“El cuerpo de la Muñeca a mí Merced” PARTE 2 – Ana Yaretzy

«Entonces… ¿Cuál es su historia?»

Fue lo que pregunté después de salir de mis ansiosos recuerdos, como anhelaba volver a repetirlos, excepto el final, el final no me gustaba. Era lo que más me desagradaba de la historia que yo mismo me convencí a volverla realidad cuando la imaginé. Solo el final, fue lo único que no me gustaba.
Miré a mi psicólogo de nuevo, esperando alguna respuesta.

«Tú hermano… Michael»

Comenzó, en muchos años comencé a sentir incomodidad. Y el solo odio de que lo mencionara el, hizo que quisiera ponerme de pie y tomar todos los lápices al otro lado de la mesa oscura, y clavar dos en sus ojos, otro par en su cuello y otro en su garganta.

«Hizo lo mismo que tú hace años. Queremos llegar a la conclusión de que tú aprendiste de él, o siquiera que; miraste demasiado en tu niñez.»

¿Mirar demasiado en mi niñez?

Ni siquiera había obtenido una niñez, estaba muy lejos de que, todo lo que viví haya sido una niñez.
Mis ganas de que cerrara su boca eran enormes, tan grandes como el Monte Everest. Mencionaba a Michael como el culpable de lo que yo había hecho, cuando el solo fue mi mejor maestro.

«¿Qué quiere que diga? Adoro lo que hice, se convirtió en parte de mí cada segundo, y más cuando tenía a…»

Me detuve cuando quise mencionar a Michael. Nadie debía saber que el estaba conmigo. Michael me lo pidió un día, no podía defraudarlo. Era nuestro secreto.

«¿A quién?»

Preguntó tan intrigado el señor de bata blanca frente a mí. Cada cita parecía adquirir más odio y deseo de asesinarlo.

«A las enormes ganas de pasar sobre el mundo»

Suspire sin que el lo notara. Por poco. Me daba miedo que Michael se enterara que casi lo expongo. Me observó suspicaz. Me mantuve tan sereno, como si de alguien en la playa tomando el sol se tratara.

«Michael te hacía ver cosas a tu edad de once años, cosas que traumarían a alguien de treinta, ¿Crees que eso no te dañó?»

Me encogí de hombros. Michael solo me hacía ver… Realidades. Al principio me sorprendí, pero luego, me interesaron.

«¿No te asusta terminar igual que Michael? A mí me asustaría»

Esto no es ni cerca de ser un psicólogo. Parecía odiarme. Y yo a él, sin duda. Tenía que mantenerme al margen, no se podían dar cuenta que estaban tratando con alguien tan enfermo, pero tan correcto para aceptar lo que en realidad era. Miré hacía la puerta, el alto policía miraba hacía otros lados, no se percataría. Volteé hacía el maldito psicólogo, lo miré con odio y fruncí el ceño.

«Sería mejor no mencionar a Michael, o haré contigo lo que el hizo un día conmigo»

Su piel palideció. Me sentía grande a su lado, aún estando esposado y un poco drogado con “Vitaminas” que me proporcionaban, según palabras del doctor “Rehabilitación”.

Llevé un dedo a mi labios indicándole silencio.

«Ahora, firma mi salida de hoy, tengo planes que terminar, tal vez en la siguiente cita te diga la verdad, tienes finta de que no lo dirás, y no por miedo, si no, por asco a mencionarlo»

Y eso pasó, firmó la hoja dejándola en una carpeta azul, y luego pidió al policía que me sacara de ahí. Salí sonriendo, lo dejé tan tambaleante. Parecía una hoja blanca.

Las hojas blancas se ven bien con la tinta roja…

Pensé.

Ana Yaretzy ®

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