enigma para ella. Se lo había presentado un día su propio hijo y desde entonces se sentía fascinada por él.

Los primeros encuentros eran simples escarceos, meros contactos de reconocimiento, pero cada día se hacía más fuerte la atracción que él ejercía sobre ella, hasta el punto de llegar a pasar juntos largas veladas .

Su esposo se lo había advertido muchas veces, que tuviera cuidado, pero ella se sentía muy segura de sí misma. Amaba profundamente a su esposo y sabía que nada podría ocurrir. Llevaban muchos años unidos por un amor muy grande, a prueba de todo.

Pero una noche, llegó su esposo a casa y se los encontró a los dos en su propia habitación.

Se les quedó mirando a uno y a otro, y preguntó a su esposa:

¿Por qué has instalado el ordenador en el dormitorio, cielo?

Autora: Mª Carmen Martín Mendoza

Mari C.4