Poesía Viajera. Barrancas del Cobre.

Abrí mis ojos y contemplé la maravilla de la creación. El paisaje era espectacular. Una pared interminable de elevaciones montañosas discurría por todos los lugares prolongándose indefinidamente, macizos de tierra cuya silueta se recortaba frente al cielo de la mañana, dejando ver un contraste de azules profundos y suaves blancos de nubes que el sereno matutino había dejado desperdigados.

El viento, a grandes bocanadas, corría por el fondo de la barranca provocando cambios en el espectáculo; abría y cerraba huecos que, de momento, dejaban ver el verde de la vegetación y casas que desde esa altura se veían pequeñísimas. En otros instantes, el mismo aire diseminaba las nubes y cubriendo todo de nuevo, semejando estar en el cielo.

De improviso, el cálido dorado de la luz solar atravesó el horizonte. Se coló primero levemente y lo invadió todo. Triunfante sobre el blanco tacto que había predominado hasta entonces, se apoderó de la escena. La Sierra Tarahumara dejo ver su grandeza sagrada. Cada punto de la tierra tocado por el sol se transformó en un espejo de cobre, brillos multiplicados por cientos, miles, que colorearon la montaña.

Desde el lugar donde me encontraba, se vislumbraba la sima de la cordillera como un golpe en la conciencia. ¿Cómo describir el impacto del vacío y la grandeza del espacio? Sólo a través de saberse humildemente breve en la línea de la creación del cosmos. Mis ojos se humedecieron. Me incliné y agradecí la vida.

Voces rotas

VOCES ROTAS

VOCES ROTAS

Se arraciman en una pila
los cuerpos yermos e inertes
que hace apenas unas horas
estaban llenos de vida
buscando en el cuerpo a cuerpo
el fragor de la batalla.
Gritos desesperados
que se mezclan con las lágrimas
ahogando la letanía
que nace de los suspiros
cubiertos de oscuro polvo
del compañero que sobrevivió.
Hombres que no se atreven
ni a mirar fijo a los ojos
y que bajan la mirada
para ocultar el espanto
que les envenena el rostro
después que todo acabó.
Armas sucias que rielan
sobre pechos desgarrados
por unas manos maltrechas
y heridas en el orgullo
de saberse en ese punto
portadoras de la muerte.
Calla el campo de batalla
las voces rotas de culpa.
Calla y solo queda en el habla
un aliento y cien reproches
entre pólvora y metal.