No sé si lo recuerdes… – Ana Yaretzy

Era una noche obscura. Muy distinta a las demás. Nunca había sentido tanto frío en los huesos al salir de mi trabajo.
Era la última en salir, ya que por mis buenos méritos y alcances en un restaurante de comida italiana en México. Me habían tomado como la nueva encargada del restaurante.
Estaba bastante segura que terminaría tirándome en mi cama, como si arrojaran un costal a ella. Ya estaba demasiado cansada. Pero no podía rendirme, tanto esfuerzo de mi parte no era en vano. Tenía sueños, metas. Quería abrir mi propio restaurante de comida india. Era mitad india, mitad mexicana. Mi padre era de Nueva Delhi, La India. Y lo era, porque falleció por un infarto en las afueras de la Ciudad de Toledo, España, en un viaje que hizo junto a mi madre. La noticia devasto a mi madre, hace ya cinco años. Yo lo superé, pero ella se mantiene día y noche ocupada viajando y promocionando productos de belleza.
Mi madre es mexicana. Nació en el estado de Guerrero, México. Justo ahora se encontraba en E.E.U.U, terminando una línea de maquillaje.

Aun recordando quienes eran mis padres, me pregunté ¿Quién era yo?
La mayoría de las veces que me ponía a navegar en mis pensamientos, recuerdos, y alucinaciones. Terminaba en esa pregunta, ya que nunca la respondía.

Podría decir que mi vida se había facilitado un poco, ya que mi madre me dio todos, absolutamente todos los estudios. Pero yo solo quería tener mi restaurante, y después, si lo lograba, tener toda una cadena de restaurantes. Tenía mi propia casa, no era muy grande, pero si lo bastante grande para mí.

Mis pasos se fueron haciendo lentos a medida que me ponía a pensar en como sería todo.
Ni siquiera me di cuenta que alguien caminaba a mi dirección, hasta que me encontré en el suelo, con las palmas de las manos ardiendo por los raspones.

—Lo lamento, tía, no te vi. — Dijo una voz masculina. Muy enojada y enfundada en mi chamarra gris me puse de pie sin tomar la mano del chico.

—¿Me estas tomando el pelo? Deberías de tener más cuidado. — Dije con voz tajante. Frunció el ceño un tanto sorprendido por mi reacción. Estaba bastante oscura la calle, apenas y podía distinguir sus rasgos. Ya estaban bastantes solas las calles de Madrid. ¿Qué? ¿Era la una, dos de la madrugada? La mayoría de las personas iban a dormir muy temprano.

—Tranquila. No tienes que reaccionar así. — Dijo un poco burlón. ¡Se estaba burlando!

—¡Que va! ¿Qué creéis que tenía que decir? — Pregunté amarga. Me crucé de brazos elevando una ceja. Un poco autoritaria.

—Diría que tienes suerte. — Solté la carcajada más prepotente que tuve.

—Si yo tendría suerte, créeme, no me hubiera topado con voz. — Se puso un poco serio. Por un momento pude sentir miedo viajar en mi cuerpo de un lado a otro.
Yo estaba discutiendo con un extraño que medía por lo menos uno ochenta y cinco, a las dos de la madrugada. Sus rasgos no eran muy notables. De repente me encontré nerviosa.

—Enserio que si tienes suerte. — Pude notar que las comisuras de sus labios se elevaron un poco. —¿Acaso tienes miedo? — Preguntó acercando su rostro un poco al mío. Negué frunciendo las cejas.

—Aléjate. — Dije bastante enojada. — Hay algo que se llama espacio personal, ¿No lo conoces, tío? — Pregunté sarcástica.

—Una. — Señalo con su dedo índice frente a mi rostro.— Se lo que es el espacio personal, pero parece que en bastante tiempo no has tenido quien se te acerque más de cinco centímetros. Y dos…— Señaló con su dedo medio, aun frente a mi rostro. — No me llames tío. Soy Kalid.

Que petardo. Todo un pedante. Puse los ojos en blanco. Que va.
Solo me quedé en silencio aun observando el poco de semblante que se distinguía en la oscuridad.

—¿Y? ¿No me dirás tu nombre? — Preguntó.

—Malia. — Conteste. No quería contestar, pero todo estaba reaccionando por si solo.

—Lindo nombre. — Apuntó. Un auto paso a nuestro lado, y la luz le dio directamente al rostro de Kalid. Y pude distinguir quien era, o a quien se parecía.

Ojos marrones, facciones marcadas, nariz ancha, labios gruesos, rojos. Cabello castaño.

—Y-yo…— Tartamudeé. No podía ser él, no tenía por qué ser él.

—Enserio que no me conociste. — Murmuró. De repente todos los recuerdos agolparon mi mente. Y sentí la bilis viajar por todo mi torrente sanguíneo.

—¡¿Qué haces aquí?!— Lo empujé. La ira me estaba consumiendo en tan solo tres segundos.

—¡Tranquila! ¡Malia! — Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Fue una noche de navidad. Teníamos por lo menos quince años. Había un grupo de chicos en la localidad donde vivía en ese entonces. Eran un año mayor que yo, al igual que Kalid lo era, y aún lo es.

Kalid me envió un mensaje en la madrugada, que saliera al árbol donde siempre nos encontrábamos a charlas como los amigos del alma que éramos. Salí, confiando en él. Y todo pasó muy rápido. Todo sucedió sin que me diera cuenta cuando todo ya había sucedido.
Los chicos salieron de entre los arbustos. Uno de ellos toco mi cuerpo deliberadamente salvaje. El miedo me congeló, no pude correr, no pude gritar, y todo sucedió demasiado rápido. Kalid nunca apareció, y en mí, otras cosas aparecieron. Nunca hablé, nunca dije lo que había sucedido. Y aun agradecía que nunca lo volvieron a hacer.
Kalid fue a casa durante una semana entera, para hablar conmigo, más yo, le pedí a mis padres que lo alejaran. Ellos preguntaron la razón, solo les dije que me había asqueado su amistad. Tuve que parecer la chica que ya no era para lograr apartarlo, pero que va… Deje de ser esa chica esa noche.

