“El Cuerpo de la Muñeca a mí Merced” PARTE 1-Ana Yaretzy

NOTA IMPORTANTE:Si eres sensible a cosas violentas que pueden ir más haya de tu imaginación, no leas. Es tu decisión. Es algo que brevemente se me ocurrió. Al darme cuenta como la sociedad está hoy en día. ¡Gracias!

«Te voy a contar su historia, toma asiento»

fue lo que dijo mi psicólogo. Me senté en el sillón de cuero café. Mis manos se resbalaban en él, ya qué, mis palmas sudaban. ¿Cómo no estar nervioso? Sí está visita era cuatro veces a la semana desde que me habían transferido a una prisión de máxima seguridad. Decían que yo había echo cosas crueles, que yo era culpable. Ni siquiera recordaba de que me culpaban.

«¿Sabes porqué estás aquí?» preguntó de nuevo la voz que escuchaba cuatro veces a la semana. Negué. Esa pregunta rondaba mucho por mi mente, incluso yo mismo me lo preguntaba. El resopló, y talló su rostro mirándome muy enojado. «Tienes dos años y tres meses aquí, y aún no lo sabes».

Claro que recordaba. Pero quería salir. Quería que se dieran cuenta de que probablemente estaba loco, muy enfermo, y saliera de aquí a una clínica mental, de donde me escaparía con mayor facilidad.

Mi mente trabajaba a mil por hora. Muchas veces pensé en como se sentía quitar esa pluma de las manos de mi psicólogo, y clavarla en su cuello. Gritarle hasta que me dijeron realmente que hice. Porque yo aún que lo recordaba, no sabía.

3 de Octubre, día lluvioso. 9:34 PM

La miraba trabajar. Miraba como pedía las órdenes de las personas en cada mesa. Pero me gustaba venir más los domingos, esos días el negocio de comida estaba repleto de personas y ella se movía más de un lado a otro. Su cabello tan despeinado pero con una pizca de “Está peinado” en él. Sus ojos miel observando con alegría a todos los que llegaban, pero jamás me observaba a mí con aquella alegría. Me llenaba de coraje el solo ver cómo entregaba las papas fritas a un rubio, mientras le dedicaba una sonrisa tan linda. A mí no me daba de esas sonrisas.

El día 3 de Octubre, decidí que entendería que yo merecía una sonrisa, una demasiado grande. Esperaba a que saliera, salía justamente a las 10 PM. Ya que a veces se quedaba haciendo cortes en las ventas del día. La calle estaba en una soledad impresionante, como sí estuviera de mi lado el día. Salí del auto con mi suéter verde, colocándome el gorro de este. La oscuridad de la noche no dejaría ver mi rostro. Con el pequeño pedazo de tela en mi mano, con aquel líquido que la dormiría, camine hacia ella en pasos silenciosos. Incluso practiqué aquellos pasos, para que ella no escuchara cuando me acercara. La tomé de los hombros y rápidamente coloqué el pedazo de tela en su nariz y boca. Dió algunos gritos ahogados, esos gritos que me hicieron sentir emocionado y feliz porque al fin la tenía. El solo tocar su mejilla cuando la tomé en brazos para llevarla al auto, me hizo estremecer. La dejé en el asiento del copiloto. Ahí cuidaría bien que no fuera a ningún lado. Había alquilado una pequeña casas a lo lejos de la ciudad. Era lo más parecido a una cabaña. Llegué en media hora, había colocado hacía 15 minutos el líquido en su nariz y boca de nuevo, ya que había comenzado a mover y parpadear cansadamente.

Tomé su pequeño cuerpo y entre a la casa cuidando que nadie me siguiera o viera. Sonreí triunfante, nadie me había visto. Estando en la habitación, amarré sus extremidades a la cama, aún con su ropa colocada. Parecía una pequeña muñeca de porcelana, tan débil, y a mis órdenes. Para mí solamente.

«Oh Michael, si tú miraras a esta dulzura, estuvieras orgulloso de mí»

Dije a mi lado derecho. Siempre lo miraba, siempre el estaba conmigo. Me decía que hacer. El lo hacía.

El cuerpo de la muñeca a mí merced comenzó a removerse y cuando estuvo totalmente inconsistente, comenzó a moverse como una pequeña lombriz. Intentó gritar, incluso, pero coloqué un pequeño guante en su boca. Lágrimas comenzarían a caer en cualquier momento. Y entonces sucedió. Las lágrimas se mostraron. Eran como pequeños diamantes en sus mejillas. Me acerqué y acosté a su lado. Abracé el cuerpo tibio que se mostraba ante mí, y solo se movía de un lado a otro. Pero no interesaba, estaba para mí.

«Cuidaré de tí» Le decía una y otra vez mientras acariciaba su cabello.

Claro que cuidaría de ella. Estaba para mí, debía de mostrarle a Michael lo que había logrado. Pero ahora solo miraba como el estando muerto seguía diciéndome que hacer. El estaba del otro lado de la cama. Abrazando el cuerpo de mi muñeca también, solo que el acariciaba su frente. Una caricia tras otra. ¿Michael acaso quería hacerme enojar? La muñeca era mía.

Ana Yaretzy ®

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