VARADA / Carmen Asceneth Castañeda

Bajo el sol del mediodía,

 como cactus,

 sin poder moverme por exceso de calor.

Sobre la tierra,

 encajada como piedra,

 sin esperanza de quedar libre para rodar.

Frente al mar,

 perdida entre las arenas,

 una sola, la más pequeñita, sin saber nadar.

Al lado de la montaña,

 sin raíz,  en un añejo tronco húmedo de invierno

 que ya no cobija y que por las noches suele crujir.

Dentro de la lluvia,

 a ratos descalza, a ratos inmóvil y a ratos cansada.

No atino a mover los pies para echar a andar.

No me responden las alas,

 no tengo aletas, no encuentro muletas,

 no hay una rama que me sirva como bastón.

Estoy varada

inmovilizada por el miedo, el viento, el agua…

y un diminuto monstruo que se me ha instalado bajo la piel.

 © Carmen Asceneth Castañeda

Tu camisa

Me puse tu camisa

después de haberte amado.

Debajo mi piel desnuda acariciaba

la tibia tela que te había cubierto.

Tu aroma impregnaba mis poros,

tu calor calentaba mi deseo de ti

y volví a desear el fulgor de tu fuego,

la pasión de mi amado,

los besos sabor a noche de sueños dulces,

de tibias frutas prohibidas en nuestros labios.

Volví a desear sentir la música de tu deseo

rozando mis tímpanos,

susurrando gemidos,

anhelando mi tibio cuerpo que buscaba tus manos,

que danzaba en tus brazos,

que bañaba de ansias los segundos vividos,

que gozaba el deseo

y se entregaba a tu cuerpo enlazando caricias

y embebiendo tus besos

con las ansias gloriosas que emborracha el anhelo.

Volví a desearte.

Volví a estremecerme al mirarte durmiendo.

Volví a relamer mis labios al contemplarte desnudo,

y solo…

solo dejé resbalar tu camisa de mis hombros al suelo,

solo caminé despacio anticipando tu encuentro,

solo me acerqué a tu oído…

solo te besé despacio…

solo me fundí contigo…

y solo…

solo fuimos uno tú y yo

y solo… solo te amé …

y te amo.