—Solo déjame. — Murmure perdiendo fuerzas

—Nunca quisiste escucharme, por favor…— Sonaba tan sincero. Pero por un momento, por un tiempo, ellos me habían roto el alma. — Solo escúchame, solo cinco minutos…

Algo me gritaba que lo escuchara. Algo me decía que solo serían palabras que el viento se llevaría.

—Caminemos, solamente. — Le pedí. Mi casa se encontraba a dos manzanas de ahí, así que tendría el tiempo suficiente para “Explicarme” y yo, para “Escucharlo”

Comenzamos a andar, y yo solo temblaba. Sin percatarme, se quitó su campera y me la colocó. No pude resistirme, tenía muchísimo frío.

—Antes que todo, Malía. — Dije. Mi nuca se erizó. — Tu madre lo sabe. — Dijo.— Yo se lo dije al final de la semana que supe que jamás volverías a hablarme.— Detuve mis pasos.

—¿Qué me estás diciendo, Kalid?— Mi voz apenas si se escuchaba, eran como susurros.

—Ella lo supo todo este tiempo. Pero no quiso involucrar a la policía porque sabía que te dañaría. Ella me dio tu dirección, ella sabe la historia. —Estaba atónita. Con un nudo bastante grande en la garganta.

—Solo te escucharé esta vez. — Dije limpiando una gota salada de mi mejilla. Seguí caminando, alargando más mis pasos para llegar más rápido a casa.

—Yo iba justamente a casa de tus padres esa noche. — Comenzó a narrar. Miré sus ojos de reojo. Parecían perdido. — Ellos tenían colocado un capuz. Realmente no sabía si eran ellos… Ellos eran cinco, y los que me quitaron mis cosas solo eran tres. — Se talló la cara. — No pude siquiera pensarlo, imaginarlo, Malia. Me quitaron mi dinero, mi pulsera que me regaló mi abuela antes de morir, todo. Entre todas las cosas, el celular. — Lo pude escuchar gruñir. Eso siempre lo hacía en su adolescencia cuando estaba enojado, bastante. — Me golpearon. Tuve miedo, te lo juro. Regresé a casa. Prácticamente salí corriendo a casa.
Ellos se quedaron todo.

Algunas cosas comenzaban a cuadrar. Sentí como el mundo se derrumbaba sobre mí.

—Días después me topé a los cinco. No me dirigieron la palabra. Pero si los escuché decir que… “La noche con Malia había sido un éxito”… Todo se formuló en mi cabeza. Tu no querías verme, estabas rara en la preparatoria. No era el más inteligente, pero te conocía Malia. — Hablaba en tiempo pasado. — Yo… tuve que acudir a tu madre, ella decidió no presentar cargos para mantenerte fuera de todo el daño que te haría el que te expusieran.

—No lo puedo creer. — Baje la vista. Y detuve mis pasos. Mi respiración estaba agitada. Ya nos encontrábamos fuera de casa. El aún me miraba, esperanzado de escucharme decir…

—Yo iba a tu casa esa noche a hablar contigo. — Dijo entristecido. — Te quería revelar mis sentimientos.— Mi corazón dio saltos por todo el pecho.— Quería decirte que estaba enamorado de ti, que te amaba, y que siempre lo haré.— Me quedé estática mirando sus pozos cafés. Puso ambas manos en mis mejillas, y me dio un beso lento en la coronilla. Se alejó despacio, y en sus facciones pude notar como si hubiera soltado un gran peso de losa.

—No sé qué decir, todo esto es…—Estaba fuera de mí. Ni siquiera podía pensar con claridad. — Será mejor que entremos, y… Terminemos de hablar dentro. — Señalé. Solo miré una sonrisa tranquila, serena, fresca. Me di la vuelta para abrir la cerradura. Empujé y solo escuché el rechinido de la puerta al abrirse. Me devolví para invitarlo a pasar, y no pude más que sentir todos los vellos del cuerpo, erizarse.

Ya no estaba, había desaparecido.

Esa misma noche hablé con mi madre, a pesar de que eran las dos y treinta de la madrugada, sabía que contestaría, quería saber que había pasado, si ella sabía algo. Era la mejor amiga de la madre de Kalid, algo tendría que saber. Inquietantemente sonó el celular.

—¿Hola? — Contestó.

—Madre… Hola. — Intentaba sonar tranquila, sincera.

—¡Malia! Hola, que sorpresa. — Dijo confundida, solo le hablaba por sábados por la tarde. — ¿Qué haces a esta hora? Es muy tarde… ¿Pasa algo? — Sonó preocupada.

—Nadagrave.— Contesté. —¿Y tú? También es muy tarde donde te encuentras…— Escuché que afinó su garganta. Algo pasaba, me dije.

—Si, es que estoy… Bueno… Acompañando a alguien. — Sonaba nerviosa.

—¿Una cita? — Pregunte con voz bastante aguda.

—Mas bien un… Velatorio. — Estaba a punto de perder la consciencia. Pasé saliva.

—Hmm. — Dijo. Parecía pensar si contarme o no. — Es el hijo de Yosselin, el cáncer terminó con él. — Las lágrimas salieron sin más. — No sé si lo recuerdes…— Dijo vagante. Lo último que recuerdo, es que el teléfono calló al suelo.

Yosselin era la madre de Kalid.

Ana Yaretzy ®

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