Las Chicas Buenas No Son Perjuiciosas… -Ana Yaretzy

el

—Eso no significa que no te quiera— Avancé hacía el con la mirada puesta en la suya. Qué ya brillaban del coraje. Mi respiración se aceleró. No, él iba a escucharme.

—Eso significa menos que eso. — Su voz sonó cómo algo amargo. Parecían balas lanzadas hacía mí. — Solo déjame, no deseo escucharte. Esperaba más de ti, y mira lo que obtuve. — Detuve mis pequeños pasos. Quedé a unos centímetros de su rostro. Incluso enojado tenía ese poder de hacerme sentir querida.

—Tómalo cómo quieras, ahora veo que la palabra de todos esta sobre la mía. — Baje la vista hasta mis pies. — Ahora veo que lo tuyo más bien fue mirar el físico, e ignorar lo que realmente una persona quiere mostrar. — Por una vez en la vida lo mire con desprecio. — No espero que ahora cambies de opinión, este tipo
de personas no cambia, solo aprenden a ocultar lo que en realidad son. — Me di la vuelta y lo miré sobre mi hombro. Estaba palideciendo. — Exacto, no esperaba más de ti, y aquí estuve, luchando por querer cambiar esa parte de ti, pero no se lucha contra lo que no tiene arreglo. — Y salí de la habitación sin mirar atrás.

Por fin lo había hecho. Tanto tiempo en conllevar esto, para que se terminara en menos de lo que canta un gallo. No me sentía mal. Me sentía bien, parecía que ni siquiera había pasado aquello en las últimas horas.
No podía sacar esa imagen de mi cabeza. A él, con ella, solos, algo más que una amistad había ya. ¿Cómo pude confiar en alguien así? El típico mujeriego, saliendo con la chica que apenas puede llevar una relación con lo social. No, eso realmente no encajaba, era lo más estúpido que podría haber hecho. Me arrepentía, todos me lo dijeron, pero no quise escucharlos, porque realmente las palabras de las personas no interesaban, ya que me encontraba en ese punto donde confiar era lo primordial. No esperaba más de él, sabía que a partir de mañana entraría al instituto con alguien tomando su mano. Y yo me ganaría algunas miradas de lastima y otras de vergüenza ajena. Claro; “Pobre chica, la dejaron por alguien con olor a tinte de cabello y esmalte de uñas”.

Entré a un baño público, que siempre estaba tan abandonado cómo mis relaciones amorosas. Y sin pensarlo, con mi mano hecha puño, le pegue a la pared rasposa haciendo que mi mano sangrara cuatro segundos después. ¡Listo! ¡Lo hice! Ni siquiera había dolido tanto cómo parecía. Los típicos chicos eran los que hacían esto de pegarle a la pared, y ahora entendía él por qué. Se sentía tan bien por un momento en la vida hacer lo que me viniera en gana.
Creer en las palabras de aquellos que se acercaran fue lo primero que cancelé de mi vida en ese momento. ¿Qué historia esperaba? ¿La novela de romance donde todo al principio era una oscuridad para luego ser sumergida en un mar de estrellas? NO. Era una ingenua con suerte si eso pasaba. Pero, al contrario, se quedó pasmado en su sitio de pie. Analizando cada una de las cosas que mi mente asigno a mí lengua. Cada una de las perjuiciosas cosas que sentía hacía el.

Abrí la llave y dejé que el agua se llevara la sangre de mis débiles nudillos, aquella poca que se dignó a derramarse. ¿Desde cuándo las chicas buenas le dan un buen golpe a la pared porque todo lo que ven es rojo? “Desde este preciso momento” Gritó mi subconsciente.

Salí de ahí y me dirigí a casa con la frente en alto, sin esa losa tan conocida en mis hombros. Eso había sido tan liberal, qué quería que sucediera de nuevo.

Prefería que me miraran con lastima, a que me miraran cómo la chica ingenua que creyó podría cambiarlo.
Sí, «Las chicas buenas no son perjuiciosas… Hasta que conocen lo que realmente valen

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